Elara observa en silencio a la mujer que se sienta junto a ella, al borde de la cama. Evelyn mantiene los dedos entrelazados sobre el regazo, la mirada perdida en algún punto invisible, con una expresión ausente, casi melancólica. En ese instante, Elara lo comprende: Evelyn no está aquí por deber…, está aquí por amor.
Ella no.
Ella está aquí porque fue arrancada de su mundo, arrastrada entre sombras y secretos, y ahora se aferra a esta venganza como única razón para respirar. No vino a buscar esposo, ni redención. Se quedó para descubrir quién asesinó a su madre y para hacerle pagar… de la peor forma. Ese escondite, ese pasadizo oculto bajo el palacio, no es un simple refugio. Es parte de su estrategia. Un lugar desde donde podrá observar sin ser vista. Planificar y concentrarse en sus estrategias, para luego atacar sin previo aviso.
—No entiendo del todo —dice de pronto, rompiendo el silencio—. ¿Qué diferencia hay entre una Madre Luna y una SuperLuna?
Evelyn gira el rostro hacia ella y esboza una pequeña sonrisa, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde hacía rato.
—La Madre Luna, como yo, es la pareja del rey Alfa. Su alma gemela. Una humana, sin poderes ni conexión real con la luna. Solo con él. —Hace una pausa, luego se toca el pecho con suavidad—. Nuestra unión es emocional, espiritual, pero no mágica. En cambio, tú… tú eres otra cosa. Eres una Superluna. Una anomalía en su mundo. Puedes ejercer influencia real sobre los licántropos. No es una cuestión romántica. Es algo más profundo…, más antiguo.
Elara frunce los labios. No le gusta sentirse diferente.
—¿Y si no quiero tener poder sobre ellos? ¿Y si no quiero ser una SuperLuna?... ¿Puedo deshacerme de esto? ¿Dejar de tenerlo?
—No se trata de querer o no —responde Evelyn con suavidad, pero firmeza—. Ese poder es parte de ti, y siempre lo será. No existe forma de soltarlo. —Hace una breve pausa, y luego añade con una leve sonrisa—. Y, sinceramente, ¿por qué querrías renunciar a algo que podría salvarte la vida?
Elara desvía la mirada hacia el fondo de la habitación. Aún no está lista para entenderlo todo. Pero sí está lista para usar todo a su favor.
—Es hora de volver —anuncia Evelyn, incorporándose con un suspiro.
Ambas ascienden por el mismo pasaje. A medida que se acercan al final, Evelyn alza la mano y le pide a Elara que se detenga. Con sigilo, entreabre la compuerta solo unos centímetros, lo suficiente para asomarse por debajo. Agudiza su audición, no escucha pasos ni nada acercándose.
—Está despejado —susurra—. Podemos salir.
Salen con cuidado al pasillo iluminado por los vitrales. Evelyn se detiene frente a la escultura de Vivianne, la observa unos segundos con respeto y luego se vuelve hacia Elara.
—Necesito enseñarte cómo abrirla por ti misma.
Elara asiente, y Evelyn le guía la mano hacia la luna creciente que la estatua sostiene frente al pecho.
—Debes aplicar presión aquí, pero no fuerza bruta. Es como… convencerla de que se mueva. La piedra reconoce el toque, no la fuerza.
Elara prueba, pero nada ocurre.
—Relaja la mano —indica Evelyn—. Deslízala así, con suavidad. Como si trazaras el contorno de la luna.
Lo intenta de nuevo. Esta vez, siente una leve vibración bajo sus dedos, un murmullo en la piedra, como si algo despertara del otro lado.
—Ahí va —dice Evelyn, con una sonrisa—. Practiquemos hasta que lo domines.
Y lo harán. Porque Elara no puede depender de nadie. Si quiere sobrevivir…, si quiere vengarse, tendrá que aprender a abrir todas las puertas, incluso las que nadie más ve.
De regreso al centro del palacio, ambas caminan por uno de los corredores del ala este. Elara va en silencio, repitiendo mentalmente los pasos que Evelyn le enseñó: la presión exacta que debe ejercer sobre la luna creciente, el ángulo de la palma al deslizarla hacia abajo, la dirección, la pausa breve antes de que el mecanismo responda. Cada detalle queda grabado en su memoria con una concentración casi obsesiva. No quiere olvidarlo. No puede permitirse olvidarlo. Pero al doblar una esquina, una puerta entreabierta llama su atención. Dentro, la tenue luz de una lámpara de aceite baña un estudio cálido, con paredes forradas de libros y muebles de madera pulida. Un hombre de piel morena está sentado de forma despreocupada sobre el brazo de un sillón, con un libro abierto entre las manos. Elara lo reconoce de inmediato: es el moreno que proviene del Congo, el mismo cuya presencia impone incluso sin hablar.
Evelyn nota su mirada prolongada y se detiene tres pasos después de haber pasado la puerta.
—¿Ya has tenido la oportunidad de hablar con Badru? —pregunta con voz casual, como si la pregunta no encerrara más que simple curiosidad.
—No.
—Es un buen momento. Siempre está acompañado de guardias, pero ahora está solo. Aprovecha.
Elara traga saliva. Una pregunta le arde en la mente como una llama persistente: ¿Y si él es la bestia que mató a mi madre?... Solo hay una manera de averiguarlo: conociéndolos a todos. Uno por uno.
Asiente en silencio.
Evelyn le hace un suave gesto con la mano, animándola a regresar sobre sus pasos. Elara obedece, gira y se aproxima a la puerta con paso firme, aunque su corazón late con fuerza.
Al abrir la puerta, el ambiente del estudio la envuelve de inmediato: el aire huele a cuero viejo, madera barnizada y especias dulces. Cortinas pesadas cuelgan frente a dos ventanas cerradas, amortiguando los sonidos del exterior. Una chimenea apagada decora la pared opuesta, y una pequeña mesa con una tetera de hierro reposa junto a un sillón. En el centro, una alfombra de tonos rojizos cubre el suelo como una pincelada cálida.
Badru levanta la mirada al verla bajo la puerta. Sus ojos son oscuros como la noche, intensos y atentos. Sin prisa, cierra el libro que tenía en las manos y lo deja con cuidado sobre la mesita a su lado. Luego se incorpora ligeramente, sin perder esa elegancia natural que parece acompañarlo incluso en la quietud.
—Vaya… —dice con una voz profunda y suave—. La luna me manda una visitante inesperada.
Le sonríe, con una mezcla de cortesía y genuina curiosidad, como si estuviera encantado de verla y, al mismo tiempo, intrigado por su presencia.
—¿Puedo pasar? —pregunta Elara, manteniéndose junto al umbral.
—Por supuesto —responde él, extendiendo una mano en un gesto amable.
Elara avanza, sus pasos apenas hacen crujir la alfombra. Mientras se acerca, no puede evitar recorrerlo con la mirada. Su piel morena reluce bajo la luz tenue del estudio, como si el sol se hubiese quedado atrapado en su dermis. Tiene el cuerpo de un guerrero, esculpido con precisión, pero es su porte lo que impone: está sentado con el aplomo de quien ha visto demasiado y aún así no se quiebra. Su cabello afro enmarca su rostro de mandíbula firme y pómulos marcados, y sus ojos, negros como la obsidiana, la siguen con un brillo sereno y profundo, como si pudieran leer más allá de sus pensamientos. Sus labios, gruesos y perfectamente delineados, no dicen nada, pero lo que callan parece más poderoso que cualquier palabra. Se detiene cerca del sillón, sin sentarse aún. Él no insiste, solo la observa con esa calma que parece tallada en piedra.
—¿Qué estabas leyendo? —pregunta, más para romper el hielo que por verdadera curiosidad.
—Un tratado sobre historia comparada entre los reinos del norte. Muy aburrido, si te soy sincero —responde con una leve sonrisa—. Aunque a veces entre líneas, se cuelan verdades olvidadas.
—¿Te interesa la historia? —pregunta, aún de pie.
—Me interesa recordar. A veces lo que fuimos tiene más respuestas que lo que somos ahora.
Esa frase le resuena a Elara. Algo se activa en su pecho, como una punzada leve. Se atreve entonces a preguntar:
—Dicen que los doppelgänger... que podemos recordar las vidas pasadas. Las de nuestros otros yos. ¿Tú... recuerdas algo?
Badru no responde de inmediato. La mira con intensidad. Luego asiente, despacio.
—Lo recuerdo todo —dice con gravedad—. Y créeme, no soy el único. Los otros SuperAlfas también deberían recordarlo. No sé si es algo de género, o simple casualidad..., pero siempre recordamos antes que tú. Así ha sido en todas nuestras vidas.
Elara baja la mirada.
—Yo también empezaré a recordar...
—Sí. No te apresures. Lo harás cuando tu mente y tu alma estén listas.
Ella traga saliva. El corazón le late más fuerte.
—¿Qué cosas recuerdas?
Badru sonríe, esta vez con cierta melancolía.
—Hace trescientos años, tú y yo estábamos casados.
Elara abre los ojos, sorprendida, pero él continúa:
—No vivíamos como rey y reina, aún no se nos daba ese beneficio. Apenas habías bajado al mundo, no sabíamos mucho de ti.
»Recuerdo que te gustaba sentarte en el muelle al amanecer, con una manta sobre los hombros y una taza de café en las manos. No decías nada. Solo mirabas el agua. Siempre fui impaciente, pero por ti aprendí a quedarme en silencio… solo para acompañarte.
Hace una pausa, su mirada se vuelve suave.
—Una vez me obligaste a cocinarte. Querías que hiciera panqueques. Quedaron horribles. Se quemaron todos. Pero igual te los comiste, riendo como si fueran manjares. Tenías esa risa... contagiosa. Como si la vida nunca fuera tan seria como todos creíamos.
Elara siente que algo se agita en su interior. No son recuerdos, al menos no todavía, pero hay una emoción extraña, tibia, como si su alma supiera algo que su mente aún no comprende. Se sonroja.
—No… no recuerdo nada de eso —susurra, bajando la mirada.
—Lo harás —responde él con suavidad—. Lo más hermoso de esta maldición que compartimos… es que el amor no se borra. Solo duerme.
El silencio que los envuelve ya no es incómodo, sino cargado de una cercanía nueva, como si un hilo invisible comenzara a tensarse entre ellos.
—¿Quieres sentarte? —pregunta él, y esta vez ella asiente.
Se sienta junto a él y, por primera vez en mucho tiempo, se siente a salvo. Es una sensación tibia, envolvente, como un recuerdo antiguo que despierta en su interior. Esa seguridad le recuerda a alguien: al vigilante nocturno que velaba por su sueño cuando era niña..., al misterioso vampiro que nunca dejó que la oscuridad la tocara.