LA SOMBRA QUE ACECHA

777 Words
El silencio fue ensordecedor. Un momento atrás, estaba entre los brazos de Christian, con su piel ardiente contra la mía, pero eso cambió cuando la figura apareció. Emergió de la oscuridad como una sombra hecha carne, sus ojos brillaron bajo la luz lunar con una intensidad que me heló la sangre. Christian se movió en fracción de segundos, plantándose entre nosotros. Sus músculos se tensaron. Detectaba el peligro. —¿Quién eres? —la voz de Christian fue un gruñido, cada palabra estaba cargada de amenaza. La figura avanzó lentamente, casi flotando sobre el terreno. Cuando la luz de la luna tocó su rostro, me di cuenta de que era un hombre. De edad madura, pero poderoso y sus ojos buscaban los míos, ignorando por completo a Christian. —Vine por Lina —dijo, con una voz que parecía venir del fondo de la tierra—. No me iré sin ella. Mi corazón se disparó. Christian apretó los puños tan fuerte que sus nudillos palidecieron. —¿Qué quieres de mí? —pregunté, sorprendida de que mi voz sonara tan firme. El extraño ladeó la cabeza, como si evaluara quién era yo realmente. Levantó su mano derecha, y allí, tatuado en su piel, había un símbolo que brillaba débilmente con luz propia. Líneas entrelazadas formando una figura viva, ancestral, un engranaje rodeado de raíces que parecía respirar. —Perteneces a un linaje olvidado —dijo él—. A fuerzas que existen más allá de lo que imaginas. —¿De qué hablas? —Christian avanzó, bloqueando mi vista del desconocido. Pero antes de que el hombre pudiera responder, un silbido cortó la noche. El desconocido se tensó de repente, sus ojos se dilataron, y sin una palabra más, desapareció en las sombras como si nunca hubiera estado allí. Christian me tomó de la cintura, jalándome hacia él. Sus brazos me envolvieron con una posesividad que era mitad protección, mitad algo mucho más salvaje. —¿Qué fue eso? —susurré. —No sé —Christian tragó saliva, apretando los dientes—. Pero lo voy a descubrir. Sentí el miedo en él. Christian era un alfa temido en todo el continente, pero ese tipo no le tenía miedo y eso lo asustaba. La energía cambió. Su cuerpo se tensó contra el mío, y cuando levantó mi cara para mirarlo, sus ojos eran puro fuego. —¿Sabes qué significa lo que acaba de pasar? —preguntó con una voz más grave, más ronca. —No —respondí, pero mi cuerpo ya lo sabía. Cada célula mía ardía. Christian me sostuvo por la nuca, acercándome lentamente a sus labios. El contacto fue apenas un roce, pero suficiente para hacerme perder el aliento. —Significa que lo que compartimos ya no es solo pasión, Lina. Es un pacto. Un sello que marca el territorio, que dice que tú me perteneces. —¿Y si no quiero pertenecer? —desafié, aunque ambos sabíamos la verdad. Mi cuerpo pulsaba por él. Christian sonrió, esa sonrisa letal que me hacía temblar. —Entonces será mucho más divertido que te lo demuestre. Sus labios encontraron mi cuello, donde mi pulso acelerado delataba todo lo que fingía no sentir. Cada beso era una marca, una reclamación. Sus manos bajaron por mi espalda, presionando mi cuerpo contra el suyo, sin dejar espacio para la razón ni el miedo. —Dime que es lo que quieres —susurré contra su piel. Christian se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Había fuego en ellos. Hambre. —Quiero que entiendas que no hay vuelta atrás. Tú ya no eres solo tú, Lina. Eres mía. Y cualquiera que se cruce en nuestro camino lo va a pagar. Sus palabras fueron una advertencia y una promesa, envueltas en posesividad absoluta. Sin esperar respuesta, me tomó de la mano y me arrastró hacia una zona más oscura del claro, donde la noche parecía cernirse sobre nosotros con complicidad. La arena fría bajo nuestros pies, su mano caliente presionando la mía, todo se convirtió en una danza de poder y deseo. Cuando se inclinó hacia mí, sus labios no pidieron permiso. Tomaron. Conquistaron. El beso fue profundo, primitivo, exactamente lo que ambos necesitábamos. Sus manos subieron hasta mi cintura, bajaron a mis caderas, guiándome contra él mientras murmuraba cosas entre besos que me hacían temblar. —Eres mía —fue lo único claro que escuché entre la neblina de pasión que nos envolvía. Y cuando me besó nuevamente, dejé de pelear contra lo inevitable. Dejé de ser yo. Dejé de ser ella. Solo fuimos nosotros, en la oscuridad, sellando un pacto que iba mucho más allá del cuerpo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD