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2400 Words
CAPÍTULO 6 —Recuerda lo que te dije, actúa normal —me aconseja Nina por quinta vez, tomándome en un fuerte abrazo. Su consejo magistral es que actúe lo más casual que pueda ante el grupo de élite que se reunirá en la magnífica boda. Nina no era consciente de la magnitud del evento hasta hace días, cuando por casualidad vio un reportaje en la sección de espectáculos acerca de la flamante boda de Sade y el importante heredero malasio-británico Alexander Chan. Desde entonces, se halla más ansiosa que yo. —Te verás asombrosa —alaba. El chófer que me ha enviado el señor Donovick me quitó todo lo que llevaba en las manos y ahora espera detrás de mí con paciencia a que termine de despedirme de Nina. —No lo sé —dudo, arrugando la frente—. Cómo sea que luzca, espero permanecer en una esquina solitaria sin llamar la atención. —¡Ay, Olivia! Estás demente. No hay mujer más hermosa que tú —repite esas palabras que siempre me ha dicho. Nina junto a mi abuela y mi padre son las personas que más me han alagado en la vida. Es el amor que me tienen que los han cegado. Abro la boca para formular las palabras más correctas pero ella me sacude de hombros—. No tienes que decir nada, tienes que entrar a ese carro para que emprendas tu vuelo a Italia. Recuerda traerme un llavero —pide, chillando de emoción. Nos damos un último abrazo para que el chófer me abra la puerta. —Espero que todo salga bien… Nos vemos en unos días. ¡Y no llores! —Me despido, sin ganas de abandonar la ciudad. Al entrar a la camioneta, la veo muy sonriente, despidiéndose. Apuesto que está obligándose a no lagrimear, es muy sentimental. Juego con mi suéter sin saber que más hacer, pensando en todas las cosas que podrían salir mal. Quiero conocer a Italia, desde luego, lo que no quiero es ir a la boda. Imaginarme estar allí me causa repelús. Cierro los ojos poniéndome los audífonos, dejándome llevar por la música. Alrededor de seis canciones, o alguna más, escucho una voz externa colándose en la potente voz de Adele. —Señorita Olivia, hemos llegado —indica el chófer con amabilidad. Lo siguiente es terreno desconocido, me guían hasta subir las escaleras de un avión privado, el cual me quedo abstraída ante el lujo del avión. La azafata me da la bienvenida con una sonrisa en sus labios rojos delineados sin error mostrando sus dientes irreales en el buen sentido de la palabra. Me siento cohibida al frente de Donovick, que luce arrebatadoramente guapo en ropa casual. Es raro verle así e impresionante darse cuenta que tiene buen estilo para vestir. Lleva un pantalón beige, una camisa básica negra y unas botas negras. Tiene unos lentes de sol puestos, que adivino, se le ha olvidado quitarse. No nota mi presencia y si lo hace, me ignora. Porque no se inmuta, viendo la ventanilla mientras habla por teléfono sobre un acalorado tema de negocios. —Buenos días —saluda, cuando cuelga la llamada. Él parece diferente, distraído, como si estuviese en otro lugar mentalmente. —Buenos días, señor Donovick —le saludo de vuelta. Y esa es lo máximo que nos decimos en la siguiente hora. Cuando el avión despegó causando una sensación de vacío en mi estómago, fue lo más emocionante de todo el viaje. Él trabaja, por lo que me causa un revuelo de culpabilidad no tener nada que hacer además de ver. —¿Necesita ayuda, señor? —le pregunto al cabo de unos minutos. —No —responde de inmediato, subiendo la cabeza. Me muerdo los labios removiéndome algo incómoda—. Gracias. Si necesito su ayuda, le haré saber. —¿Está segura de que no quiere champaña? —me vuelve a preguntar la linda azafata—. ¿Algo que usted desee en específico? Tenemos variedad en bebidas y aperitivos. —No, gracias —insisto. No me agrada comer delante de la gente—. Es usted muy amable —Donovick alza las cejas tomando un trago de su bebida de tono marrón pero no dice nada al respecto. Y lo agradezco. No sé en qué momento me quedo rendida en sueño, si es entre el final de la segunda película de Harry Potter o el comienzo de la larga serie que es mi nueva obsesión, lo que se es que una mano se posa en mi hombro con cuidado luego de estar fuera de éste mundo durante un largo período de tiempo. —Ya llegamos —dice con suavidad una voz barítona. Al parpadear por primera vez, enfocando mi empañada vista, el señor Donovick me despierta con cuidado y paciencia. Me asusto al estar tan cerca. Decir que mi corazón da un vuelvo es quedarse corto—. ¿Está bien? Asiento con la cabeza reiteradas ocasiones ante su ceñuda expresión. Encaminándonos a la salida, es raro decirlo como experimentarlo, pero es diferente. —Bienvenidos a Italia —expresa en tono dulzón la azafata. Un chofer de mediana edad nos sonríe, a leguas se nota que es un afable señor italiano. —¡Bienvenidos! —saluda con su acento bien marcado, abriendo la puerta. Mi jefe me señala que entre al auto con la mano, quedo concentrada en el ambiente al lado de la puerta, en una esquina contraria a él, que vuelve a hablar de negocios por teléfono. Es de noche, Italia es preciosa. ¿La vida puede ser más buena que esto? Quedó embobada ante su belleza, las personas a sus alrededores conversando, cada una de ellas con un estilo diferente. Me tienda la idea de bajar la ventanilla para oler cuando pasamos al lado de un restaurante. Estoy muerta de hambre, si, y la comida italiana es algo que no puedo evitar adorar. La fachada del hotel me impresiona, fui yo quién nos hospedó por orden de Donovick, pero no me molesté en ver imágenes. Embelesada, rompo contacto cuando me abren la puerta del auto. Entro al hotel admirando desde el suelo hasta las paredes. Debo parecer un niño con juguete nuevo. Hay un flujo de personas de aspecto adinerado que se acercan a Elijah rodeándole. —Benvenuta —parlotea el recepcionista que me recibe, que tiene el cabello decolorado blanco, y le queda bastante bien. Achino los ojos en reacción, entendiendo por lógica que me está dando la bienvenida. —Hola… esto… ¿Grazie mille? —adivino, ganándome una risa del hombre que me ve con gracia—. ¿Estoy buscando las reservaciones de Donovick? Por favor. —Un momento —me pide, verificando unos cortos segundos—. Aquí está, sus suites una frente a la otra. Adivino… asistirán a la boda —agrega con entusiasmo. —Eh, si —afirmo. ¿Cómo lo sabe? —Los hoteles de la zona están reservados a causa de la boda, casi colapsados. Lo que daría por estar allí —suspira risueño, alzando sus ojos verdes al cielo—. ¡Que la pasen bien! —Gracias —le digo con honesto agradecimiento. Es un milagro que no me haya tomado con alguna persona malhumorada en todo el día. El señor Donovick sale del circulo de hombres despidiéndose con apuro. Veo que les brinda una sonrisa fingida y tensa hasta que se acerca a mí relajando su expresión forzada. —Que tortura —se queja cuando está a mi lado. Vamos al elevador, dónde nadie dice nada. Al llegar al pasillo abren nuestras habitaciones para acomodar nuestros equipajes. —Es bueno que estés al frente, cuando necesite su ayuda, tocaré su puerta o se lo haré saber —indica taciturno—. Por ahora no necesito nada más, señorita Olivia. Descanse para mañana —me pide—. Será un largo día. Entiendo por sus palabras: no me molestes, yo te diré si te necesito. Eso está más que bien. Conforme con su pedido, casi sonrío con energía. —Está bien, señor Donovick —coincido. Al entrar a la suite de otro mundo, reparo en todos sus detalles. La decoración es muy a la italiana. Llamo a mí grupo de amigos para informarles que me encanta Italia asomándome al balcón casi brincando ante las vistas. Después de lo que les gusta llamarle una “larga actualización de información personal” tomo una ducha para acostarme a descansar. A pesar de que dormí la mayor parte del vuelo estar aquí me causa una extraña sensación. El otro día llega. El día de la boda. He de confesar que tuve que tomar una pastilla para ser capaz de conciliar el sueño, ya que estuve desvelada hasta las tres de la madrugada. Luego de probar la bañera tomando un largo baño pido el delicioso almuerzo. El señor Donovick brilla por su ausencia, supongo que preparándose. No me quejo, lo agradezco. Me “maquillo” como me enseñó Ben, de manera natural, ya que soy inexperta en el arte del maquillaje. Prefiero algo sencillo a atreverme y terminar hecha un desastre. Intento hacerme el peinado recogido que practique dos veces con Ben, pero fallo. Resignada sentada en la cama veo el teléfono con ganas de llorar. ¿A quién puedo llamar en Italia para que me haga un recogido? Con nervios, marco con mi mano temblando. Jamás había llamado a un desconocido. —¡Hola! —me saluda su entusiasmada voz, que es reconocible aunque la haya escuchado una vez en particular. Trago saliva antes de formular una palabra. —Hola, soy… ¿La de las dos habitaciones? ¿Una al frente de la otra, el señor Donovick? Bueno, más tarde es la boda y no sé cómo arreglar mi cabello —musito con bochorno. —¡Oh! Claro que si, dame unos minutos. Le pediré a alguien que me sustituya —responde con entusiasmo—. ¡Con gusto te ayudaré! Tal como dijo, minutos después toca la puerta. Al abrirle, me mira como si un huracán hubiese pasado por la habitación, más específico, como si ese huracán hubiese hecho estragos en mi cara. —¿Qué es ese maquillaje? —interroga con horror—. ¿Dónde está todo? Le señalo el maquillaje recién comprado tirado en la cama. —Ven aquí, vamos a arreglarte como debe ser. Lo siguiente es desmaquillar mi rostro, pincel por aquí y brocha por allá. Tap tap tap en algunas esquinas. Él termina el maquillaje esparciendo algo en mi rostro. ¿Fijador? Creo que así lo llamó Ben. Arregla mi cabello y a pesar de que no lo vea, se nota que sabe lo que hace. Me exige a que me ponga el vestido, pero evito los tacones hasta que de un pie fuera de la habitación. Le abro la puerta cuando me he puesto el vestido, y su reacción inmediata es gritar. Tengo la intuición de que Nina, Bridget y él serían muy buenos amigos. —¡Necesito que te mires en el espejo! —me pide con emoción. Con miedo, voy al espejo para encontrarme a una mujer diferente. El vestido no resalta una mala figura como los atuendos que uso a diario. Deseaba un vestido ancho que no tocara mi cuerpo, lo menos pegado, para que no demostrara mis imperfecciones ante el público. Ben cambió eso, me obligó a meterme en el vestido entallado de escote pronunciado. En la tienda, no le presté atención a los detalles. Con pesadumbre levanté muy poco los ojos evitando verme, con miedo. Ahora, noto que se adhiere a mi cuerpo de resaltando lo ¿Bueno? La tela es dura, buena. Hace ver mi cuerpo como un reloj de arena, siempre he tenido los pechos grandes, desde que pisé los años de la adolescencia. Jamás utilicé algo escotado hasta el día de hoy. Me parecía que la mejor opción era esconderlos. Verme así, es casi fuera de lugar. Mi cabello luce impecable y el maquillaje profesional. —Muchísimas gracias —expreso sin aliento. Él me ve orgulloso de su obra aplaudiendo. —Ahora ponte los tacones —demanda. Hago una mueva mientras él niega con la mano—. Póntelos. Le hago caso, y es verdad que cambia la figura. —Te ves espectacular, me inspiré en el peinado de Selena Gómez en Cannes. ¿Qué tal? —dice, emocionado—. Ahora eso… eso es un maquillaje de verdad. —No tengo palabras para agradecerte… Yo —me quedó pensativa para caminar hacia mi bolsa, sacando el dinero que traje. Él declina en cuanto ve los billetes—. Por favor, acéptalo —ruego—. Fuiste tan bueno conmigo, sólo acéptalo. —Gracias —dice él emocionado—. No lo hice por nada a cambio, ¿Lo sabes, verdad? —pregunta preocupado—. por cierto, tengo que irme, mi suplente ha sido muy paciente conmigo. Te irá muy bien, ya lo verás. —Grazie —le digo en modo de chiste, él rueda los ojos ante mi horrible pronunciación. El magnífico recepcionista que me ayuda se marcha y me quedo frente al espejo temblando, sufriendo con los tacones. Según el reloj, falta una hora para la ceremonia. Ya tendríamos que estar en marcha. Tocan mi puerta así que abro dando la bienvenida a mi un elegante Donovick de traje hecho a la medida, su perfume impregna mi nariz, que ruega inhalar profundo. Huele tan divino que me obligo a no respirar forzado. Barre con su mirada mi cuerpo entallado en el vestido de diseñador, cuando su mirada oscura e indescifrable se queda estancada en la mía. —¿O… Olivia? —pregunta, conmocionado. Estoy esperando a otros treinta segundos de su espasmo para empezar a sospechar que está teniendo un ataque cardiovascular. —¿Si señor? —pregunto aproximándome a él, que parece que le ha dado una aneurisma. Me acerco por inercia para saber que necesita, pero termino trastabillando con uno de los tacones. Amenazando con caerme, el señor Donovick se mueve con rapidez sosteniéndome entre sus brazos deslizando su brazo en mi cintura con fuerza, atrayéndome a él. Me aferro a su saco, con la respiración alterada. El espacio personal no existe entre ambos, desde aquí puedo ver sus abundantes y largas pestañas. Veo algún diminuto lunar y sus labios rellenos, rosados, que invitan a… —¿Está bien?
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