23/04/2016
Estimado diario:
Sigo sin saber de ella. Lo he intentado todo: cartas, llamadas, mensajes al teléfono y las r************* . La familia tampoco me cuenta nada, ya no sé qué hacer, solo me queda llorar y morir un poco más cada día por su ausencia.
17/11/2017
Querido diario:
Hoy, ha vuelto. Después de tres años, dos meses y trece días de silencio, ha regresado.
Eran casi las once de la noche cuando llamaron a la puerta. Llovía desde el mediodía, una lluvia fina pero constante que había convertido el camino de entrada en un charco. Javier estaba en su estudio, como siempre. Mateo dormía desde hacía horas. Yo estaba en el salón, con una taza de té ya frío, mirando la tele sin verla, y el timbre me sobresaltó. No tenía ni idea de quién podría ser a esa hora. De todas formas, abrí la puerta, y el mundo se detuvo.
Carolina estaba allí, empapada de pies a cabeza. El pelo, que siempre llevaba tan cuidado, le caía en guirnaldas mojadas sobre la cara. Llevaba una chaqueta negra que no le quedaba bien, era demasiado grande, seguramente de Iván. Y sobre el pecho, envuelta en un fular mojado, llevaba a una bebé. La pequeña estaba durmiendo, ajena a todo lo que ocurría y estaba por venir. Tenía la boquita entreabierta y las manitas fuertemente cerradas. Es una auténtica monada.
Detrás de ella, agarrada a su pierna como una lapa, estaba Martina. La niña tiene ya seis años, pero parecía mucho más pequeña agachada tras su madre. Llevaba un abrigo rosa demasiado fino para la noche, y las zapatillas de andar por casa, esas de felpa que se mojan en cuanto pisas un charco.
—Hola —dijo Carolina. Solo eso: un “hola” tan frágil que parecía a punto de romperse.
No pude hablar. No pude moverme. Solo pude mirarla. Tenía un ojo completamente morado y medio cerrado, y el labio partido con una costra oscura que sangraba un poco por la humedad. Además, en el cuello, asomando por encima de la chaqueta, tenía un cardenal morado que me heló la sangre.
—Lo siento —susurró, y entonces la voz se le quebró—. Lo siento, no sabía a quién más acudir. No tengo dinero. No tengo a dónde ir. Y tengo miedo; mucho miedo.
No dije nada, no sabía qué decir, pero la dejé pasar. Dentro de casa el silencio era enorme. Javier no salió del estudio, aunque estoy segura de que pegó la oreja a la puerta.
No lo pensé demasiado, las hice pasar al salón, cerré la puerta de la calle con llave, y encendí la chimenea —era más que necesario algo de calor.
Una vez allí, Carolina se sentó en el borde del sofá, sin atreverse a apoyar la espalda y Martina se subió a su regazo, enredada entre su madre y la bebé, que seguía durmiendo.
—Me he ido de casa —dijo Carolina, con la mirada perdida—. No podía quedarme allí ni un día más.
Empezó a hablar y no pudo parar. Contó todo. Las palizas que se volvieron semanales, después diarias. Los golpes donde no se ven, en el estómago, en los riñones, en las piernas. Las violaciones, porque así las llamó, pues es lo que eran, “violaciones”, en plural y con cada una de sus letras. Además del control de cada peso, de cada minuto, de cada llamada de teléfono, y del miedo constante a que Iván se ensañara con Martina, que llevaba ya meses comprendiendo que lo que su padre hacía a su madre no era bueno ni normal.
—A la mayor ya le ha empezado a pegar —dijo, y su voz se volvió un hilo—. La otra noche le dio una bofetada porque derramó la leche. Y tiene seis años ¿qué pasará cuando tenga trece?
Entonces se quedó en silencio mientras yo la observaba completamente horrorizada y la lluvia golpeaba los cristales. Por suerte, cuando llegó a esta parte de la conversación, la niña ya estaba durmiendo casi tan profundamente como su hermana.
—No sé por qué he venido —dijo de repente, sin mirarme, casi avergonzada de su último comentario —. Después de tanto tiempo. Después de que nos intentaran separar y de que yo desapareciera sin explicación. La verdad es que deberías odiarme.
Me levanté del sillón. Me arrodillé frente a ella en el suelo mojado que había dejado su ropa y le cogí las heladas y agrietadas manos.
—Nunca te he odiado —le dije—. Ni cuando me obligaron a casarme con Javier. Ni cuando tu madre nos separó. Ni cuando dejaste de contestar mis llamadas. Nunca.
Carolina rompió a llorar. No un llanto bonito, de esos que salen en las películas. Un llanto feo, desgarrado, de quien ha estado aguantando durante años y por fin puede soltarlo todo. Lloró con la cara entre las manos, con las niñas apretadas contra su pecho y todo el cuerpo temblando.
Yo lloré con ella. Y nos quedamos así, en el suelo del salón, mientras la lluvia seguía cayendo, sonando al revotar contra el tejado de la casa, mientras el mundo seguía girando, y ninguna de las dos sabía muy bien qué iba a pasar después.
Pero cuando se calmó, cuando los sollozos se convirtieron en respiras entrecortadas, le dije lo único que podía decirle.
—Vamos a encontrar una solución. No sé cuál. No sé cómo. Pero esta vez no voy a dejarte sola. Ni voy a quedarme en la fachada escuchando cómo te golpean sin poder hacer nada. Esta vez seré valiente, por difícil que sea. Esta noche te quedarás aquí —concluí— y mañana pensaremos qué hacer.
Ella me miró con unos ojos que no eran los mismos de antes. Ya no eran los ojos de la niña del lago, ni los de la quinceañera del vestido rosa, mucho menos los de una mujer fuerte y empoderada. Eran ojos de mujer rota, de madre asustada, y de alguien que ha vivido demasiado en muy poco tiempo.
Pero cuando me sonrió, aunque la sonrisa le partió el labio herido, vi un destello de la Carolina que conocía. La que me defendió aquel día en el lago. La que me tendió la mano en el baile. La que nunca debió casarse con Iván.
—Gracias —susurró.
Y yo, sin pensar, le besé la frente. Justo donde empezaba el cardenal.
PD: Javier salió del estudio cuando ya estábamos todas en el salón. Nos vio y no dijo nada, solo asintió como si aquello llevara años esperándolo. Luego se fue a la cocina y volvió con una manta para Martina, una toalla para Carolina y un biberón de leche caliente para la bebé, que por fin había abierto los ojos y lo miraba con curiosidad.
—Todo se arreglará— fue lo único que comentó mientras le daba todo a Carolina.
Supongo que también sabe lo que es sentirse atrapado. Quizá por eso nos ha decidido ayudar. Y quizás, por eso, esta noche hemos sido dos mujeres rotas, un hombre herido, y tres niños que no pidieron nacer en medio de este infierno.
Mañana será otro día. Y tendremos que tomar decisiones. Pero, esta noche, lo importante es que nos sentimos a salvo.