Dante Alighieri (1265 – 1321) fue un hombre atormentado, alguien que necesitó del viaje más alegórico de la literatura universal para redimirse consigo mismo y salvarse.
Siendo Joven fue un actor influyente de la política florentina, que desarrolló antipatía por la figura del Papa y su contradictoria injerencia en las cosas materiales de este mundo. Esta irritación de Dante con el papado, tenía raíces cátaras. Dante asimiló muchas de sus creencias y las hizo propias. La necesidad de purificación, a partir de diversas fases espirituales, que ulteriormente permiten alcanzar la inmortalidad.
Florencia comenzaba a respirar nuevos aires. La Edad Media estaba por terminar y el contacto con países del Mediterráneo fluía, dándose intercambios culturales con Asia y el Medio Oriente.
Dante fue riguroso con su intelecto. Conoció a fondo la filosofía Occidental y la Oriental. Tanto fue el impacto con culturas ajenas a la europea, que probablemente una de las influencias de Dante fue Abu Al-`Alá` Al-Ma’arri[1], un autor sirio que murió en 1058.
En la primera, el autor se imagina el viaje de su amigo al cielo, sobre un camello que habitaba en el Paraíso y cuyo cuerpo estaba formado de esmeraldas y perlas. Marchó sin rumbo, maravillado de las delicias que iba encontrando a su camino. Contempló el día del Juicio final y a la humanidad que estaba reunida allí de pie, presenciando las penurias que sufrían los castigados; así como la intercesión a favor de los bienaventurados y su perdón. Luego se enrumba para visitar al infierno, y durante su viaje se topa con muchos poetas y literatos. A los desventurados los increpa para conocer las razones de su condena, y todos responden al detalle.
Obviamente, Dante también fue un lector asiduo de los clásicos griegos. Esta idea del viaje se fortaleció con su lectura de la Eneida, la cual tuvo particular impacto en su psique. Tenemos que recordar que las actividades políticas de Dante le causaron todo tipo de penurias, al punto que fue desterrado de Florencia, con su honor mancillado y un anhelo patriota de fundar una sola nación italiana.
Los stil novistas cantaban su poesía en lengua vulgar Sus temas eran el amor y la mujer, con un entendimiento de la vida que rompe con los cánones del pasado, usando criterios individuales y originales. El amor se transformó en conducto para elevarse espiritualmente. Más que una relación amorosa conquistando a la mujer anhelada, lo que se buscaba era la constante tensión producida por lo inalcanzable. La aparición de la mujer era considerada como un auténtico milagro, viene a transmitir en la tierra el milagro de la santísima trinidad. No hacían referencia alguna a sus esposos, como sí era el caso de los trovadores del amor cortés. El amor es una abstracción que no tiene elementos autobiográficos.
Esta nueva concepción del amor afectó todo lo relacionado con la imagen de la dama. La amada representa para los stil novistas la personificación de la divinidad en la tierra. El que está enamorado es un elegido que participará de la divinidad de la mujer, a partir de su mera contemplación. La mujer es un ángel, la donna angelicata, que conduce a los hombres a su salvación. Influidos por el surgimiento de la burguesía, los poetas se afincan el mérito del individuo. A partir de estos poetas es un sentimiento que trasciende las nociones del amor cortés y feudal. La donna angelicata es una mujer sobrenatural y con solo depositar sus ojos en un hombre basta para hacer gentil su corazón. La única recompensa del amor es la virtud y la introspección.
Dante, Virgilio y Beatriz son los símbolos salvadores en la Divina Comedia que usa el poeta para sobrevivir su propio terremoto existencial.
Dante sufrió la incomprensión de la sociedad. Su espíritu chocaba con la rigidez eclesiástica, y soñaba con una nación donde el toscano fuera la lengua principal. Al ser expatriado, sus raíces fueron arrancadas de tajo, y se vio expulsado a un mundo incierto, donde sus creencias tenían que ser replanteadas. Se trataba de un hombre que había tenido poder para luego caer abruptamente. Fue una tormenta de vida que le puso en confrontación directa con su mundo conocido, abriendo grietas en su espíritu.
Esta turbación espiritual, clamaba por un elixir que le recordara su humanidad y le hiciera sentir que podía ser salvado. Y Dante tenía en su corazón una imagen que podía ayudarlo.
A los nueve años conoció a una niña de su misma edad llamada Beatriz. Dice en la Vita Nuova:
“Nueve veces desde mi nacimiento había vuelto el cielo de la luz al mismo punto casi, en cuanto a su propio giro, cuando apareció ante mis ojos, por vez primera, la gloriosa señora de mis pensamientos, a quien muchos, aun no sabiendo cómo se llamaba, llamaron Beatriz. Apareció vestida de novilísimo color rojo suave y honesto, ceñida y adornada de la guisa que a su edad juvenil convenía. En aquel punto, digo en verdad que el espíritu de la vida que mora en la secreta cámara del corazón, comenzó a temblar con tal fuerza hasta que en mis últimos pulsos latía horriblemente, y temblando dijo estas palabras Ecce Deus fortior me qui veniens dominabitur mihi”[3]
El poeta menciona dos ocasiones en que la presencia de Beatriz lo marca profundamente. Esa primera vez a los nueve años y otra nueve años después. El amor de Dante por Beatriz es, como el amor cortés, un amor prohibido. Beatriz se casó con Simón de Bardi, viudo y banquero muy acaudalado. Para Dante se trataba de un amor inalcanzable, que desde el primer momento idealizó, bajo los parámetros de su poesía stil novesca.
Dante se casó con Gema Donatti, madre de sus tres hijos, y tuvo numerosas amantes. Pero su amor silencioso por Beatriz le causaba grandes conflictos internos, llenándole de sentimientos culposos. Luego, la muerte de Folco Portinari, padre de Beatriz, le deja una grave impresión, provocándole una reflexión, que fue la génesis de la Divina Comedia:
“Necesariamente sucederá que Beatriz se muera alguna vez. Comencé a sufrir como una persona frenética y a imaginarla de esta manera: en un principio aparecieron unos rostros de mujeres desmelenados que me decían: ‘También tú morirás’. Y después de esas mujeres apareciéronme unos rostros de horrible aspecto, los cuales me decían: ‘Tú estás muerto’… Me parecía ver que había unas mujeres que iban desmelenadas por una calle maravillosamente triste, y parecíame que el sol se oscurecía y que las estrellas mostraban un color que me hacían creer que lloraban; y parecíame que los pájaros que volaban por el aire caían muertos y que nos espantaban grandísimos terremotos. Muy maravillado de semejante fantasía y con mucho espanto se me ocurrió que un amigo veníame a decir: ‘Qué ¿no lo sabes? Tu admirable dama ya ha salido de este mundo…’ Yo imaginaba que miraba el cielo, y me parecía ver multitud de ángeles, los cuales volvían hacia arriba y tenían ante ellos una nubecilla blanquísima… Entonces me parecía que el corazón donde había tanto amor me dijese: ‘Es verdad que muerta yace tu señora”[4].
El viaje existencial de Dante es una mezcla de sensaciones tormentosas, que lo empujaron a lo más profundo de su mente, donde encontró que sus creencias eran expulsadas por un volcán de confusión. Sus convicciones espirituales chocaban con la Iglesia Católica; los ideales políticos le fueron frustrados por su caída estrepitosa al oprobio de la deshonra, provocándole un exilio obligatorio que le arrancó sus raíces. Su fidelidad conyugal se ponía en entredicho por ese amor prohibido que anidaba en su corazón. Todo lo que sostenía su vida conocida hasta ese momento se volvió pedazos, y Dante quedó flotando en un vacío existencial frío y oscuro.
Beatriz, su imagen y las fantasías que le inspira, generan en él un ansia de trascendencia. Busca alguna luz externa que ilumine su intelecto, oscurecido por la pesadumbre. En ese limbo se conectó arquetípicamente con aquellos viajes de Ulises y Eneas que representaron una odisea espiritual, donde estos héroes sufrieron el infierno para lograr que sus almas mancilladas pudieran generar soplos liberadores; un final donde la honra regresa al hogar, y el hombre se regenera en todas sus dimensiones psíquico espirituales. Pero se necesita, a los ojos del poeta, no solo el viaje, también la presencia del ángel redentor, la donna angelicata.
Dante ansiaba ese viaje, lo necesitaba para salvarse de su propia autodestrucción. Entonces su mente debe haberle provisto de herramientas, acudiendo a su rescate. En algún lejano lugar de su conciencia deben haber resonado los ecos de Abu Al-`Alá` Al-Ma’arri en su viaje al Paraíso y los infiernos. También las luchas de Ulises contra los peores monstruos y tentaciones, en ese viaje de reencuentro con sus raíces. Y la determinación de Eneas, y su capacidad de salvar los peores obstáculos para fundar una nación. Y ante ese bombardeo de ansias y memorias, su corazón late al ritmo de los versos que le exigen la presencia de un ángel redentor, capaz de unir todas las piezas y armar el rompecabezas con una imagen de paz para su nueva vida.
Le viene la idea de plasmar ese viaje en una obra literaria. Por eso la Divina Comedia se inicia con un Dante víctima de sus propios tormentos, perdido en un bosque oscuro y asechado por tres fieras que son símbolos de sus culpas, demonios personales, sus pecados de incontinencia: lujuria (simbolizada por el puma), avaricia (representada por la loba demacrada y hambrienta) y la soberbia (bajo la figura del león altivo). ¿Cuántas tentaciones le hicieron pecar? ¿Por qué fue tan orgulloso durante su vida? ¿Será un fraude? … preguntas… auto flagelación que se hace Dante antes de penetrar el mismísimo infierno.
Dice Carl Jung, que “el símbolo es una expresión percibible por los sentidos de una vivencia interior”[5]. “Los símbolos son los hechos vivos de la vida (…) El intento de comprender los símbolos no nos confronta solo con ellos, sino también con el conjunto del individuo que produce símbolos.”[6].
Y entonces el poeta crea a un personaje con su propio nombre, una figura[7] que simboliza al alma pecadora en búsqueda de redención. Pero la figura creada por el poeta, no solo simbolizará al alma conflictiva de un hombre, sino que, tal y como lo señala Ángel Crespo, también será el mismo escritor que muchas veces se dirige a los lectores para hacer referencias históricas sobre su vida:
“El propio Dante, en cuanto tal, ha sido considerado como símbolo alegórico del hombre que busca su perfección espiritual por medio de Dios. Pero Dante no es sólo esto, sino también el propio escritor que se dirige repetidas veces a sus lectores y que, en la misma Comedia, recuerda momentos importantes de su vida y proporciona datos sobre sus antepasados. (…) Es pues un personaje tan vivo y complejo como los de Virgilio y Beatriz y, en realidad, como los demás del poema que, por el hecho de figurar en él, son tenidos por históricos en concepto de su autor, aunque algunos sean legendarios; error, fecundo poéticamente, en el que incurrían con frecuencia los hombres de su tiempo”[8].
La figura de Dante es protagonista de una obra que tiene que ser comedia y no tragedia, porque las tragedias no tienen finales felices. ¿Pero se puede en penumbras encontrar el camino correcto? ¿Acaso Dante conocía el mundo de las almas penitentes y el de las almas condenadas?
Necesitaba de un guía para no perderse en el universo de ultratumba, alguien que conociera el infierno y también el purgatorio, un iluminado. La figura de Dante iniciará ese viaje de exploración. Y para iluminar las rutas el poeta crea un segundo símbolo, la figura de Virgilio, el sabio que trae consigo las antorchas. Virgilio se convierte así en símbolo del conocimiento, la guía de la razón. Virgilio, el poeta que unió al mundo de la Grecia Clásica con la Roma de César Augusto, para cantarle a los valores supremos de la existencia, a través del viaje fundacional de un héroe desterrado.
Virgilio, maestro del bello lenguaje: “Eres mi maestro” –exclamó Dante– “y mi autor, eres el único de quien he podido adoptar el noble estilo a quien debo el honor” (I, 85-87). Notemos este apóstrofe, pues nada ha sido escrito inútilmente. Este guía era un maestro del noble estilo, llamado también en aquella época lenguaje cerrado (…)
“Deberás seguir otra vía”, dice Virgilio, “si quieres salvarte. […] creo y pienso, pues, que para ti lo mejor consiste en seguirme. Y seré tu guía para sacarte de aquí hacia un lugar eterno, donde podrás oír los gritos desesperados, donde verás el duelo de las almas antiguas que gimen por la segunda muerte. Más allá, verás a aquellos que están contentos incluso en pleno fuego y que esperan alcanzar un día el coro de los bienaventurados” (I, 91 y 112-120).
Dante replicó: “Condúceme allí donde acabas de decirme, a fin de que pueda ver la puerta de san Pedro y a aquellos tan afligidos de los que me has hablado” (I, 132-135). Siguiendo a su guía paso a paso Dante penetra en el secreto: “Entonces partió y seguí sus pasos” (I, 136)”[9].
La figura de Virgilio, además de ser una alegoría a la sabiduría, para Ángel Crespo, representa también el símbolo del profeta y también del compañero, que en el camino siente emociones muy humanas.
“Se podría, en consecuencia, hablar de figuras y, en este sentido, Virgilio podría serlo del profeta que ilumina a los seguidores del arte poético el camino de la sabiduría. Hay que tener en cuenta, para comprenderlo, que una tradición patrística medieval asegura que su famosa Égloga IV es una profecía de la inminente venida de Cristo al mundo, en vista de lo cual se le tuvo por muchos como el último de los profetas y, por lo tanto, como el que gozó del privilegio, aun siendo pagano, de que su profecía cristológica estuviese separada de su cumplimiento por un espacio de tiempo más corto. Eso le dio una especial autoridad que, en ocasiones, se transformó en veneración e incluso en culto litúrgico. Creemos, por lo tanto, que esto, más aún que el «bello estilo» que dio honor a Dante, es lo que decidió a éste a elegirle para el papel de guía; y contribuye a confirmarnos en esta opinión, ya sostenida por algunos estudiosos, el hecho de que Estacio, en uno de los cantos del Purgatorio, declare que fueron las obras de Virgilio las que le encaminaron hacia su conversión legendaria, por supuesto, pero real para Dante al cristianismo.
https://literaturamedievalucab.wordpress.com/2017/01/22/la-divina-comedia-de-dante-beatriz-como-simbolo/amp/
Dante, Virgilio y Beatriz: tres figuras de una tormenta existencial Ensayo perteneciente a Juan C. Sosa Azpúrua
Dante Alighieri (1265 – 1321) fue un hombre atormentado, alguien que necesitó del viaje más alegórico de la literatura universal para redimirse consigo mismo y salvarse.
Siendo Joven fue un actor influyente de la política florentina, con un sólido sentido de patriotismo, que desarrolló antipatía por la figura del Papa y su contradictoria injerencia en las cosas materiales de este mundo. Esta irritación de Dante con el papado, tenía raíces cátaras. Aunque no podría establecerse una total coincidencia con el catarismo, Dante asimiló muchas de sus creencias y las hizo propias. La necesidad de purificación, a partir de diversas fases espirituales, que ulteriormente permiten alcanzar la inmortalidad, es un ejemplo de su influencia. Al igual que los cátaros, Dante aspiraba a otro tipo de cristianismo, uno que reivindicara sus genuinos valores morales y no que fuera una amenaza para la estabilidad de la región provenzal. Anhelaba que los divididos territorios itálicos, asediados por las luchas de poder entre clanes familiares y castas, se unieran como una sola nación: Italia.
Florencia comenzaba a respirar nuevos aires. La Edad Media estaba por terminar y el contacto con países del Mediterráneo fluía, dándose intercambios culturales con Asia y el Medio Oriente.
Dante fue riguroso con su intelecto. Conoció a fondo la filosofía Occidental y la Oriental. Tanto fue el impacto con culturas ajenas a la europea, que probablemente una de las influencias de Dante fue Abu Al-`Alá` Al-Ma’arri[1], un autor sirio que murió en 1058, doscientos años antes del nacimiento del poeta florentino (1265). Su epístola del perdón (Risalatu Al-Gufrán), guarda una enorme similitud con la Divina Comedia, obra que Jorge Luis Borges calificó como el mejor libro que la literatura ha alcanzado.
Risalatu Al-Gufrán es una realización iconográfica de la literatura árabe. Abu Al-`Alá` la escribió a su amigo Alí Ibn Masur Al-Hálabi (apodado Ibn Al-Qárih), dividiéndola en dos partes. En la primera, el autor se imagina el viaje de su amigo al cielo, dando un paseo por los mundos de ultratumba, sobre un camello que habitaba en el Paraíso y cuyo cuerpo estaba formado de esmeraldas y perlas. Marchó sin rumbo, maravillado de las delicias que iba encontrando a su camino. Contempló el día del Juicio final y a la humanidad que estaba reunida allí de pie, presenciando las penurias que sufrían los castigados; así como la intercesión a favor de los bienaventurados y su perdón. Luego se enrumba para visitar al infierno, y durante su viaje se topa con muchos poetas y literatos. A los desventurados los increpa para conocer las razones de su condena, y todos responden al detalle. En la segunda parte de la obra, se concentra en las respuestas que le da a Ibn Al-Qárih sobre la Fe, el islam, la filosofía y la teología, entre otros. La obra de Abu Al-`Alá` Al-Ma’arri se tomó en su momento como un modelo de creación literaria en lengua árabe.
Obviamente, Dante también fue un lector asiduo de los clásicos griegos. El periplo de Ulises a Ítaca le hizo reflexionar sobre la naturaleza del viaje heroico, con todas sus implicaciones espirituales de pérdida, sufrimiento, aprendizaje y ulterior redención. Esta idea del viaje se fortaleció con su lectura de la Eneida, la cual tuvo particular impacto en su psique. Hubo de sentirse muy identificado con Eneas. Tenemos que recordar que las actividades políticas de Dante le causaron todo tipo de penurias, al punto que fue desterrado de Florencia, con su honor mancillado y un anhelo patriota de fundar una sola nación italiana. Virgilio gozó de la Pax Romana y, siendo un protegido de César Augusto, supo plasmar en su obra un sentimiento nacionalista que para Dante era su propio sentir.
Los stil novistas cantaban su poesía en lengua vulgar – Dante usó el toscano para su Comedia -. Sus temas eran el amor y la mujer, con un entendimiento de la vida que rompe con los cánones del pasado, usando criterios individuales y originales, influyéndose de la retórica impartida en la universidad de Bolonia, especialmente las ideas de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino. El amor se transformó en conducto para elevarse espiritualmente. Más que una relación amorosa conquistando a la mujer anhelada, lo que se buscaba era la constante tensión producida por lo inalcanzable. La perenne búsqueda de un ideal más allá de lo terrenal. La aparición de la mujer era considerada como un auténtico milagro, viene a transmitir en la tierra el milagro de la santísima trinidad. No hacían referencia alguna a sus esposos, como sí era el caso de los trovadores del amor cortés. Ahora el amor es algo tan puro que facilita el fortalecimiento de la espiritualidad. La poesía amorosa funciona como una suerte de proceso de purificación. El amor es una abstracción que no tiene elementos autobiográficos.
Esta nueva concepción del amor afectó todo lo relacionado con la imagen de la dama. La amada representa para los stil novistas la personificación de la divinidad en la tierra. El que está enamorado es un elegido que participará de la divinidad de la mujer, a partir de su mera contemplación. Y el amor solo pueden sentirlo los corazones nobles (cuor gentile). La mujer es un ángel, la donna angelicata, que conduce a los hombres a su salvación. Influidos por el surgimiento de la burguesía, los poetas se afincan el mérito del individuo. Y esta nobleza de corazón (gentilezza) no se transmite hereditariamente, no está vinculada al linaje. A partir de estos poetas, la nobleza ya no es de sangre, propia de una clase social. Se trata de otro tipo de nobleza, la del corazón. Es un sentimiento que trasciende las nociones del amor cortés y feudal. La donna angelicata es una mujer sobrenatural y con solo depositar sus ojos en un hombre basta para hacer gentil su corazón. La única recompensa del amor es la virtud y la introspección.
Teniendo presentes estas influencias espirituales, intelectuales y poéticas, así como sus inclinaciones políticas, se hace evidente que las figuras de Dante, Virgilio y Beatriz son los símbolos salvadores en la Divina Comedia que usa el poeta para sobrevivir su propio terremoto existencial.
Dante sufrió la incomprensión de la sociedad, en la cual no encontraba materializados sus ideales existenciales. Su espíritu chocaba con la rigidez eclesiástica, y soñaba con una nación donde el toscano fuera la lengua principal (nacional) y hubiera un solo territorio, gobernado con prudencia y sustentado con los valores auténticos del cristianismo. Al ser expatriado, sus raíces fueron arrancadas de tajo, y se vio expulsado a un mundo incierto, donde sus creencias tenían que ser replanteadas, incluyendo su entendimiento filosófico de la vida, sus sentimientos más íntimos, su concepción de todo. Se trataba de un hombre que había tenido poder, que logró escalar a las posiciones más altas, para luego caer abruptamente, viéndose sometido al escarnio público y al rechazo social. Fue una tormenta de vida que le puso en confrontación directa con su mundo conocido, abriendo grietas en su espíritu, a través de las cuales se colaron las sombras más siniestras.
Esta turbación espiritual, clamaba por un elixir que le recordara su humanidad y le hiciera sentir que podía ser salvado. Y Dante tenía en su corazón una imagen que podía ayudarlo.
A los nueve años conoció a una niña de su misma edad llamada Beatriz. Dice en la Vita Nuova:
“Nueve veces desde mi nacimiento había vuelto el cielo de la luz al mismo punto casi, en cuanto a su propio giro, cuando apareció ante mis ojos, por vez primera, la gloriosa señora de mis pensamientos, a quien muchos, aun no sabiendo cómo se llamaba, llamaron Beatriz. Apareció vestida de novilísimo color rojo suave y honesto, ceñida y adornada de la guisa que a su edad juvenil convenía. En aquel punto, digo en verdad que el espíritu de la vida que mora en la secreta cámara del corazón, comenzó a temblar con tal fuerza hasta que en mis últimos pulsos latía horriblemente, y temblando dijo estas palabras Ecce Deus fortior me qui veniens dominabitur mihi”[3]
El poeta menciona dos ocasiones en que la presencia de Beatriz lo marca profundamente. Esa primera vez a los nueve años y otra nueve años después. El amor de Dante por Beatriz es, como el amor cortés, un amor prohibido. Beatriz se casó con Simón de Bardi, viudo y banquero muy acaudalado. Para Dante se trataba de un amor inalcanzable, que desde el primer momento idealizó, bajo los parámetros de su poesía stil novesca.
Dante se casó con Gema Donatti, madre de sus tres hijos, y tuvo numerosas amantes. Pero su amor silencioso por Beatriz le causaba grandes conflictos internos, llenándole de sentimientos culposos. Luego, la muerte de Folco Portinari, padre de Beatriz, le deja una grave impresión, provocándole una reflexión, que fue la génesis de la Divina Comedia:
“Necesariamente sucederá que Beatriz se muera alguna vez. Comencé a sufrir como una persona frenética y a imaginarla de esta manera: en un principio aparecieron unos rostros de mujeres desmelenados que me decían: ‘También tú morirás’. Y después de esas mujeres apareciéronme unos rostros de horrible aspecto, los cuales me decían: ‘Tú estás muerto’… Me parecía ver que había unas mujeres que iban desmelenadas por una calle maravillosamente triste, y parecíame que el sol se oscurecía y que las estrellas mostraban un color que me hacían creer que lloraban; y parecíame que los pájaros que volaban por el aire caían muertos y que nos espantaban grandísimos terremotos. Muy maravillado de semejante fantasía y con mucho espanto se me ocurrió que un amigo veníame a decir: ‘Qué ¿no lo sabes? Tu admirable dama ya ha salido de este mundo…’ Yo imaginaba que miraba el cielo, y me parecía ver multitud de ángeles, los cuales volvían hacia arriba y tenían ante ellos una nubecilla blanquísima… Entonces me parecía que el corazón donde había tanto amor me dijese: ‘Es verdad que muerta yace tu señora”[4].
El viaje existencial de Dante es una mezcla de sensaciones tormentosas, que lo empujaron a lo más profundo de su mente, donde encontró que sus creencias eran expulsadas por un volcán de confusión. Sus convicciones espirituales chocaban con la Iglesia Católica; los ideales políticos le fueron frustrados por su caída estrepitosa al oprobio de la deshonra, provocándole un exilio obligatorio que le arrancó sus raíces. Su fidelidad conyugal se ponía en entredicho por ese amor prohibido que anidaba en su corazón. Todo lo que sostenía su vida conocida hasta ese momento se volvió pedazos, y Dante quedó flotando en un vacío existencial frío y oscuro.
Beatriz, su imagen y las fantasías que le inspira, generan en él un ansia de trascendencia. Busca alguna luz externa que ilumine su intelecto, oscurecido por la pesadumbre. En ese limbo se conectó arquetípicamente con aquellos viajes de Ulises y Eneas que representaron una odisea espiritual, donde estos héroes sufrieron el infierno para lograr que sus almas mancilladas pudieran generar soplos liberadores; un final donde la honra regresa al hogar, y el hombre se regenera en todas sus dimensiones psíquico espirituales. Pero se necesita, a los ojos del poeta, no solo el viaje, también la presencia del ángel redentor, la donna angelicata.
Dante ansiaba ese viaje, lo necesitaba para salvarse de su propia autodestrucción. Entonces su mente debe haberle provisto de herramientas, acudiendo a su rescate. En algún lejano lugar de su conciencia deben haber resonado los ecos de Abu Al-`Alá` Al-Ma’arri en su viaje al Paraíso y los infiernos. También las luchas de Ulises contra los peores monstruos y tentaciones, en ese viaje de reencuentro con sus raíces. Y la determinación de Eneas, y su capacidad de salvar los peores obstáculos para fundar una nación. Y ante ese bombardeo de ansias y memorias, su corazón late al ritmo de los versos que le exigen la presencia de un ángel redentor, capaz de unir todas las piezas y armar el rompecabezas con una imagen de paz para su nueva vida.
Le viene la idea de plasmar ese viaje en una obra literaria. Por eso la Divina Comedia se inicia con un Dante víctima de sus propios tormentos, perdido en un bosque oscuro y asechado por tres fieras que son símbolos de sus culpas, demonios personales, sus pecados de incontinencia: lujuria (simbolizada por el puma), avaricia (representada por la loba demacrada y hambrienta) y la soberbia (bajo la figura del león altivo). ¿Cuántas tentaciones le hicieron pecar? ¿Por qué fue tan orgulloso durante su vida? ¿Será un fraude? … preguntas… auto flagelación que se hace Dante antes de penetrar el mismísimo infierno.
Dice Carl Jung, que “el símbolo es una expresión percibible por los sentidos de una vivencia interior”[5]. “Los símbolos son los hechos vivos de la vida (…) El intento de comprender los símbolos no nos confronta solo con ellos, sino también con el conjunto del individuo que produce símbolos.”
Y entonces el poeta crea a un personaje con su propio nombre, una figura que simboliza al alma pecadora en búsqueda de redención. Pero la figura creada por el poeta, no solo simbolizará al alma conflictiva de un hombre, sino que, tal y como lo señala Ángel Crespo, también será el mismo escritor que muchas veces se dirige a los lectores para hacer referencias históricas sobre su vida:
“El propio Dante, en cuanto tal, ha sido considerado como símbolo alegórico del hombre que busca su perfección espiritual por medio de Dios. Pero Dante no es sólo esto, sino también el propio escritor que se dirige repetidas veces a sus lectores y que, en la misma Comedia, recuerda momentos importantes de su vida y proporciona datos sobre sus antepasados. (…) Es pues un personaje tan vivo y complejo como los de Virgilio y Beatriz y, en realidad, como los demás del poema que, por el hecho de figurar en él, son tenidos por históricos en concepto de su autor, aunque algunos sean legendarios; error, fecundo poéticamente, en el que incurrían con frecuencia los hombres de su tiempo”
La figura de Dante es protagonista de una obra que tiene que ser comedia y no tragedia, porque las tragedias no tienen finales felices. ¿Pero se puede en penumbras encontrar el camino correcto? ¿Acaso Dante conocía el mundo de las almas penitentes y el de las almas condenadas?
Necesitaba de un guía para no perderse en el universo de ultratumba, alguien que conociera el infierno y también el purgatorio, un iluminado. La figura de Dante iniciará ese viaje de exploración. Y para iluminar las rutas el poeta crea un segundo símbolo, la figura de Virgilio, el sabio que trae consigo las antorchas. Virgilio se convierte así en símbolo del conocimiento, la guía de la razón. Virgilio, el poeta que unió al mundo de la Grecia Clásica con la Roma de César Augusto, para cantarle a los valores supremos de la existencia, a través del viaje fundacional de un héroe desterrado.
La figura de Virgilio, además de ser una alegoría a la sabiduría, para Ángel Crespo, representa también el símbolo del profeta y también del compañero, que en el camino siente emociones muy humanas.