ENTRE LA NOCHE Y LA NOSTALGIA

1465 Words
La respiración de Christian es profunda y constante cuando abro los ojos. Su cuerpo descansa contra el mío, posesivo incluso dormido, su brazo se mantiene asegurado alrededor de mi cintura como si temiera que desaparezca. El relicario palpita suavemente contra mi pecho, sincronizado con los latidos de mi corazón. No puedo quedarme aquí. No ahora. No cuando siento el peso de todo lo que viene—la batalla que está a la puerta, la Orden esperando, los cazadores ancestrales listos para destruir todo lo que amamos. Necesito aire. Necesito recordar por qué estoy aquí. Con cuidado, me deslizo de entre sus brazos. Christian gruñe, medio dormido, pero no despierta. Me coloco una de sus camisas—que cae hasta mis muslos—y salgo de la habitación como una sombra. Los pasillos subterráneos del territorio están iluminados por antorchas que brillan con ese fuego que no se apaga. He explorado apenas fragmentos de este lugar, pero ahora sigo el instinto, dejándome guiar por algo dentro de mí que reconoce la topografía de esta ciudad construida para quienes como yo no podían vivir bajo el sol. Bajo mis pies, la piedra es antigua. Tan antigua que casi puedo sentir los siglos respirando bajo la tierra. Paso frente a las barracas de los guerreros. Algunos duermen, otros atienden armas, preparándose para lo que viene. Sus ojos me reconocen cuando paso—ya no soy la intrusa. Soy la pareja del alfa. Una de ellos. Pero no del todo. Llego a lo que Christian llamó una vez "los jardines subterráneos". Pequeños, cultivados cuidadosamente colocados bajo luces de cristal que captan la esencia del fuego mágico. Plantas que no deberían existir bajo tierra, creciendo de todas formas porque alguien decidió que la belleza también merecía un lugar aquí, en la oscuridad. Una mujer mayor está aquí, regando las flores con movimientos delicados. Reconozco el aura antes de ver su rostro. Es una de las madres alfas—la más sabia, la que tiene casi mil años grabados en esos ojos ámbar. —Lina. —su voz es como miel tibia—. No esperaba encontrarte despierta. Christian raramente suelta a los suyos después de... Se calla, pero la sonrisa en sus labios es pura complicidad. Me sonrojé. —Necesitaba aire. Tiempo para pensar. La madre asiente, como si entendiera exactamente lo que no he dicho. —Este lugar es tu hogar ahora. Algunos lo encuentran sofocante al principio. —continúa regando, sus movimientos son como rituales—. Yo lo perdí una vez, hace seiscientos años. Mi territorio fue arrasado. Creí que nunca volvería a tener un hogar. —¿Y ahora? —Ahora entiendo que el hogar no es un lugar. Es donde se construye lo que protegemos. Me siento en una banca de piedra, observando cómo sus manos cuidan cada pétalo. Hay familiaridad en esto—en el cuidado. En el ritual de mantener viva la belleza en la oscuridad. —¿Tienes miedo? —pregunta sin apartar los ojos del trabajo. —Aterrada. —la honestidad sale de mí como una exhalación—. De que fracase. De que Christian salga herido. De que después de todo esto, después del pacto y de todo lo que he sacrificado, resulte que no sea suficiente. La madre deja la regadera y se sienta a mi lado. Huele a bosque antiguo y poder. Cuando me mira, veo en sus ojos la compasión de alguien que ha perdido civilizaciones enteras. —El poder no se mide en victorias, pequeña loba. Se mide en sacrificios. En lo que estás dispuesta a quemar. —Extiende su mano, vieja pero fuerte, y la coloca sobre la mía—. Christian ha estado solo durante tres siglos. Un lobo sin manada del alma. Cuando te vio, cuando reconoció lo que eres... fue como si el universo finalmente respirara después de una eternidad conteniendo el aire. Las lágrimas nublan mi visión. —¿Y si lo pierdo? —Entonces seguiremos adelante. Los lobos siempre lo hacemos. —Se levanta, ayudándome a levantarme también—. Pero no lo perderás porque no estás sola. Esta manada es tuya. Yo soy tuya. Y ese relicario en tu pecho no es solo control—es promesa. Es conexión. Es que ahora pertenecer significa algo. Continuamos caminando, y ella me muestra más del territorio. Cavernas donde viven cientos de lobos. Salones de consejo tallados en roca viva. Una sala de sanación donde trabajan brujas como Tatiana, curando heridas que nunca cicatrizarían de otra forma. —¿Sabías que Tatiana es bruja? —pregunto. La madre ríe, un sonido como cascada. —¿Christian te lo dijo? Ah, ese alfa terco. Tatiana nunca fue rival para ti, Lina. Ella es energía sin dirección. Tú... tú eres propósito puro. —se detiene en una bifurcación del pasillo—. Mira esto. Me lleva a una sala que me quita el aliento. Es la Cámara de los Antepasados. Las paredes están grabadas con nombres—siglos de nombres. Alfas y guerreros. Historias de batallas ganadas y perdidas. Y en el centro, una estatua de un lobo en transformación, capturado entre la forma humana y animal, tallado en obsidiana negra. —El primer alfa. —explica la madre—. Hace más de diez mil años, cuando los lobos eran solo animales. Algo en él cambió. Aprendió a pensar, a razonar, a liderar. Todas las generaciones que vinieron después descienden de su sangre. Coloco mi mano en la estatua. Es helada, pero dentro de esa frialdad siento algo pulsante. Antiguedad. Poder. Legado. —¿Qué me hace diferente? —pregunto—. ¿Por qué puedo ser lo que Christian necesita cuando hay cientos de lobas más fuertes? —Porque fuiste humana. Porque eres un puente. Porque tu corazón bate con dos pulsos—el del lobo y el del hombre. Los cazadores ancestrales existen porque creen que eso es abominación. —Coloca su mano sobre la mía—. Pero lo que ellos ven como corrupción, nosotros vemos como evolución. Un sonido retumba a través de las cavernas. Es militar. Es urgencia. —Los cazadores están aquí. —La madre me mira directamente—. Ya. Mi cuerpo se tensa. No eran dos noches. Era esta noche. —Tengo que volver con Christian. —Sí. Tu alfa te está buscando. Corro a través de los pasillos, mi corazón está martillando. El relicario brilla como fuego en mi pecho, y puedo sentir a Christian—no solo emocionalmente, sino físicamente. Su conexión con el pacto me llama como un anzuelo de fuego. Cuando llego a nuestra habitación, está completamente vestido para la batalla. Pantalones de cuero n***o, pecho desnudo excepto por la cicatrices que cuentan historias de guerras antiguas. Sus ojos se vuelven dorados cuando me ve. —Donde estabas. —No es una pregunta. Es acusación, posesión, pánico disfrazado de autoridad. —En los jardines. Hablando con la madre. Christian me atrapa, sus manos pasan por todo mi cuerpo como si verificara que estoy intacta. Como si temiera que desapareciera. —No vuelvas a desaparecer sin decirme. ¿Entiendes? —su voz es puro lobo. Puro alfa—. Eres mía, Lina y lo mío no se pierde en la oscuridad. —No necesito permiso. —Necesitas sentido común. —Me levanta sin esfuerzo, me coloca en la cama, y sus labios encuentran mi cuello. Un marcaje. Un recordatorio—. Te amo demasiado como para perder el tiempo discutiendo si puedes o no irte donde se te plazca. Mi rabia se quiebra. —Christian... —Dilo. Dime que me amas. —Te amo. —las palabras salen como fuego—. Tanto que duele. Tanto que no sé si sobreviviré después de esta noche si algo te pasa. Me besa con fiereza, sus manos encuentran los bordes de la camisa que llevo puesta. La abre con un movimiento, y por un segundo somos puro fuego—su boca en mis senos, mis manos en su cabello, nuestros cuerpos recordando que todavía estamos vivos. Pero entonces, un grito atraviesa las cavernas. Christian se detiene, y yo puedo sentir el cambio. El lobo bajo su piel se despierta completamente. —Es hora. —Me ayuda a levantarme, me viste con ropa de batalla en silencio absoluto—. Lucha conmigo. Gana conmigo. Y cuando esto termine, te prometo que pasaré el resto de mi eternidad asegurándome de que sepas exactamente lo que eres. —¿Y qué soy? Me mira directamente a los ojos, y en ese ámbar oscuro veo la verdad: —Mía. Mi reina. Mi propósito. Mi fin. Los cazadores ancestrales están afuera. La batalla es ahora. Y mientras subo las escaleras al lado de Christian, con la manada detrás de nosotros, siento que finalmente... estoy exactamente donde necesito estar.
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