Christian mantiene su mano sobre la mía durante todo el trayecto. No es ternura; es posesión pura. Sus ojos están fijos en el frente, pero su mandíbula está contraída, como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar. La información que acaba de revelarme hace apenas minutos sigue martilleando mi mente: tu padre vive.
Siento que voy a enloquecer.
—Christian, habla —exijo, rompiendo el silencio que ha dominado el vehículo desde que salimos del territorio. Mi voz suena helada, cortante. Diferente. Peligrosa.
—Cuando lleguemos, hablaré —contesta, sin apartar la vista del camino sinuoso que serpentea entre árboles oscuros—. No aquí. No así.
—¿Por qué? ¿Porque tienes miedo de que haga algo que no puedas controlar?
La pregunta lo detiene. Literalmente. Frena el auto y se gira hacia mí con los ojos negros como la medianoche sin luna. En ellos veo rabia, preocupación, y algo que se parece demasiado al miedo.
—Porque si hablo ahora, los dos moriremos en esta carretera —dice lentamente, pesadamente—. Y necesito saber si preferirías que eso suceda ahora, en este viaje hacia tu padre, o después, cuando descubras toda la verdad.
Dejo que sus palabras me golpeen como piedras.
—¿Qué verdad? —pregunto, aunque creo que ya lo sé. Creo que siempre lo supe.
—Tu padre no solo huyó de la masacre, Lina. Él sabía que sucedería. —Esas palabras caen con el peso de un cuerpo muerto—. No la planeó, pero sabía que vendría. Y la dejó suceder para poder desaparecer contigo sin que nadie lo siguiera.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me lanzo hacia él, pero Christian me inmoviliza contra el asiento con una facilidad desconcertante. Sus manos me sostienen, firmes pero sin crueldad.
—Suéltame. SUÉLTAME.
—No. Escúchame, pequeña loba. Tatiana descubrió a tu padre porque buscaba información sobre ti. Ella quería que desaparecieras, que cesaran las amenazas a su posición y lo que encontró fue que tu padre ha estado cazando a los traidores de tu linaje desde la noche de la masacre. Él ha estado haciendo exactamente lo que tú querías hacer.
—Eso es una mentira.
—¿Lo es? —Christian me mira directo a los ojos y no parpadea—. Entonces ¿por qué el símbolo del tatuaje ancestral que viste en la cara de quien llegó por ti hace noches te recordó a tu padre? ¿Por qué sentiste esa conexión?
Las arterias de mi cuello palpitan. Tengo ganas de vomitar. Tengo ganas de gritar.
El rostro de ese hombre misterioso aparece en mi memoria. El tatuaje enroscado, el brillo en los ojos, la voz profunda que pedía mi presencia. Traté de ocultarlo, de fingir que no significaba nada. Pero él... él lo supo desde el principio.
—¿Sabías la conexión con mi padre? —acuso, sintiéndome traicionada de nuevas formas—. ¿Y aun así me rechazaste? ¿Aun así me enviaste a la prueba de fuego?
—Lo hice porque necesitaba saber si elegirías la verdad o la venganza. Y lo que vi fue que elegiste la venganza, Lina. La prueba no fue para demostrar tu lealtad ante la manada. Fue para demostrar que podías superar la necesidad de destructividad ciega. —Su voz es casi suave ahora, lo cual es peor. Es más cortante—. Tu padre quería verte. Te ha estado observando desde las sombras durante semanas. Pero primero necesitabas ser digna de su presencia.
—¿Digna? —río sin humor—. Eres increíble. ¿Sabes? Durante todo este tiempo creí que lo mejor de estar contigo era el poder. El control. Pero ahora me doy cuenta de que solo querías jugar conmigo. Moldearme como si fuera barro.
Christian suelta una maldición y abre mi portezuela de golpe. El aire frío golpea mi rostro como un puño.
—Baja.
No es una petición. Obedezco, pero no porque tenga miedo. Tengo demasiada rabia como para tener miedo.
Nos encontramos frente a frente en la carretera vacía. La luna ilumina su cuerpo como un reflector monstruoso. Él está tan furioso que puedo verlo tiritando.
—Mira alrededor, Lina —dice, extendiendo su brazo hacia la oscuridad—. No hay manada aquí. No hay consejo. No hay nadie que nos juzgue. Así que voy a hablar como el lobo que soy, no como el alfa que se supone que debo ser.
Se acerca a mí en tres zancadas.
—Te quería completa desde el primer momento. Tanto que consideré destruir todo lo demás solo para tenerte conmigo. Eso es lo que significa que seas mía. Eso es el precio. —su voz es casi un gruñido—. Pero sabía que si te daba eso sin que primero entendieras quién eres, te destruiría como destruiste a tu propia familia la noche que los perdiste.
Toma mi rostro entre sus manos, obligándome a mantener la mirada.
—Tu padre ha estado luchando esta guerra por ti. Por protegerte. Y ahora es momento de que le devuelvas eso. Que le digas que finalmente entiendes que la venganza es pura cuando viene acompañada de justicia.
Antes de que pueda responder, mi teléfono—ese aparato que Christian insistió que cargara—vibra en el bolsillo de mi chaqueta. Un mensaje cifrado aparece en la pantalla. Las coordenadas de una cabaña. Un lugar que reconozco de mis memorias fragmentadas de la infancia.
Mi padre quiere verme. Ahora. Sola.
Miro a Christian y veo la lucha en sus ojos. Quiere venir conmigo. Lo necesita como yo necesito respirar. Pero entiende que hay líneas que ni siquiera un alfa puede cruzar.
—Iré contigo hasta la puerta. Nada más —concede, como si supiera exactamente qué pediría yo—. Pero Lina... —su mano encuentra mi barbilla—, si descubres que tu padre está involucrado en cualquier conspiración en nuestra contra, si encuentras que todo esto fue otra mentira, el precio no será el exilio. Será la muerte. De ambos.
Es una amenaza. Una promesa. Un pacto sellado con sangre que aún no se ha derramado.
Asiento, porque no hay palabras.
Regresamos al auto en silencio absoluto. El motor ronronea. La carretera se despliega ante nosotros como las páginas de un libro que siempre supe que terminaría así, pero que nunca quise leer hasta el final.
Cuando llegamos a la cabaña, entiendo por qué Christian pudo encontrar a mi padre. Solo un lobo de su linaje podría rastrear un hechizo de ocultamiento tan antiguo. Solo alguien tan poderoso podría reconocer dónde estaba escondida una pieza tan importante de mi puzzle.
Christian me toma por la cintura una última vez. Sus labios rozan mi frente.
—Demuéstrale que valió la pena quedarse atrás —susurra—. Demuéstrale que creaste algo mejor que la rabia.
Luego me suelta.
Y yo camino hacia el fuego que siempre supe que ardería para quemarme o para hacerme renacer.