12/11/2003

1174 Words
Queridísimo diario: Hoy ha sido el día más importante de mi vida y de la de mi prima, Carolina, y nadie que nos miraba sabía la verdad. Hoy, fue nuestra fiesta de quince años compartida. Mi madre, su madre, y la familia al completo en realidad, llevaban meses preparándolo. Obviamente, decidieron unir ambas fiestas, así que eligieron el mismo salón, pero me sorprendió ver un pastel enorme con dos muñecas vestidas de rosa y celeste en su cima representándonos. Todo parecía pensado para celebrar nuestros quince, como dos primas unidas que se quieren "como hermanas". Qué ingenuos son los adultos. Llegué la primera al salón, porque mi padre es de los que creen que ser puntual es imperativo. Me arreglé en el baño de mujeres mientras mi madre me ayudaba con los últimos detalles del vestido. Cuando me vi en el espejo, casi no me reconocí. El traje elegido era perfecto, de un azul pálido, casi gris, con la falda de tul que hacía ruido al andar, casi como un susurro constante que me recordaba a cada paso lo hermosa que estaba. El corsé me apretaba un poco, pero mi madre dijo que así se veía mejor porque marcaba más la cintura, y añadió que ya era toda una señorita. Además, la peluquera me recogió el pelo en un moño alto, con unos rizos sueltos que me caían sobre las sienes, y llevaba unos pendientes de perla que fueron de mi abuela, los que, por desgracia, a pesar de hacerme sentir realmente guapa, evidenciaban que no estaba completa: faltaba ella. Cuando Carolina entró por la puerta principal, después de haberse retrasado en llegar casi una hora, todo el salón se giró a mirarla. Yo también, claro, pero no la miraba como los demás. Su vestido era de un rosa empolvado, casi blanco en las fotos con flash. El corte era diferente al mío: más de princesa de cuento de hadas, con una falda exageradamente amplia y el torso cubierto de diminutas flores bordadas que brillaban cada vez que se movía. Llevaba el pelo suelto, con ondas suaves que le caían sobre los hombros desnudos, y había completado su look con una diadema diminuta con pedrería que parecía una pequeña corona. Guardaré eternamente ese momento en una cajita secreta dentro de mi corazón: la primera vez que la vi con ese vestido, con esa luz, con esa sonrisa que era solo para mí —aunque hubiera cien personas delante. —Estás preciosa —me susurró al oído cuando llegó a mi lado, rozando mi mano con la suya en un gesto que duró menos de un segundo pero que yo sentí en el alma. —Tú más —le respondí yo, y era verdad. La ceremonia fue un aleteo constante de miradas robadas. Mientras nuestras madres lloraban en la primera fila, como si en realidad se tratara de nuestras respectivas bodas, nosotras nos buscábamos con los ojos por encima de los hombros de los invitados. Lo mejor fue que, durante el cambio de zapatillas (de las planas a los tacones, como manda la tradición), nuestras manos se encontraron y Carolina me apretó dos veces —Nuestro código secreto desde niñas: dos apretones significan "te quiero". El vals con los chambelanes fue un trámite. Mi chambelán era un primo segundo de mi padre, un chico de diecisiete años alto y silencioso que no dijo ni diez palabras en toda la noche. Parecía algo afeminado, aunque nadie más lo notara, y hubo un par de ocasiones durante la noche en las que nos miró raro, como si supiera que Carolina y yo tenemos algo más que una bonita relación de amigas y familiares. Tendría que haber sido más cuidadosa, y es que, mientras bailaba con él, girando en círculos como un autómata, no dejé de mirar por encima de su hombro a Carolina. Ella bailaba con Iván. Sí, ese Iván. El novio soso que finge que le gusta y que, para ser justos, con su traje de etiqueta casi parecía guapo. Ella actúa muy bien, tanto que en un momento dado mis celos fueron bastante evidentes. ¿Nos habrá descubierto su “radar gay”? No lo sé, y en ese momento no le presté más atención ya que, una vez el baile terminó, los chambelanes hicieron una reverencia, las madres aplaudieron emocionadas y, sin que nadie lo hubiera planeado oficialmente, la música cambió. Pusieron una canción lenta. Una balada cursi de esas que hablan de amistad eterna y de niñas que crecen juntas. Creo que era de esas bandas mexicanas que tanto le gustan a mi tía Elena. Y sin mediar palabra, Carolina cruzó la pista y me tendió la mano. —¿Bailas conmigo? —preguntó, en voz alta, para que todos la oyeran. Su madre sonrió emocionada. Mi madre se llevó la mano al pecho, con los ojos húmedos. Alguien dijo "qué bonito, las primitas". Nadie, absolutamente nadie, imaginó que aquella mano tendida era mucho más que un gesto familiar. La cogí. Claro que la cogí. Y no sólo eso, apreté su mano dos veces frente a todos. Luego, bailamos pegadas, pero no demasiado, solo lo justo para que nuestras madres pensaran en complicidad infantil, no en otra cosa. Mis manos descansaban sobre sus hombros desnudos, y las suyas en mi cintura, justo donde el corsé dejaba paso al tul de la falda. Nos movíamos lentamente, mirándonos a los ojos, con los labios dibujando sonrisas que eran un código secreto en sí mismas. —Esto es lo que más he esperado de toda la fiesta —susurró Carolina, tan bajito que solo yo pude oírla. —Yo también —respondí, y sentí que me ardían las mejillas. En algún momento, su falda de rosa empolvado se enredó con la mía de azul pálido, y el tul se mezcló como si los vestidos también quisieran bailar juntos. No nos separamos. Nadie nos separó. La canción terminó, y luego vino otra, y otra más, y seguimos bailando, las dos solas en medio de la pista mientras los adultos nos miraban con esa sonrisa tierna que reservan para las niñas que crecen. Si supieran. Si hubieran sabido que esa noche, cuando todo terminara y los vestidos colgaran en los armarios, Carolina volvería a mi habitación como hacía tanto que no ocurría, o que mientras ellas recogían los centros de mesa y pagaban al DJ, nosotras estaríamos subiendo las escaleras de puntillas, con las faldas de tul en la mano para no hacer ruido. Pero no lo sabían. No saben. Nunca sabrán. Por ahora, me quedo con el recuerdo de sus manos en mi cintura, de su frente apoyada en la mía en el último baile, de su susurro al oído cuando la música se apagó: —Pase lo que pase, siempre vas a ser mi primera bailarina. PD: Carlos me mandó un mensaje por la noche felicitándome. Le di las gracias y apagué el teléfono. Hoy no quería hablar con nadie que no fuera ella, menos aún con un novio falso al que dejé hace tiempo.
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