—Por lo menos terminaste tu plato —comenta mamá, mirándome cautelosamente. Limpio mi boca con la servilleta y sonrío. —Tenía hambre. Observo mi plato hondo, vacío, y por dentro pienso cuán paradójico es ésto de las cosas que odiamos y que no queremos volver a ver en nuestras vidas. Tiempo atrás, cada vez que olía o veía un tazón con sopa de pollo, quería vomitar. Hoy, con las temperaturas bajas del otoño que ya se van asemejando al invierno, mi barriga extrañaba barbaridades, un poco de caldo caliente. Imitando a mis hermanos que se levantan de la mesa, llevo los trastes sucios a la pileta. —Viniste con una cara terrible —dice, parándose a mi lado y guardando la sal y los condimentos en la alacena—. ¿Pasó algo malo en la clínica? Inhalo hondo, y refriego los platos con la es

