Prólogo
Cádiz
Diez años antes.
—Papá te va a matar, Nerea. —advirtió Iago, que a sus catorce años ya actuaba como si fuera el hombre de la casa. Sobre todo, cuando se trataba de ser superprotector con la joya de la familia, su hermanita dos años menor que él. —Al final tendré que contarle lo que hiciste. Como varón de esta familia debo protegerte, aunque sea de ti misma.
—¡Cállate estúpido! —demandó Nerea mirándose delante del espejo con un pesado collar de oro en el cuello, admirando el “amuleto”, una rueda hecha de oro con varios rubíes que representaba el viaje para el pueblo gitano. —Papá no tiene por qué saber que tengo el collar que perteneció a la abuela.
—No seas tonta Nerea, papá lo sabe todo. Sabe cuando hacemos cosas malas incluso antes de que las hagamos. —respondió Iago poniendo los ojos en blanco. —Ahora lárgate de mi habitación, quiero dormir.
Nerea se giró para verlo y se llevó las manos a la cintura.
—¡Mentira! —replicó. —Tú solo quieres quedarte solo para ver videos de mujeres desnudas. Eres un degenerado.
—¡Y tú ladrona! —respondió su hermano y ambos se sacaron la lengua con un gesto infantil, justo cuando escucharon pasos en el pasillo. —¿A dónde vas? —preguntó Iago al ver como su hermana salía por la puerta trasera que daba al jardín.
—No me van a quitar lo que es mío. —contestó Nerea con vehemencia sujetando el pesado collar. —Y que ni se te ocurra decirle nada a mamá, porque te arranco esa colita y se la daré de comer a los perros del vecino.
Iago hizo una mueca y puso los ojos en blanco.
—Niña loca, algún nos meterá en serios problemas. —resopló Iago y se preparó para hacerse el dormido.
Nerea corrió por el jardín en mitad de la noche, y se detuvo unos minutos para ver las olas del mar. Extrañaba su casa, pero aquella temporada en Cádiz había sido especial tanto para la niña como para su familia. Un verano especial.
—¡Nerea!
La niña se sobresaltó al escuchar como su madre llamaba por ella y corrió más rápido buscando un lugar donde enterrar el amuleto que perteneció a su abuela. Entonces vio la estatua de un ángel con las alas cortadas y supo que era el lugar indicado.
La niña sonrió sintiendo que su tesoro estaba a salvo y se limpió las manos a toda prisa cuando escuchó que su madre se acercaba.
—¡Nerea Salazar! —exclamó su madre llevándose las manos a la cintura.
Nerea se levantó y se dio la vuelta despacio encontrándose con la mirada seria de su madre. Aquellos ojos verdes que dejaban a cientos de hombres hipnotizados, sus largos cabellos que brillaban incluso de noche y aquellos aretes de oro que siempre llevaba puestos por ser un regalo de su marido.
—¡Zafira Salazar! —rebatió la niña contoneándose y levantando la cabeza con seriedad. —Es muy tarde para que estés fuera de casa. Como buena gitana…¡Ah! —gritó la niña cuando su madre tiró de su oreja.
—No vuelvas a llamarme por mi nombre señorita, y menos cuando sabes por qué te ando buscando. —la regañó su madre y tiró de ella hasta la casa.
—¡Ah mamá me estás haciendo daño! —protestó Nerea y su madre la asaltó mirando dentro de aquellos ojos que eran idénticos a los suyos.
—¿Qué te he dicho sobre robar? —preguntó su madre furiosa y Nerea frunció el ceño.
—Yo no he robado nada, nada mamá. —respondió Nerea ofendida y su madre se puso a la altura de sus ojos.
—Lo que tienes en común con tu padre, es que cuando mientes lo haces tan bien que cuesta creer que se trate de una mentira. —dijo Zafira y Nerea se pavoneó.
—Supongo que eso hace de mí una verdadera Salazar.
Zafira negó con la cabeza pidiendo paciencia a Dios para lidiar con el carácter de su hija y la arrastró hasta el salón donde su marido analizaba unas piedras brillantes que había sobre la mesa del comedor.
—Vamos, tu padre hablará contigo y te enseñará los verdaderos valores de esta familia. —demandó Zafira mirando a su marido de reojo y lo vio esbozar aquella sonrisa que la volvía loca. —O por lo menos es lo que espero del hombre de esta casa. —advirtió y Alberto invitó a su hija a sentarse en su regazo. Entonces Zafira dejó solos padre e hija.
—¿Qué son esas piedrecillas? —preguntó Nerea con interés y su padre apartó uno de sus mechones oscuros de su rostro para mirarla.
—Diamantes. —contestó Alberto. —¿Te gustan? —preguntó y ella asintió. —¿Si te regalo uno de esos diamantes devolverás el amuleto que robaste de la casa de tu abuelo?
—Yo no robé nada. —insistió Nerea en su defensa y su padre sonrió. —Ese viejo cascarrabias miente. El amuleto de la abuela es mío por derecho. Ella me lo prometió, así que no es un robo. Solo ha sido un reclamo de mi parte de la herencia.
—Tu abuelo no lo ve de esa manera, y no lo llames “viejos cascarrabias”, sabes que no lo soporta. —reprochó Alberto y ella se giró para mirarlo.
—Ese viejo nos odia papá. He visto como me mira a mí y a mi hermano. —dijo Nerea molesta y vio como su padre bajaba la cabeza. —Nos desprecia porque somos tus hijos. Te odia a ti y nos odia a nosotros porque para ellos manchamos su sangre.
—No puedo culparlo, a mí tampoco me haría gracia que viniera un loco y se robara a mi hija. —opinó Alberto y su hija se cruzó de brazos todavía más enojada. —Sé que el abuelo es duro contigo y con tu hermano. Que nos os trata como trata a sus otros nietos, pero eso no te da derecho a robar en su casa. —la regañó levantando su barbilla para mirarlo. —¿Qué te he dicho tantas veces?
—Si vas a hacer algo malo asegúrate de que no te pillen. —repitió Nerea y su padre le dejó un beso en la punta de nariz riéndose.
—No, te he dicho que no debes robar en tu propia casa. —la corrigió Alberto y Nerea giró los ojos.
—Las puertas de su casa están cerradas para mí, así que no es mi casa. Él no me ha dado un lugar, para él no tengo valor.—refutó Nerea y bajó la cabeza con tristeza. —La abuela sí me quería, y era su deseo que tuviera ese amuleto papá. Es parte de mí, ella lo dijo. —¿Él sigue aquí en Cádiz? —preguntó con interés jugando con uno de los diamantes y su padre asintió.
—Se irá mañana al amanecer y espera regresar a casa con el amuleto de la abuela. —contó Alberto y la hizo mirarlo otra vez. —Tienes algo muy especial ahí adentro mi amor, pero no puedes utilizarlo. No quiero que seas como yo. —dijo y ella entendió lo que quería decir.
—¿Por ser como eres es que no podemos regresar a Madrid? -preguntó y lo vio bajar la mirada. —¿Te has metido en problemas, papá?
—Mi mundo no es un lugar bonito Nerea, es un lugar donde debemos elegir bien en quién confiar y yo elegí mal cariño, muy mal. —explicó Alberto, pero Nerea no lo entendía y él pasó la mano por los cabellos largos de su princesa. —Cuando tu madre me dijo que nos había llegado una bendición… que tu hermano venía en camino, hice todo lo que pude para construir un castillo; un reino perfecto para mi reina y nuestros príncipes. No puedo seguir mi naturaleza Nerea, no puedo volver a hacerlo y no puedo permitir que tú lo hagas.
—No lo entiendo papá. —siseó Nerea confundida y Alberto besó la frente de su hija.
—Toma. —le entregó uno de los diamantes a su hija que tomó aquella pequeña piedra sin entender su valor. —Espero que sea suficiente para sustituir el amuleto de la abuela.
—Prefiero tener dos amuletos. —respondió Nerea con una sonrisa traviesa y se despidió de su padre.
Alberto vio a su hija levantarse y dirigirse al pasillo, pero antes de irse a la cama Nerea sintió la necesidad de verlo una vez más.
—Papá. —lo llamó y Alberto soltó los diamantes para mirarla. —No importa cuál sea nuestra naturaleza, si es buena o mala. Yo solo sé que te quiero con todo mi corazón y mi mayor amuleto eres tú.
Alberto sonrió, se levantó y caminó hasta su niña para recibirla en sus brazos.
—Recuerda que tú eres mi mayor tesoro. Eres fuerte, eres lista y eres magnífica, por eso no podría estar más orgulloso de ti. Así que por favor entiende que no tienes que demostrarle nada a nadie. Nerea Salazar conoce su valor y su lugar es el lugar que ella elija, no en el que creen que debas estar. No importa si soy yo, mamá o el abuelo. Tú eres la única que puedes decidir lo que vales.
Nerea le dio las buenas noches a su padre y se fue a la habitación que estaba compartiendo con su hermano en aquel verano que sería inolvidable para ellos, en el cual descubrirían que del amor puede llegar a nacer el peor de los sentimientos… el odio.