DAVID —Necesitas calmarte, David. ¿Calmarme? ¿¡Cómo puede decir que necesito calmarme en una situación semejante!? —¿Tienes hijos, Grayson? —pregunto con serenidad. Una impasible serenidad que cuál mascara, oculta lo que en verdad estoy sintiendo, algo totalmente opuesto a la calma. —Tengo dos —responde mirándome fijamente. Como si pretendiera intimidarme; como si quisiera apabullarme por ser él, el tipo de la ley, y yo el que juega una partida de póker y está a punto de perderlo todo. —¿Son mayores de edad? —revuelvo las dos cucharadas de stevia que le puse a mi ya, cuarta taza de café ground y observo mi reloj. Son las doce y media de la noche. —Mi hija tiene once, y mi hijo cumplirá diecisiete el próximo mes. Llevo la taza a mi boca y le doy un sorbo. —Son muy jóvenes —ref

