Querido diario:
Hoy he ido al lago con mi familia. Y como ya soy casi una adolescente (en poco cumpliré doce años), me han mandado a cambiarme de ropa con las mujeres, y no con los niños.
Al principio fue un poco raro, la abuela se quitó el bañador y me dio mucho asquito, pero, por suerte, se vistió en un abrir y cerrar de ojos. Pero, lo que vino después fue peor: mis tías y primas mayores empezaron a bromear diciendo que era por “pudor”, y en seguida se quitaron los bañadores y bikinis que llevaban y empezaron a mover los hombros. Esto hacía que los senos se les movieran de un lado para otro, y sobra decir que no me hizo ninguna gracia ver ese espectáculo de carne colgante.
Si no hubiera sido por María Carolina, mi prima gemela (nos decimos así porque nacimos el mismo día, en el mismo hospital, a la misma hora), este estupendo día en el lago se hubiera estropeado completamente en ese mismo momento. Pero ella, como siempre, me alegró el día.
—¡Dejad de hacer el tonto, que algunas aún no tenemos tetas y nos acomplejáis! —dijo con voz tronadora. Y con algo de picardía añadió— Además, estáis traumando a la abuela.
En ese instante todas miramos a la abuela y vimos que tenía cara de espanto. La pobre tenía la mandíbula súper apretada y los ojos abiertos como platos, así que no sé si estaba más asustada o enfadada, pero, en cuanto la vimos, todas las que estaban antes haciendo el tonto empezaron a reír y comenzaron a vestirse.
Entonces miré a Carolina (como la llamo siempre —en vez de “María Carolina”), y vi que me observaba sonriendo. Me susurró un “de nada” con sus labios perfectos, y no pude evitar sonreírle justo antes de cambiarme el bañador que llevaba por unas braguitas, unos shorts y una camiseta holgada —para extra de comodidad.
PD: Espero que no te importe que te llame querido, ya que es la primera vez que escribo en ti, pero como es lo que todas las niñas hacen en las películas así te diré.