Queridísimo diario:
Hoy me he casado con Carolina. Y no ha habido látigo ni familia avergonzada. Solo nosotras y los que de verdad nos quieren.
Hemos tardado un poco, pero porque, entre otras cosas, su divorcio fue mucho más complicado que mi anulación.
Llevamos casi siete años viviendo en España. Siete años desde aquella noche de lluvia en que llamó a mi puerta con las niñas en brazos y el cuerpo lleno de moratones. Siete años desde que vendimos lo poco que teníamos, empaquetamos nuestras vidas en cuatro maletas y cruzamos el océano para empezar de cero. Javier vino con nosotras. Qué ironía, ¿no? El hombre con el que me obligaron a casarme se convirtió en mi mejor aliado. Aquí, lejos de las miradas del pueblo, dejó de ser mi marido y empezó a ser mi familia. La elegida, no la impuesta.
La boda fue en el juzgado de Barcelona. Llegamos puntuales, como mi padre me enseñó, aunque esta vez no había nadie vigilando si mi vestido era el adecuado y la puntualidad fue el único rastro de la presencia de mi anterior familia.
Llevé un traje de pantalón completamente blanco, sencillo, lo sé. Carolina, en cambio, llevaba un vestido corto de color marfil, con unas perlas a juego cosidas en el dobladillo que resaltaban el precioso moreno de la piel de sus piernas. Se lo había comprado yo hace tres meses, cuando la vi desilusionarse una y otra vez porque, con el presupuesto que teníamos, no encontraba ningún vestido apropiado para nuestra boda, con lo que no me quedó de otra que volverme loca yendo a cada outlet de vestidos de novia de la provincia, con tal de hacerla feliz. Y valió la pena pues, cuando lo vio, la sonrisa que se dibujó en su cara fue de las más hermosas que había visto hasta entonces, puesto que entonces nuestra boda aún no se había celebrado.
—Nunca nadie me había regalado algo tan bonito —dijo.
Yo pensé entonces en todas las cosas bonitas que le habían sido negadas durante esos años de sufrimiento. Y prometí, para mis adentros, que no volvería a faltarle ninguna, y mucho menos le faltaría amor.
Hoy Javier fue mi testigo. Sobra decir que vino de punta en blanco, con un traje azul marino que le sentaba de maravilla. Y a su lado, con una americana de lino y una sonrisa que no se le borraba de la cara, estaba su marido como testigo de Carolina. Se llama Marc, es un catalán alto, de barba canosa y ojos amables, que le ha devuelto la ilusión de vivir a Javier. Llevan cuatro años juntos, dos de ellos casados. Cuando Javi nos lo presentó a Carolina y a mí, no puso ninguna pega. Solo dijo: "Más gente para querer". Y nos adoptó como si fuéramos sus hermanas.
Martina fue la única dama de honor. Se negó a acompañar a una sola de “sus madres”, así que se colocó en medio de nosotras dos, algo bastante cómico, la verdad.
Ya tiene trece años. Es una adolescente alta, delgada, con el pelo oscuro de su madre y los mismos ojos verdes de su abuela. Ha pedido ser ella quien entregue los anillos. "Soy la mayor", dijo con esa autoridad que ha ganado con los años.
Aunque, finalmente, los anillos los llevó Mateo, mi niño, que ya tiene quince años y que me saca casi una cabeza. Va a ser más alto que su padre, aunque Javier insiste en que eso no es difícil.
La niña de las flores ha sido Clara. La bebé que Carolina llevaba atada al pecho aquella noche. Ahora tiene siete años, y es un remolino de rizos rubios y preguntas imposibles. No ha parado de tirar pétalos desde que entró por la puerta, y para cuando hemos llegado al altar, el pasillo parecía un jardín. La juez ha sonreído. Creo que era la primera vez que alguien despedía tanta felicidad en su sala.
En el momento álgido de la ceremonia, Carolina me miró. Simplemente, me miró. Y en esos ojos lo vi todo: el lago, los quince años, las palizas, la huida, el avión, la madrugada en que llegamos a Barcelona sin saber ni una palabra de catalán. Todo. Y sonreí, dije "sí, quiero", ella contestó lo mismo, y entonces sí, se hizo realidad.
Nos pusimos los anillos. Nos besamos. No un beso rápido como los que nos dábamos en los portales para que nadie nos viera. Fue un beso largo, tranquilo, de esos que se pueden dar porque ya no hay nadie mirando para juzgar, solo para celebrar.
Los niños aplaudieron. Javier y Marc también. Y una señora mayor que estaba en la sala de espera acompañando a su hija, soltó un suspiro tan exagerado que hizo enternecer a medio juzgado.
Después de eso, salimos a la calle. Hacía una mañana espléndida, soleada, despejada y agradable, como la vida que nos espera. Nos sacamos algunas fotos en las escaleras del juzgado, no demasiadas para permitir el acceso a las demás personas. En un momento dado, Clara tiró los pétalos que le quedaban al aire, y cuando el fotógrafo nos mostró las diferentes imágenes no pudimos parar de reír al comprobar que tales pétalos se habían colado en una de las fotografías, dándole un toque precioso.
—¿Eres feliz? —le pregunté a Carolina una vez terminamos de reírnos. Ella me tomó la mano y apretó dos veces: nuestro código.
—Más que nunca —respondió.
Y es verdad. Después de todo, después de tanto, por fin estamos juntas, casadas. No hay vestido blanco de princesa. No hay pastel con dos muñecas. No hay padres orgullosos ni familiares aplaudiendo. Pero sí que hay una mujer a mi lado que ha sobrevivido al infierno. Hay dos niñas que ya no tienen miedo. Hay un hijo que crece sabiendo que el amor no entiende de etiquetas. Hay un hombre que pudo ser mi enemigo y es mi hermano. Y hay otro hombre, un español barbudo, que ha abierto su casa y su corazón a cinco fugitivos de un pueblo que los odiaba por amar.
Eso es más que suficiente, lo es todo.
PD: Esta noche dormiremos todos en el piso de Javier y Marc, así continuaremos la celebración en familia. Pedimos pizza, la de siempre, la de la esquina. Clara está ya dormida en el sofá con un trozo de masa en la mano. Martina está a su lado leyendo una novela romántica. Y Mateo está en el balcón, mirando vídeos en el móvil, pero cada dos por tres se vuelve a mirar a su nueva familia y sonríe.
Carolina está en la cocina, ayudando a Marc a sacar más cava. Tengo la intención de ir ahora a buscarla, tomarla de la cintura y besarle el cuello, justo donde alguna vez tuvo cierto cardenal.
—Señora mía —le diré, como antes, nada más salir del juzgado, cuando nos reímos como dos crías, como aquella noche en el lago, como si el tiempo no hubiera pasado y todo el dolor no hubiera sido más que un mal sueño.
Un sueño demasiado real, con el mejor de los finales.