El accidente ocurrió un jueves.
Steph estaba en el elevador de servicio. Solo. Bajando las cajas de documentos viejos. Cuando el cable crujió. Luego otro. Luego sentí como caíamos. Tres pisos abajo, sentía que el corazón abandonaría su garganta. Gritó. Las luces parpadeaban, en ese instante los frenos de emergencia se activaron con un chirrido que la dejó sorda.
Silencio, oscuridad y su propio jadeo.
La puerta se abrió con un golpe metálico, la luz se hizo en el interior del elevador y apareció él, su trabajo en cubierto Iván. Iba sin saco con la camisa desarreglada como si hubiese corrido. Detrás de él. su jefe de seguridad, pálido como un muerto.
— ¿Estas herida? —preguntó sin más. Sus manos se dirigieron a la de Steph. Estaban frías, pero eran firmes, la revisaba como si fuera frágil. —Mírame, ¿te duele algo? —añadió. En su rostro se mostraba la desesperación.
—No—mintió. Le dolía la mandíbula. —Estoy bien—respondió.
Lo miró girarse hacia su jefe de seguridad, su expresión cambió de inmediato de alivio a asesino en un instante.
—Explícame—dijo en voz baja, lo demasiado bajo para que solo ellos escucharan. — ¿Cómo un elevador de mantenimiento semanal llega a fallar? —pronunció molesto.
—Fue…un error mecánico, señor—su voz temblaba.
—Los errores mecánicos—Iván hizo una pausa, calmando toda su ira—, no vuelve a suceder ¿entendido? —espetó sin más.
El hombre asintió aterrorizado.
Iván volvió a Steph. La tomó del brazo y la ayudó a levantarse.
—Vienes conmigo—le comentó él sin más.
Ese día Steph no fue a casa, sino que al ático. Piso 60, todo era cristal, acero y simbras. La vista a toda la bahía no había fotos, ni siquiera calidez, tan solo poder. Le dio una manta, Whisky y ella se limitó a no hablar. Tomó el Whisky y le quemó la garganta
— ¿Por qué corriste? —preguntó sin más—, podrías haberme dejado ahí, menos problemas—añadió.
—Porque no he terminado mi juego contigo—respondió Iván con una sonrisa en su rostro.
Estaba tan solo a metros de ella, luego a medio metro.
— ¿Recuerdas?
— ¿Y cual es el juego? —la voz de ella salió ronca.
El dejó su vaso y la acorraló contra la barra de la cocina, no la tocó, pero podía sentir su calor.
—Infiltrarte en mí—susurró Iván. Sus ojos bajaron hasta su boca y volvieron a sus ojos —. Antes de que yo me infiltre en ti.
Estuvieron a segundos de besarse. Él lo supo. Ella también.
Steph se apartó respirando como si hubiera corrido.
—Debería irme—mencionó.
—Sí—dijo.
No la detuvo. En el coche de regreso, su móvil vibró.
Mensaje encriptado. Solo de su agencia.
Lane: ABORTAR MISIÓN. Código Rojo. Volkovich sabe quién eres. Sal de Panamá en 24h. Es una orden.
Miró por la ventana. Iván miraba por la carretera. Tenía el rostro de piedra. Steph no sabía que era peor, que su agencia quisiera sacarla… o que ella ya no quería irse.