La casa de su madre olía a canela y café recién hecho. Siempre olía igual. Siempre era igual de cálida. Valeria dejó el bolso sobre la silla de la cocina y se sentó frente a ella. Su madre no preguntó nada de inmediato. Solo la observó. Como si supiera que las palabras importantes necesitan espacio antes de salir. —Estás distinta —dijo finalmente. Valeria sonrió. —¿Para bien o para mal? —Para ilusionada. La palabra cayó suave, pero pesó. Valeria bajó la mirada a la taza. —Adrián está… diferente. Su madre no reaccionó. No frunció el ceño. No celebró. —¿Diferente cómo? —Presente. Atento. Me escucha. Me busca. Silencio. —Me invitó a la cafetería donde estudiábamos. Está reorganizando su agenda. Está intentando. Su madre apoyó ambas manos sobre la mesa. —¿Y tú? —Yo quiero cre

