Katherine estaba completamente agotada. El cansancio se le había instalado en cada músculo, haciéndole sentir el cuerpo pesado, torpe, como si llevara piedras atadas a los brazos, las piernas y la espalda. Incluso respirar le resultaba un esfuerzo, y cada paso que había dado hasta allí parecía haber consumido las últimas fuerzas que le quedaban. Daniel la tomó en brazos y dijo: —Chicos, gracias por traerla. —De nada —respondió Dana, mirándolo embobada. Sam la agarró de la mano y la arrastró con él. Katherine le dijo a Daniel: —Bájame. Aún no te has recuperado por completo, tienes la pierna herida. —Te he dicho que los guerreros Kiniry aguantamos bien el dolor. La herida en mi pierna no representa ningún problema. —Aun así, bájame. —Si te bajo te desplomarías en un segundo. Estás he

