El evento no era grande. No había focos ni fotógrafos, solo una reunión discreta con proveedores y dos posibles inversores interesados en el proyecto que Adrián estaba desarrollando en la ciudad. Valeria había dudado antes de asistir. No quería convertirse otra vez en acompañante silenciosa. Pero cuando Adrián la invitó, no lo hizo como antes. —Me gustaría que vengas —le dijo esa mañana—. Quiero que escuchen cómo piensas. No “ven conmigo”. No “me acompañas”. Escuchen cómo piensas. Ahora, de pie junto a él en el pequeño salón del hotel, Valeria observaba la escena con calma. Adrián hablaba con seguridad, pero esta vez no monopolizaba la conversación. Cuando uno de los inversores preguntó por la distribución del nuevo espacio empresarial, él giró el cuerpo hacia ella sin titubear. —E

