CAPÍTULO 47 Cierro la puerta de un portazo detrás de mí para llorar desconsoladamente. Me inclino sobre la cama sin llegar a ella sentada en el suelo recostando la cara sobre el colchón. ¿Qué he hecho, cómo pude confiar en él tan ciegamente? Le creí, lo creo todo. Desde sus palabras, acciones, hasta su falso querer. Creí que sus caricias, aprecio, deseo y amor eran reales. Me mostré vulnerable, sin miedo, porque creí con fidelidad que de todas las personas él nunca me lastimaría. Lo hizo Le di un poder que a nadie me había concedido y me rompió desde los cimientos hasta la base central de mi vida, dejándome en trozos. Pedazos tan pequeños, diminutos, que son imposibles de reconstruir. Me levanto furiosa sacándome los tacones tirándolos a quién sabe dónde. —¡Estúpidos tacones! —grito

