La sala de reuniones del estudio estaba inundada por una luz blanca y limpia. Valeria siempre había preferido trabajar así: sin penumbras que distorsionaran líneas, sin sombras que confundieran proporciones. La arquitectura exigía claridad. Y ella también. Gabriel llegó puntual. Ni un minuto antes. Ni uno después. Traje oscuro, corte preciso, sin ostentación. Saludó primero a Laura, luego a José Luis y, por último, a Valeria. Sin pausa. Sin énfasis. —Buenos días. Nada más. Si alguien hubiera esperado el tono insinuante de la gala, no lo habría encontrado allí. Gabriel tomó asiento frente a los planos extendidos sobre la mesa y apoyó ambas manos con una serenidad casi quirúrgica. Valeria comenzó la exposición. Explicó el concepto general del local, la intención de generar amplitud s

