El silencio que envuelve la habitación es ahogante. Las palabras de Christian aún reverberan en mis oídos como campanas que no cesan: tu padre vive.
Christian observa mi rostro desmoronarse desde su escritorio. No hay compasión en sus ojos, solo esa intensidad depredadora que lo caracteriza. Se levanta lentamente, sus movimientos son precisos, controlados, como los de un lobo midiendo la distancia de su presa.
Me levanto, desnuda con solo la bata que Christian me puso hace apenas minutos atrás. Mi cuerpo aún arde con el recuerdo de sus manos, pero ahora es reemplazado por otra clase de fuego. Más peligroso. Más ardiente.
—¿Dónde está? —avanzo hacia él con la rabia hirviendo en mis venas—. Si lo que dices es verdad, llévame con él ahora.
Christian me atrapa por la muñeca antes de que pueda pasar. Su mano es una cadena de acero alrededor de mi piel.
—¿Así, de esta manera? —sus ojos brillan oscuros como la medianoche—. ¿Sin prepararte? ¿Sin saber que la verdad que buscas podría ser más destructiva que cualquier mentira?
—Me importa un carajo tu protección. Suéltame.
Pero no me suelta. En cambio, me acerca más a él y su otra mano encuentra mi barbilla, obligándome a enfrentarlo. Esta cercanía es intoxicante. Peligrosa.
—Escúchame bien, loba. —su aliento roza mi mejilla—. Tu padre no solo huyó. Se alió con alguien. Alguien que deseaba la caída de tu linaje tanto como tú deseas la venganza.
El aire se vuelve pesado. Las implicaciones explotan en mi mente como fuego.
—¿Quién? ¿Quién se alió con él?
Christian sonríe. Es una sonrisa depredadora, llena de secretos oscuros.
—Eso es lo que descubriremos mañana. Pero esta noche... —Su voz se vuelve más grave, más íntima—. Esta noche, tú y yo vamos a hacer un pacto mucho más profundo que el anterior.
—¿Qué tipo de pacto?
Su mano baja por mi cuello, trazando la línea de mi clavícula. Mis sentidos se disparan. El contacto de su piel contra la mía es como fuego. Como electricidad. Como rendición.
—Un pacto de sangre. —su boca desciende hasta mi oído—. Porque no solo busco tu lealtad, Lina. Busco que me pertenezcas completamente. Cuerpo. Mente. Alma.
Intento retroceder, pero Christian es más rápido. Me empuja contra la pared del despacho, el frío de la madera choca contra mi espalda mientras su cuerpo cálido me envuelve. Su boca encuentra la mía en un beso feroz, posesivo, que no deja lugar a dudas sobre sus intenciones.
No es ternura. Es conquista.
Mis manos se aferran a sus hombros porque no tengo otra opción. O lo hago o caigo. Y Christian sonríe contra mis labios porque sabe exactamente el efecto que causa en mí.
—Dime que eres mía, Lina. —Su voz es una orden contra mi boca—. Dime que me perteneces.
—No.
Él gruñe, un sonido primitivo que nace de su pecho, y su mano desciende hasta mi cadera, hundiéndose en la tela de la bata para encontrar mi piel. El tacto es electrizante.
—Dilo. —No es una petición. Es una exigencia—. O tendré que obligarte a admitirlo de otras formas.
Mi respiración se acelera. Su mano está en mi muslo ahora, trazando patrones que me queman por dentro.
—Eres un monstruo, Christian.
—Sí. —sus labios bajan hasta mi cuello, y siento sus dientes rozando mi piel—. Y tú me deseas exactamente por eso.
La verdad en esas palabras me golpea como una bofetada. Porque tiene razón. Dios, tiene razón.
La puerta del despacho se abre de repente interrumpiendo el momento.
Christian se separa de mí tan rápido que el movimiento crea un vacío. Un guardia, alto y tenso, aparece en el umbral. Detrás de él, veo a Tatiana, y su expresión es puro veneno.
—Alfa, disculpe la interrupción. —El guardia tiene los ojos pegados a sus botas—. Hay algo que debe ver. Alguien ha cruzado el perímetro. No de nuestro lado. Del territorio marcado donde...
—¿Dónde qué? —Christian aún sostiene mi muñeca, como si temiera que desaparezca.
—Donde está la cabaña.
El silencio que sigue es demoledor. Christian me mira, sus ojos leen cada emoción en mi rostro. Tatiana entra completamente en la oficina y su mirada oscila entre nosotros. Nota mi cabello alborotado, mi cuello rojo donde sus labios han dejado marca. La rabia en sus ojos es casi palpable.
—¿Lina? —Christian pregunta con su voz profunda—. ¿Estás lista para enfrentar esto?
Trago saliva. Pienso en mi padre. En la verdad. En que la venganza que he perseguido podría estar a solo metros de distancia, esperando.
—Sí. —Mi voz no tiembla. Y eso parece sorprender a Christian—. Llévame.
Él sonríe. Es una sonrisa que promete destrucción y salvación al mismo tiempo.
—Que así sea, pequeña loba. Que así sea.
Me suelta la muñeca pero me toma la mano, entrelazando nuestros dedos mientras avanzamos hacia la puerta. Tatiana se hace a un lado, pero sus ojos arden con preguntas sin respuesta.
Mientras camino al lado de Christian a través de los pasillos iluminados de la mansión subterránea, una sola cosa es clara: la línea entre la venganza y el amor se está desdibujando... y no sé cuál me consumirá primero.