NARRA CAMILA
—¿¡Que hizo qué ese cabrón!? —chilló Vera pegada a mi oreja, casi me la revienta.
Yo solo agarré el vaso y le pegué un trago largo. Esta noche no estaba para vino. Necesitaba algo que quemara, que borrara el asco. Un adiós fuerte, de esos que raspan la garganta.
Todavía me acuerdo de esa rubia saliendo corriendo en pelotas, mientras yo miraba. Leo, el que fue mi novio por años, gritándome que me largara y rogándole a ella, a la Marleth esa, que se quedara. Y lo peor: me fui porque no tenía ni cómo discutirle el apartamento. Legalmente, ni era mío.
Lo vi salir, todo digno. Se paró en las escaleras.
—Nunca fui feliz contigo—dijo. Ni siquiera me miró.
La noche siguiente, Vera y Renata me arrastraron a una disco.
—Por lo menos te quitaste ese parásito de encima —dijo Renata, con su copa de champán y esa seguridad que siempre le sobra.
—El parásito era yo —le solté, bajo. Tenía ahorros para un mes, y después... bueno, ya vería.
Renata hizo una seña y como por arte de magia me apareció otra bebida. Siempre tan resuelta.
—Hoy no se habla de eso. Hoy se toma, y si se puede, se coge.
Rodé los ojos. Ella consiguió trabajo saliendo de la U gracias al papá. Yo no. A veces sentía que vivíamos en planetas distintos. Pero ahí estaba, como siempre, echándome la mano.
—No estoy para un polvo de una noche, pero gracias por la intención —le dije mientras me enfocaba en mi vaso, tragándome las ganas de llorar.
—Pues el que está en la barra parece que sí está para ti —dijo Vera, con cara de malicia.
Levanté la vista. Rayos... Ese hombre... era de otro nivel. Y lo peor: me estaba mirando como si yo fuera lo más interesante del lugar.
Caminó hacia mí. El pelo n***o impecable, los ojos verdes clavados en mí, y esa sonrisa...
—Hola, chicas —dijo, y hasta su voz tenía ritmo.
—¡Hola! —contestó Vera, casi se le cae la baba.
—Hola —respondió Renata, en modo escáner.
Después me miró a mí. Directo.
—Te invito una copa. Y a tus amigas les mando lo que quieran por dejarme hablar contigo.
Mi cerebro hizo cortocircuito. ¿Por qué alguien como él estaría interesado en alguien como yo?
—Aceptado —dijo Renata, aprobando la transacción.
Me paré, medio empujada por Vera. Estaba en shock.
—Eh... no sé si pueda. Esto es demasiado —murmuré, ya frente a él. Era altísimo.
—Yo insisto. Tus amigas parecen estar de acuerdo —dijo mientras tomaba mi mano. Era cálido. Firme.
Miré a Vera, buscando una salida, pero me respondió con dos pulgares arriba. Renata ya se los estaba llevando.
Así que fui con él. A la pista. Con lo poco de orgullo que me quedaba.
—¿Cómo te llamas? —me gritó por encima de la música.
—Camila. ¿Y tú?
—Adrian.
Me agarró por la cintura, sin miedo, con esa seguridad que en vez de incomodar, calienta. Nos movíamos como si ya nos conociéramos. Bailábamos con cuerpo, con ritmo, con ganas. Y yo... sonreía. Hace rato que no me sentía tan ligera.
Cuando la canción llegó al tope, me abrazó fuerte.
—Confía en mí —me susurró. Se me erizó todo.
Asentí.
Me empujó un poco, me agarró de la cadera, y me levantó como si nada. Me reí sin poder parar. Era ridículo, liberador, delicioso.
Cuando me dejó en el suelo, la canción ya había cambiado.
—Vamos por algo de tomar —dijo, y me llevó al bar.
—Dos whiskys con hielo —pidió, sin preguntarme.
—¿Y si no me gusta el whisky? —le tiré con media sonrisa.
—Este sí te va a gustar.
No creo en el amor a primera vista. Pero lo que sentí, eso que me recorría por dentro, era real.
El mesero dejó los vasos. Agarré el mío, lo levanté y lo choqué con el suyo.
—Por nuevas amistades.
—Por lo nuevo —dijo, y por un segundo... vi miedo en sus ojos. Algo raro. Pero lo dejé pasar.
—¿Y por qué me invitaste a bailar? —le pregunté, jugando.
—Porque eras la mujer más guapa del lugar.
Me reí en su cara.
—Ya, dime la verdad.
Se encogió de hombros, sonriendo.
—Quería escucharte reír. Ahora sé que eres justo lo que estaba buscando.
Y ahí, sin pensarlo dos veces, lo jalé de nuevo a la pista.
*
Apenas se cerró la puerta, me agarró como si lo estaba deseando desde hace rato. Me besó con una urgencia que me prendió al instante. Sus manos en mi cara, sus labios en los míos, y yo… ya estaba perdida.
Tropezando entre risas y besos, lo llevé hasta mi cuarto. Caminamos como podíamos, pegados, medio tambaleándonos gracias a esos tragos. No sé cómo, pero abrí la puerta sin soltarlo. Y ahí mismo, la cama nos acogió.
Sus manos volaron a quitarme la ropa. Yo también ayudé, claro. Menos mal que traía el conjunto bonito, ese que no esperaba mostrar esa noche. Sus besos bajaron por mi pecho hasta detenerse justo antes de las bragas. Cada uno me hizo arquear la espalda. Lo agarré del cuello de la camisa y lo subí para besarlo otra vez, fuerte, con hambre. Nos enredamos como si lleváramos años. Y quizá sí. No a él, pero a eso. A sentirme viva, deseada, tocada con intención.
Él parecía leer mi cuerpo. Sabía dónde tocar, cómo moverse. Yo no sabía si era que estaba demasiado sensible o simplemente llevaba demasiado tiempo sin algo así, pero cada caricia era un incendio. Perdí la cuenta de cuántas veces me hizo gritar.
Cuando sentí que no podía más, apenas pude susurrar:
—Por favor métela.
Y él entendió. Me lo dio todo en unas embestidas que me hicieron ver estrellas, hasta que terminó y se dejó caer a mi lado, agotado.
Me le pegué, abrazándolo con el brazo y la pierna, hundiendo la cara en su cuello. Suspiré.
—Gracias —murmuré.
—¿Por qué? —me respondió con esa voz medio dormida que me hizo sonreír.
—Por hacerme sentir viva.
Nos quedamos así, enredados, hasta quedarnos dormidos.
*
Cuando abrí los ojos, ya no estaba. La cama al lado mío estaba vacía. La cabeza me latía como si me hubieran puesto un tambor adentro. Me senté, lo busqué con la mirada. Nada. Ni su ropa, ni una nota, ni rastro.
Abrí el celular. Mensajes de Vera, uno de Renata, un par de Claudia. Ningún número nuevo. Ningún mensaje de él. Nada.
Tiré el teléfono a la cama y me abracé las piernas. Me encogí como niña y escondí la cara entre las rodillas. ¿Qué esperaba? Apenas y sabíamos nuestros nombres.
Y aún así… lloré. No por él. Por lo que creí que podía ser, por una ilusión tonta.