El segundo amor, no tiene la culpa de ser el segundo…

1154 Words
Ella reflexionaba dentro de sí y pensaba que no había razón para continuar dándole vueltas a aquel asunto. Era algo que no podía ser. Pero sabía que la respuesta era sí, Gael le gustaba y no le gustaba solo un poco. Gael había aparecido en su vida y Amelia mentiría si negara que no sentía nada por él desde hace un tiempo. Amelia sabía que, entre silencios y gestos, en aquel último año en el colegio, se habían dicho muchas cosas, aunque no salieran palabras de sus bocas. Amelia, no sabía exactamente que le atraía de Gael, quizás era su don de saber escuchar y de recordar con claridad cada una de las cosas que ella decía. Mientras su profesor hablaba, recordó con inquietud aquella pregunta que el mismo Gael le había hecho: "¿Qué harías si te piden dejarlo todo y vivir algo extraordinario? ¿Qué te hace dudar?" pero, sin ninguna oportunidad en su cabeza para la respuesta, en seguida pensó, “el amor se me está acabando”. Aquella noche, Amelia recibió un mensaje de texto de Gael: -¿Crees que el amor verdadero es tan solo el primero y que los demás son solo para olvidar?-. -No sé la respuesta, pero quiero saber qué piensas tú- contestó Amelia con el corazón un tanto acelerado. -Un amor verdadero te hace feliz y el segundo, el segundo no tiene la culpa de ser el segundo- dijo Gael.   Ella leyó aquella respuesta a su mensaje, no respondió. Se lanzó sobre su cama, se acostó mirando al techo, sonrió bonito, suspiró e inmediatamente tomó su diario y escribió textualmente aquella conversación. Amelia era romántica y amaba las temáticas de aquellas conversaciones con Gael. Siempre sonreía cuando recibía sus mensajes. Le parecía un juego de frases y palabras en la que los dos se decían mucho pero a la vez no se decían nada. En su diario, el último mensaje de Gael tenía la contestación de Amelia: “Pero, ¿por qué el segundo no apareció un poquito antes?”, escribió y continuó: “¿Puedes querer a dos personas a la vez?”. Aunque, en realidad, ella nunca le respondió. Muchas noches continuaron hablando. La vida parecía correr rápido y ligera, la hacía feliz esperar los mensajes de Gael y su diario comenzó a llenarse de frases que le llenaban el alma y que la hacían sentir amada e ilusionada, como en la historia irreal de una película. Ella escribía todo en aquel diario, conversaciones,  frases, letras de canciones, poemas y cualquier otra cosa que llegaba a su mente cuando sentía algo o vivía algo distinto. -“Hoy es 4 de febrero: “no eres una en un millón, eres tú en todos los millones”; 6 de febrero: “El tiempo, aunque transcurre lento, logra que un amor un día pase de dolor a solo recuerdo”. Aquel diario aún existe y solo pueden entenderlo ellos dos, Gael y Amelia, dos personajes que con 20 años de edad dejaban sus corazones al escribir, aunque nunca se veían y solo hablaban a través de mensajes de texto. Estaba claro que los dos sentían algo el uno por el otro, pero ninguno tenía el valor de decirlo de manera clara, de forma espontánea y, en esta parte de la historia, la razón le estaba ganando al corazón. Julián seguía con sus intentos por reconquistar a Amelia, ahora resultaba ser cariñoso y muy atento con ella, la llamaba todos los días, le escribía en las tardes para saber de ella, la buscaba al salir de clases en su facultad y en muchas ocasiones, cocinaba para ella. Amelia disfrutaba de su compañía, le gustaba que le preparara algunas recetas extrañas de cocina, Amelia era ese tipo de chica flaca pero con un gran amor por las buenas comidas, un buen paladar dirían algunos. No podemos decir que Julián no se esforzaba, pero para Amelia, el amor iba más allá de los compromisos, más allá de las obligaciones, el amor para ella no era un contrato, en el cual se cumplen algunos cuantos acuerdos a la vez y se termina allí, no. El amor para Amelia era tan complicado como sencillo a la vez. Uno de aquellos días, muy temprano en la mañana, mientras Amelia subía a clases en un autobús hacia su facultad, en una de aquellas paradas estaba Gael, quien rápidamente corrió hacia el autobús y lo tomó. Gael subió a aquel autobús por una de las entradas delanteras, mientras que Amelia estaba sentada mucho más atrás, pero no quería que él la viera, así que de manera rápida se inclinó un poco. Se había sentido realmente nerviosa. En primer lugar y, como a cualquier chica de su edad, pensó en lo que llevaba puesto. Dentro de su locura se decía: “¡Ay por dios, no puede ser, que no me vea así! ¡No puedo creer que sea precisamente hoy que traigo la ropa más fea que pude haberme puesto! ¡Por favor, no me veas! ¡No me veas!”. Gael traía un suéter verde oscuro de rayas blancas, tenía una gorra y unos auriculares en los oídos, su morral y esa mirada con ojos profundos que atrapaba a Amelia. Ella seguía encogida en el asiento con la cara al suelo, también traía auriculares, ya que Amelia como siempre subía a clases escuchando canciones, amaba las canciones con letras profundas y sus canciones favoritas eran las de la banda española La oreja de Van Gogh, por ser un tanto poéticas, eso le gustaba a Amelia. Amelia nunca le dijo a Gael que, después de aquel día en la playa, era la primera vez que lo veía después de tanto tiempo y nunca le diría que, mientras lo miraba de lejos, le cantaba en silencio la canción que escuchaba: “Tu entiendes mis silencios. Solo tú conoces mis secretos. Solo tú comprendes cada gesto. Solo tú.   Y yo solo quiero entregarme, comprenderte y cuidarte, darte mi corazón. Quiero que llegues a ser, mi alma y mi obsesión, mi vida y mi pasión, mi historia de amor.   Tu entiendes mis silencios, solo tú me subes hasta el cielo, solo tú eres mi alma y mi inspiración”… Las letras de muchas canciones le hacían recordar muchas cosas de su vida y en cierta forma la hacían vivir. Otras frases la enamoraban, la hacían pensar más, la hacían dudar, la hacían preguntarse muchas cosas, la hacían razonar, así que escuchar la letra de las canciones para ella era algo más que un pasatiempo. Amelia sentía que algunas canciones la transportaban a otros lugares, a otros momentos ya vividos. Una canción te puede transmitir distintas emociones, sentimientos de tristeza o también sentimientos de anhelo y de felicidad. Era algo tan confuso, en realidad Amelia no entendía que le pasaba. Aquellas canciones solo la hacían pensar en Gael.
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