Katherine estaba sentada junto a Daniel, sosteniendo su mano con fuerza, como si soltarla pudiera hacer que todo volviera a empezar, cuando James entró en la habitación. —Hay que darle otra dosis del antídoto —dijo. Ella tomó el frasquito con manos temblorosas. No dudó. Se llevó el antídoto a la boca y se lo dio a Daniel a través de un beso, porque él seguía demasiado débil para beberlo por sí mismo. James la observó en silencio y suspiró. —Me alegra que estés aquí —dijo—, porque si no me habría tocado a mí darle el antídoto... y aunque sea mi hijo, darle el medicamento boca a boca no me hace ninguna gracia. Katherine sintió cómo el calor le subía al rostro. Sus mejillas se tiñeron de rojo, avergonzada, de pronto muy consciente de lo que acababa de hacer. —No tienes que avergonzarte

