KALI Veo cómo le quitan las cuerdas de los brazos a Call, cada movimiento arranca jadeos de su garganta, pero él sigue de pie, firme, sus ojos aferrados a los míos. Aún en medio de su sufrimiento, no desvía la mirada, como si fuera un ancla, como si creyera que solo así podría mantenerme en pie. Maldito sea mi tío Travix por tomarse tanto tiempo. Quiero moverme, quiero correr hacia él, arrancarlo de esa tortura, pero mi cuerpo me traiciona, congelado por el dolor y la impotencia. Mis piernas no responden, mis músculos se niegan a obedecer. Es como si ya no fueran míos. —¡Ey, nena! —Call me llama—. No apartes tus ojos de los míos. El desprecio y el odio hierven en mi sangre. Cada fibra de mi ser se tensa al oírlo, pero estoy atrapada, inmóvil. Carson no deja de sonreír. Se regodea en el

