Badru mantiene la mirada fija en ella, con esa intensidad serena que parece desnudar el alma. Su voz grave rompe el silencio con una certeza que pesa.
—Te conozco bien, Elara. Lo suficiente para saber que llevas mucho rencor en el corazón. Está en tus ojos. Esa mirada… llena de venganza.
Elara no se inmuta. Esa acusación no le resulta extraña, ni mucho menos incómoda. Ya lo había admitido frente al rey Aleron. Y lo volvería a decir, una y mil veces si fuera necesario.
—No me detendré hasta hacerle pagar a quien mató a mi madre —declara, con una firmeza helada.
Badru asiente con lentitud, sin apartar la vista de su rostro.
—Bien. Me parece justo —responde, sin juicio ni temor en la voz—. Soy un soldado de guerra, Elara. Sé reconocer cuando una batalla apenas está comenzando. Y esta tuya… apenas ha dado el primer paso. Si necesitas aliados, cuentas conmigo.
Ella lo observa con cautela, tanteando el terreno invisible entre ellos.
—Incluso tú podrías ser el asesino.
Badru no se sobresalta. Al contrario, se inclina un poco hacia adelante, interesado.
—Lo sé —responde con una media sonrisa sin alegría—. Aquí todos lo somos, ¿verdad? Sospechosos. Culpables de algo.
—Por eso solo yo puedo hacer justicia —sentencia Elara, con la voz cargada de una calma feroz—. Solo yo puedo vengarla. Nadie más lo hará como debe hacerse.
Él la mira como si en lugar de juzgarla, la comprendiera. Como si pudiera ver en ella no solo la furia, sino la herida abierta que late debajo.
—Entonces haré algo mejor —dice Badru con un dejo solemne, sin apartar la mirada de Elara—. No solo me ofrezco como aliado, sino como prueba. —Hace una breve pausa—. Si llegas a descubrir que fui yo…, si eso es lo que encuentras…, lánzame lo más pesado que tengas contra este hombro. —Toca su hombro derecho con los dedos extendidos—. Eso me hará caer. Me revolcaré del dolor.
—¿Qué tienes ahí?
Sin decir una palabra, Badru se quita el saco con un movimiento pausado y lo deja caer sobre el respaldo del sillón. Luego, lleva las manos a la parte inferior de su camisa y empieza a desabrochar los botones, uno a uno, sin apuro, como si cada clic resonara con intención. Al terminar, se la quita de un solo movimiento, revelando un torso tallado por músculos definidos y cicatrices que narran antiguas batallas. Su piel morena brilla bajo la luz cálida de la lámpara, pero es la cicatriz —una herida ancha y rugosa sobre el hombro— la que atrapa toda la atención de Elara.
Cruza desde la clavícula hasta la mitad del omóplato como un tajo brutal y profundo, de esos que no se olvidan ni con el paso de los años. Parece reciente, con los bordes aún enrojecidos, aunque ya cicatrizada. El tipo de herida que no se gana fácilmente… ni se sobrevive sin una voluntad férrea.
—Hace un mes —explica él, bajando la voz—. Me había transformando frente a un humano. Fue en un bosque cercano al límite norte. El humano se defendió con una espada vieja, oxidada, pero bien afilada. Me la lanzó directo al hombro. —Flexiona el brazo, como si aún recordara el ardor—. No pude moverlo por días. Esa zona… es sensible. Incluso cuando estoy transformado, me desequilibra. Me rompe.
Vuelve a mirarla, sin rastro de arrogancia.
—Por eso lo dije. Si soy la bestia…, ese será mi punto débil. No podré soportarlo.
Elara permanece callada, procesando el peso de sus palabras… y de su cuerpo, marcado por la guerra y el pasado. La cicatriz no le provoca miedo. Le provoca otra cosa. Una punzada de algo parecido a respeto. Se mantiene observándolo en silencio, sin moverse aún. Sus ojos se deslizan por la cicatriz como si intentaran leerla. Es una línea imperfecta, salvaje, profundamente humana. Y algo dentro de ella —esa mezcla entre instinto y curiosidad— la lleva a extender la mano.
Con suavidad, posa la yema de los dedos sobre el borde de la herida. Su piel es cálida, tensa bajo su roce, y la cicatriz palpita apenas, como si recordara el corte con cada caricia.
Badru no se aparta. No se inmuta. Solo la mira.
—¿Dolió mucho? —pregunta Elara, en voz baja, sin apartar la vista de la cicatriz.
—Como si me arrancaran el alma por ese hombro —responde él, grave, sin dramatismo—. Pero no se compara con transformarse. Eso sí duele de verdad.
Elara mantiene el contacto visual, interesada, atenta.
—Cuando la luna llena aparece, es como si mi cuerpo se quebrara desde dentro. Primero los huesos… crujen, cambian de lugar, se alargan como ramas torcidas. Luego viene la piel, estirándose hasta el límite, como si quisiera arrancarse de mí. Cada músculo arde, como si ardiera por dentro. Es salvaje. Brutal. Todo lo humano se pierde, lo que queda es… instinto, fuerza, hambre. —Hace una pausa, sus ojos negros fijos en ella—. Y lo peor es que uno recuerda todo ese dolor. Cada grito, cada pedazo de carne rota…, todo, menos cuando dejas de ser tú.
Elara no dice una palabra. Solo sigue el trazo de la cicatriz con los dedos, como si pudiera tocar algo más que carne rota. Tal vez a la bestia. Tal vez al hombre que lucha por mantenerse entero bajo la piel desgarrada. Tal vez, si logra grabar esa marca en su mente, podrá reconocerla cuando la verdad se cruce en su camino. No está segura de si la criatura que vio aquella noche la tenía, pero si vuelve a encontrarla, si vuelve a mirarla de frente… ahora sabrá cómo saber si se trata de Badru.
—Ahora sabes dónde golpear —dice él, más suave—. Si me descubres, no dudes. Ataca ahí.
Ella levanta la mirada, encontrándose con esos ojos miel que no parpadean. Durante un segundo, solo hay respiraciones contenidas, cercanía, una quietud peligrosa.
—No lo dudes —responde Elara, en un susurro firme—. Lo haré… y te haré sufrir más de lo que duele transformarte en una noche de luna llena.
Badru no se aparta. La mirada oscura que clava en Elara no contiene temor, sino una aceptación serena, casi ritual. Como si ya hubiera hecho las paces con su destino. Apenas asiente, sin una palabra, y por un momento el silencio que los envuelve no es incómodo, sino profundo. Casi sagrado. Elara aparta la mano, pero el calor de su piel aún se siente en la yema de sus dedos. No sabe si él es culpable, pero en su interior se está trazando una promesa: si lo es, lo sabrá. Y si no lo es… alguien más arderá en su lugar.
Elara se pone de pie con la misma calma con la que llegó. Su mirada se cruza una última vez con la de Badru, que permanece sentado, observándola en silencio. No hay palabras de despedida. No hacen falta. El peso de lo que han dicho permanece flotando en el aire, tan denso como el olor de los libros antiguos que cubren las paredes del estudio. Sin volver la vista atrás, Elara sale del lugar, dejando a Badru solo, inmóvil junto al recuerdo de su cicatriz y el eco de una vida que solo él parece recordar con nitidez.
El pasillo del ala este la vuelve a recibir con su silencio solemne. La Madre Luna no se quedó a esperarla, le tocará regresar sola. A medida que avanza, algunos sirvientes cruzan su camino, bajando la mirada con una reverencia respetuosa.
—Mi Superluna —la saludan en voz baja, como un mantra aprendido. Elara no responde, pero su rostro permanece firme. Ese título aún le resulta extraño, casi una burla, cuando no se siente parte de nada…, excepto de su propia cruzada.
A lo lejos, un ruido distinto capta su atención: el zumbido rítmico de mecanismos en movimiento, acompañados por el chirrido suave de correas de cuero y el golpeteo metálico de poleas. Se acerca por instinto, hasta detenerse frente a una doble puerta abierta que da paso a un amplio salón iluminado por ventanales altos. El lugar está poblado por estructuras de madera barnizada y acero forjado, como esqueletos de antiguos inventos. Manivelas giran con esfuerzo humano, contrapesos suben y bajan al ritmo de los músculos que los dominan. Cuerdas tensadas y resortes de bronce conectan engranajes que parecen sacados de una mente obsesionada con la biomecánica. Dentro, varios hombres entrenan sus cuerpos con vigor; el sonido del metal chocando contra sí mismo acompaña sus movimientos. Pero Elara no se detiene a verlos.
Entre todos, una mujer capta su atención de inmediato. No por su belleza ni por su fuerza —aunque ambas son evidentes—, sino por su determinación. Sus músculos tiemblan por el esfuerzo de seguir el ritmo, pero no se detiene. Aprieta la mandíbula y continúa, como si el cansancio no fuera una opción.
Al notar a Elara bajo el umbral, el salón entero se paraliza. Todos detienen lo que están haciendo y se giran hacia ella, bajando la cabeza con respeto.
—Mi Superluna —murmuran al unísono. Incluso la mujer, sin disimular el asombro, hace una reverencia antes de dejar caer las pesas y levantarse con agilidad.
Con paso firme, la joven se acerca a Elara. Su rostro está sonrojado por el ejercicio, pero sus ojos brillan con entusiasmo. Al llegar frente a ella, le sonríe con calidez y asombro, como si estuviera viendo a un fantasma querido.
—Eres idéntica a mi tatarabuela —dice, con voz suave pero segura—. Perdona mis modales. Soy Yudith Valverde, tataranieta de Elizabeth Lotche y Matías Valverde. Es un honor conocerte, Superluna.
Algo se abre dentro de Elara, como una compuerta que cede de golpe tras años de presión. Matías. El último en reinar junto a su anterior reencarnación. El romance más reciente. Un lazo que aún se siente profundo. Su pecho se contrae sin aviso, como si el alma respondiera a un nombre antes que la mente. Y entonces, llega el primer destello: una risa varonil en medio de un campo de flores blancas, bajo la noche estrellada. Unos ojos color miel que la miran con una devoción tímida, como el primer resplandor de la luna filtrándose por una g****a olvidada. Matías y Elizabeth…, pero también Matías y ella.
Elara comienza a temblar. Su mente procesa todo muy rápido, siente como si estuviera a punto de estallar. En aquel recuerdo difuso hay unos ojos que ya conoce, unas manos que la han sostenido con ternura, unos labios que se han unido en los suyos y que le han susurrado promesas bajo una luna teñida de sangre. Las flores bajo sus pies ya no son blancas, ahora son rosadas, vivas, temblorosas, como si compartieran su emoción. Todo es fragmentado aún, borroso…, pero empieza a emerger. Y duele. Y arde. Pero también, por primera vez, se siente real.