Lo que soy
Actualidad
Aqaba, Jordania
Rashid
He vivido desde que tengo uso de razón para cumplir las costumbres sin cuestionarlas, sin protestar, sin levantar la voz, agachando la cabeza porque es lo que se espera del hijo del Sheikh, porque no existe otra ley, sino la palabra del clan Al-Nasir al que pertenece mi familia.
Aunque la verdad no sirvo para vivir esta vida de injusticia, de actos absurdos, pero sobre todo me dolió cómo fue castigada Samira. Desde entonces ayudo a jóvenes parejas, a mujeres señaladas, a niñas siendo tratadas como mercancía, a escapar de su furia.
Es un trabajo peligroso, donde cada noche me muevo entre las sombras, sin ser detectado, pero siempre existe el riesgo de que nos atrapen.
A este punto de vida, sigo esperando la promesa de mi padre, el Sheikh, de ocupar su lugar para cambiar el pensamiento de los viejos. Aunque primero me moriré de viejo antes que eso suceda.
Para colmo el desgraciado de mi tío Omar Al-Nasir conspira en mi contra. Es él quien no pierde oportunidad para envolver a mi padre con sus palabras venenosas, para hacer su maldita voluntad.
Hoy es de esas noches que me ocupo de lo realmente importante. Me muevo con sigilo entre las carpas del asentamiento, vuelvo a mirar sobre el hombro, luego doy la señal a Jahir, y atrás su joven novia se mueve con torpeza, como si en cualquier momento fuera a caer o a gritar y echarnos todo a perder.
—Vamos, rápido —los apresuro en voz baja, pero con firmeza, marcando el ritmo antes de que el miedo los paralice.
Me agacho al escuchar unas voces a lo lejos. Respiro hondo e intento bajar el ritmo de mis latidos, aprieto el mango del cuchillo, listo para usarlo si es necesario, aunque lo último que quiero es tener que hacerlo.
Miro las luces de las lámparas alejarse, sigo el movimiento hasta asegurarme de que no regresan, y recién entonces dejo salir el aire contenido.
—No tenemos mucho tiempo —murmuro, sin mirarlos—. Es ahora o nunca.
Jahir asiente apenas, pero no logra ocultar la tensión en el rostro.
—Rashid… —dice en voz baja, apretando las palabras— solo conseguí un caballo, no pude liberar a los otros animales. El viejo Omar mandó a redoblar la seguridad del campamento.
Aprieto la mandíbula un instante, pero no le doy espacio a la duda.
—Vete con tu novia, vayan hasta el puerto… ahí ya estará una embarcación esperándolos —respondo con decisión, sin titubear—. Yo me encargo de distraerlos.
—¿Y después? —pregunta, y en esa pregunta hay más de lo que dice.
Lo miro apenas, lo suficiente para que entienda que no voy a endulzarle nada.
—No vuelvas —digo, firme—. No sabemos cómo reaccionará el clan cuando se den cuenta de su ausencia, y si los encuentran no habrá forma de sacarlos otra vez.
—Gracias, Rashid… —su voz se quiebra apenas— no sé cómo te pagaré por tu ayuda.
Exhalo por la nariz, corto, contenido.
—No me agradezcas aún —respondo con cierta dureza—. Y sobre todo no intentes volver por mí, ni quieras comunicarte conmigo… si lo haces, ellos los encontrarán y cobrarán con su vida su desobediencia.
El silencio que sigue pesa más que cualquier grito.
Asiente apenas.
—Lo entiendo…
—Váyanse rápido —insisto, bajando la voz, pero endureciendo el tono.
No espero a verlos irse. No puedo darme ese lujo. Si dudo, si me quedo un segundo más de lo necesario, todo esto se viene abajo.
Camino en dirección contraria, como si nada, como si no acabara de romper otra regla más de este maldito lugar. El aire está pesado, caliente, cargado de arena y de ese silencio que siempre anuncia que algo no está bien, aunque nadie lo diga.
Llego hasta el corral y me detengo apenas un instante. Los animales están inquietos, lo siento antes de verlos. Se mueven, resoplan, golpean el suelo como si presintieran lo que voy a hacer.
—Tranquilos… —murmuro por lo bajo, sin mucha fe, más por costumbre que por convicción.
Desato la primera cuerda, luego otra. Mis manos se mueven rápido, pero sin torpeza. Esto ya lo he hecho antes.
Uno de los caballos tira con fuerza, rompe la línea y arrastra a los otros. El sonido del caos no tarda en levantarse, seco, violento, imposible de contener.
Perfecto.
Tomo una de las antorchas clavadas en la arena. La observo apenas un segundo, el fuego moviéndose con el viento, vivo, impredecible.
—Vamos… —murmuro con firmeza, como si me diera la orden a mí mismo.
La lanzo.
Las telas prenden rápido, demasiado rápido. El fuego corre, se extiende, se alimenta del aire seco como si estuviera esperando este momento.
—¡Fuego! —grita uno de los hombres, y su voz rompe la noche como un latigazo.
Después otro grito. Y otro más.
Las carpas se abren, la gente sale, corren, se empujan, gritan órdenes que nadie escucha. Todo se desordena en cuestión de segundos.
Me mezclo entre ellos, sin apuro, sin levantar sospechas, uno más en medio del caos, moviéndome con la misma urgencia que todos, pero sin perder el control.
Pero antes de desaparecer del todo, miro hacia el límite del asentamiento.
No están. Bien.
Al día siguiente
No recuerdo en qué momento me quedé dormido. El cuerpo pasó factura, siempre lo hacía. Me dejé caer en el catre, con la cabeza llena y el cuerpo pesado, sin espacio para pensar demasiado.
Y en este instante, el golpe llega sin aviso.
—Rashid, levántate —escucho una voz autoritaria.
Frunzo el ceño antes de abrir los ojos. No es la forma habitual. No es la voz de alguien que viene a bromear o a molestar. Hay algo en el tono. Algo seco.
Me muevo apenas, como si el cuerpo todavía no respondiera, como si me costara volver, ganando ese segundo que necesito para ordenar lo que sea que esté pasando.
—¿Qué pasa…? —murmuro, arrastrando las palabras.
—Levántate —insiste, esta vez con más firmeza, sin paciencia—. El Sheikh quiere verte.
Abro los ojos del todo.
Ahí está Ezel, otro de los perros de mi tío.
Por dentro, todo se detiene un segundo. Pero no lo muestro.
Me paso una mano por la cara, resoplo bajo, como si fuera una molestia más.
—¿Ahora? —pregunto, con un dejo de fastidio que no es del todo fingido.
Me fulmina con la mirada.
—Ahora —responde Ezel sin suavizar nada.
Asiento apenas, sin apurarme.
—Bien… ya voy.
Me pongo de pie con calma, acomodándome la ropa, estirando los hombros como si nada de esto tuviera importancia. Pero lo siento. Está en el aire. En la forma en que me mira. En el silencio que no debería estar ahí.
Salgo.
El asentamiento no suena igual. Hay movimiento, sí, pero no es el mismo. Es más contenido, más tenso. Algunos hablan en voz baja, otros simplemente observan, y cuando paso, las conversaciones se apagan demasiado rápido.
Sigo caminando sin mirar a nadie directamente, pero viendo todo.
El humo aún se siente. Las telas quemadas, el corral a medio asegurar, hombres revisando, contando… buscando errores.
Trago saliva apenas. No bajo la cabeza, no ahora.
Llegamos a la carpa principal. Hay más guardia de lo normal. Claro.
Entro sin esperar a que me anuncien. Y ahí están. Mi padre sentado, con ese rostro serio… intocable. Y a su lado… Omar mirándome como si ya supiera algo.