23/09/2007

556 Words
Querido diario: Hoy se acabó el mundo. Y nadie fuera de esta habitación lo sabe todavía. Era una tarde como cualquier otra, de esas que llevábamos meses disfrutando en secreto. Mis padres creían que iba a casa de Carolina a estudiar para la prueba de acceso a la universidad. Su madre creía lo mismo. Y nosotras, idiotas, nos creímos invencibles. Llevábamos una hora en su habitación. La puerta, como siempre, estaba cerrada, pero sin pestillo. Estábamos demasiado confiadas y, sobre todo, demasiado enganchadas a la sensación de nuestros labios tras tantos meses de besos robados entre coches, esquinas y mentiras. Estábamos tumbadas en su cama con los libros de historia esparcidos a nuestros pies, yo boca arriba y Carolina apoyada sobre su codo, mirándome como solo ella sabe hacerlo. El sol de la tarde entraba por la ventana y le iluminaba la cara, y yo, como tantas otras veces, no pude resistirme. La besé. Fue un beso suave, de esos que empezaron siendo un "te quiero" sin palabras y que se alargó porque ninguna de las dos quería que terminara. Tenía los dedos enredados en su pelo, y ella tenía una mano en mi mejilla de forma que el mundo, durante unos segundos perfectos, dejó de existir. Hasta que oímos el golpe. No fue un golpe fuerte. Fue más bien un pequeño grito ahogado, seguido del ruido de algo cayendo al suelo. Abrí los ojos y vi a mi tía Elena en el marco de la puerta, con la bandeja de la merienda rota a sus pies. Las galletas esparcidas por el suelo. Los zumos derramados formando un charco que empezaba a extenderse como la sangre de un crimen. Su cara era un poema que nunca querré volver a leer. Primero horror. Luego incredulidad. Después miedo, y finalmente algo que me heló la sangre: odio. —¡Mamá! —gritó Carolina, incorporándose de un salto, con las mejillas ardiendo. Yo no podía moverme. Me había convertido en estatua, en piedra, en nada. Mi tía no dijo nada. Se dio la vuelta y bajó las escaleras corriendo. La oímos llorar antes de llegar al primer rellano. Nos quedamos en silencio. Carolina temblaba. Yo también. Sabíamos que aquello no se podía arreglar con una mentira. No había "estábamos estudiando" que valiera. Nos habían visto. Diez minutos después, mi madre estaba en la puerta de la casa de mi tía. No sé qué le habría contado, pero, cuando llegó, su cara era la misma que había visto en mi tía Elena. Horror, incredulidad, miedo, y odio, todo en una misma expresión. Aunque también había algo más, algo que no reconocí hasta después: determinación. Mi madre no me gritó. No me pegó. No me llamó "enferma" ni "degenerada" como siempre había temido. Fue peor. Me miró como si fuera una desconocida, como si la hija que había criado durante casi dieciocho años hubiera muerto de repente y en su lugar hubiera aparecido un monstruo. —Vete al coche —me dijo. No "hija". No "cariño". Solo eso. Carolina intentó decir algo, pero su madre la agarró del brazo con una fuerza que nunca le había visto y la metió en el baño. Oí cómo cerraba la puerta. Oí golpes, y cómo empezaba a llorar. Yo también lloré todo el camino de vuelta a casa, pero mi dolor era solo emocional.
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