Después de desayunar, Katherine se dirigió a la sala de entrenamiento. El eco de sus pasos resonaba en el amplio recinto de piedra, aún impregnado del olor a sudor y metal. Sam y Dana ya estaban allí, estirando junto a los armeros. Al verla entrar, ambos se acercaron de inmediato. —¿Cómo te encuentras? —preguntó Sam, observándola con atención. —Estoy bien —respondió Katherine, aunque su voz traicionaba un cansancio que aún no lograba sacudirse. Dana ladeó la cabeza, incrédula. —Ayer te veías hecha polvo. Creímos que hoy no podrías ni levantarte. Katherine esbozó una sonrisa débil. —Yo también lo creía… pero, por suerte, sigo en pie. Dana alzó la vista hacia el enorme reloj de hierro colgado en la pared. Sus manecillas avanzaban con una lentitud casi provocadora. —El maestro Garen n

