Prólogo
Mónaco. 14 de Junio, 2023. 23:47
El mar no perdona.
Y esa noche, tampoco lo hice yo.
El Eclipse, mi yate de 80 millones, se mecía bajo una luna sin nubes. Demasiado quieto. Demasiado silencioso.
Algo estaba mal desde que subí a cubierta.
El aire olía a pólvora y a traición.
—Señor Volkovich— gritaba alguien
La voz de Maruk. Mi segundo al mando. Hombre en el que confié durante 8 años. Ahora tenía una Glock 19 apuntándome al pecho. Detrás de él, otros seis. Todos mis hombres. Todos con el dedo en el gatillo.
—Maruk— dije. Sin moverme. Las manos a los lados. —Baja eso antes de que te haga arrepentirte—le dije.
Se rio. Fue un sonido feo. Vacío.
—El Consejo tomó una decisión. Ya no te necesitamos, Ivan. Te volviste… impredecible. Peligroso. Incluso para nosotros—confesó Maruk.
El Consejo. Doce hombres y mujeres. Magnates. Políticos. Monstruos con traje. Yo los fundé hace diez años. Yo les di el poder de mover gobiernos con una llamada.
Y ahora querían cortarme la cabeza.
—¿Por qué? —pregunté.
Por cortesía. Ya sabía la respuesta.
—Porque descubrí que vendían armas a ambos bandos en Ucrania. Porque iban a incinerar un pueblo entero para probar un virus nuevo—respondió.
Me encogí de hombros.
—Porque tengo conciencia. Qué lástima—
—Porque ya no te controlamos—escupió Maruk. —Dispara—vociferó.
Nadie disparó.
Porque si me mataban ahí, en mi yate, habría preguntas. La policía francesa. Los medios. El Consejo quería un accidente. Limpio. Sin cuerpo.
Por eso me llevaron a la borda.
El viento me azotaba la cara. Abajo, el Mediterráneo era un pozo n***o. 40 metros de caída. Si sobrevivía al impacto, moriría de hipotermia. Si no, el mar se encargaría de esconderme.
—Últimas palabras, Volkovich—dijo Markus, disfrutándolo.
Miré el cielo. Luego el mar. Luego a cada uno de ellos. Grabé sus caras.
—Que se jodan—dije. Y sonreí. Con sangre en los dientes porque me habían dado un culatazo antes.
Y salté.
No grité.
El aire se volvió un aullido en mis oídos. Un segundo. Dos.
El impacto fue como chocar con concreto. Me rompí dos costillas. El hombro izquierdo explotó en dolor. El agua helada me entró por la nariz, por la boca, por los pulmones.
Hundirme. Eso era lo que querían que hiciera. Hundirme y desaparecer.
Pero yo aprendí a nadar en aguas más frías que esta. Abrí los ojos bajo el agua. Sal. Oscuridad. Arriba, las luces del yate como estrellas mentirosas.
Y entonces la vi.
En la cubierta superior. Lejos de todos. Una silueta sola, con binoculares. Una mujer. Abrigo n***o. Cabello recogido. No era del Consejo. No era de mi gente.
Me estaba observando.
Nuestros ojos no se encontraron. Era imposible a esa distancia. Pero por un segundo, juraría que ella supo que yo la vi.
No debía haber testigos.
Me hundí más. Dejé que mi cuerpo se pusiera flácido. Dejé que el mar me tragara.
Arriba, escuché gritos.
— ¡Saltó! ¡Se fue al agua! —gritaban.
— ¡Busquen el cuerpo! —decían.
—Imposible. A esta hora, con esta corriente… está muerto—dijeron todos.
Sí. Déjenme morir.
Cuando el dolor se volvió insoportable y mis pulmones pidieron aire, pateé. Fuerte. Hacia abajo, no hacia arriba. Usé la corriente. Me dejé llevar 200 metros bajo el agua, hasta una cueva submarina que había marcado hace meses. “Por si acaso”.
Ahí me esperaba un hombre. Sin preguntas. Solo oxígeno y un traje de buzo.
Salí del mar 3 horas después, a 4 kilómetros de la costa, con una identidad nueva en un bolsillo estanco y el nombre “Ivan Volkovich” enterrado en el fondo del Mediterráneo.
Tres años.
Tres años para reconstruir. Desde cero. Sin el Consejo. Sin nombre. Solo con dinero, odio y paciencia.
Volkov Industries nació 6 meses después de mi “muerte”. Una empresa fantasma. Legal en papeles. Letal en la realidad. Tráfico de armas. Biotecnología que el Consejo prohibió. Información. Chantaje.
Y una lista.
En mi pared del piso 50, tengo una pizarra de vidrio n***o. 47 nombres. Los 47 que estuvieron esa noche en el yate. Maruk está tachado. Murió hace un año. “Accidente de coche”. Yo no creo en accidentes.
Quedan 46.
Y en el centro de la pizarra, con tinta roja, hay un círculo vacío.
Debajo dice: La mujer. Mónaco. Binoculares. Sin identificar.
No sé su nombre. No sé para quién trabaja. No sé si fue casualidad o si me estaba cazando desde antes.
Pero la voy a encontrar.
Porque nadie me ve morir y sale ilesa.
Porque los fantasmas no olvidan a quienes los vieron caer.
Me serví un whisky. Solo. En mi oficina vacía a las 2 a.m. Brindé hacia la ciudad.
—Donde sea que estés—dije en voz baja, —prepárate. Porque vengo por ti—sonreí
Y afuera, Panamá dormía sin saber que el muerto había regresado. Y que tenía hambre.