CAPÍTULO 25 —Quiero verte —le pido en susurros, entre gemidos de placer a causa de sus expertos dedos—. Desnudo. Por favor, déjame verte. —¿Eso quieres? —me pregunta, buscando mi mirada. —Sí —murmullo, para gemir, cuando los círculos placenteros atacan en mi clítoris hinchado. Él me besa con delicadeza y lentitud, hasta dejarme sobre la cama. Siempre se ve más grande que yo, lo es, mide casi dos metros. Pero de está forma, así, frente a mí tan imponente y masculino, es sumamente diferente. Empieza desabrochando sus botones uno por uno con una espera que me desespera, me tienta a abalanzarme sobre él para quitarle la camisa. A lo mejor es por ello que lo hace, para incitarme a una respuesta. Al llegar al último botón descubro que no es nada cómo lo imaginé: es mejor. No sé cómo puede o

