La casa estaba en silencio cuando Valeria despertó. La luz de la mañana entraba suave por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Adrián ya no estaba en la cama. Su lado estaba tibio, pero vacío. Valeria se quedó unos segundos mirando el techo. No tenía prisa por levantarse. Había noches que dejaban ruido dentro de la cabeza. No discusiones, no gritos. Algo más difícil de ordenar: pensamientos. Se incorporó lentamente y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver parte de la ciudad despertando, coches que comenzaban a llenar las calles, gente cruzando con café en la mano. Apoyó los brazos en el marco. Y, sin quererlo, la visita de obra volvió a su mente. El polvo suspendido en el aire. Los planos extendidos. La forma en que Gabriel la había escuchado.

