NARRA CAMILA
Ya llevaba más de un mes desde que Leo se largó y la verdad... la vida me tenía contra las cuerdas. No encontraba trabajo. Se me acabaron los ahorros, y el aviso de desalojo estaba al caer.
Cerré la laptop con un suspiro y me levanté a estirar las piernas. Este apartamento, que antes se sentía lleno de vida, ahora parecía una caja vacía. Leo se llevó la mitad de los muebles y, con ellos, los pocos buenos recuerdos. Dormí en la misma cama hasta que él se llevó sus cosas, y cuando por fin cerré la puerta detrás de él, fue como decirle adiós a un pasado que ya no quería cargar.
Todo se sentía vacío. El depa. Mi pecho. Hasta mis ganas. Pero ni modo, había que seguir. Entrevista tras entrevista, aunque me dieran portazo tras portazo.
Justo cuando me senté en la mesa coja de la cocina, sonó el celular.
—¿Hola? —dije sin muchas ganas.
—Hola, ¿la señora Reyes? —contestó un tipo con voz seria, pero amable.
—Sí, soy yo.
—Habla Iván Beltrán. ¿Podrías venir a una entrevista hoy mismo?
Mi corazón pegó un brinco, pero traté de sonar tranquila.
—Claro, ¿a qué hora?
—A la 1 p. m., más o menos en una hora. ¿Te viene bien?
Miré el reloj.
—Sí, está perfecto.
—Genial, te mando la dirección por correo. Te espero.
Colgó y yo me quedé con el teléfono en la mano, sintiendo cómo la esperanza me daba un empujoncito. Pero no me dejé emocionar tanto. Ya había tenido demasiadas decepciones.
Corrí al armario a buscar algo decente. Me puse un pantalón que me apretaba más de la cuenta, últimamente andaba media hinchada, y una blusa que todavía parecía profesional. Mientras me hacía un moño rápido frente al espejo, noté mis ojeras. Parecía que no dormía bien desde hace semanas, y era cierto. Me eché un poco de base y rubor y salí.
Busqué el mail. Riviera INC. Era un puesto de directora de proyectos. Sonaba serio, pero nada que no pudiera manejar. Tenía experiencia y ejemplos de sobra. Me animé un poco más.
El GPS me llevó a un edificio de ladrillos rojos. Casi no tenía pinta de oficina importante, pero en una esquinita se veía el letrero:
MONTERO & RIVIERA INC.
Se me abrieron los ojos. Esa era una de las grandes. Medios, revistas, televisión, de todo. Montero era apellido innfluyente desde hace décadas.
Me miré en el espejo retrovisor del auto, me acomodé unos mechones sueltos y me retoqué el labial. Al bajarme, el estómago me gruñó fuerte. No había comido nada en más de catorce horas. Me prometí una buena comida si me iba bien.
Entré al edificio. En recepción había una rubia de revista, con piel dorada y sonrisa hermosa. Me sentí fuera de lugar con mi ropa justa y maquillaje de emergencia, pero fingí seguridad. No era momento para titubear.
—¿Buenas, en qué puedo ayudarte? —me preguntó la recepcionista.
—Tengo cita con el señor Beltrán —dije, intentando sonar tranquila mientras me apretaba el bolso con fuerza.
—Claro, al fondo, tercera puerta a la izquierda —me respondió, señalando.
Le agradecí y seguí sus indicaciones. Cuando llegué frente a la puerta con la plaquita que decía “IVÁN BELTRÁN”, el estómago me dio un giro. Me tomé un segundo. Solo media hora, Cami. Media hora y sales de esta.
Toqué la puerta, y al escuchar un “adelante”, empujé con suavidad.
Y ahí estaba él. Nada que ver con lo que tenía en la cabeza. Me esperaba un señor canoso y medio amargado, de esos que creen que saben todo. Pero no. El tipo era joven, no pasaba de los treinta y algo. Tenía la piel tan oscura y brillante, los ojos avellana y ese traje gris...
En otro contexto, le habría dado mi número sin pensar.
—Tome asiento, señorita Reyes. Un gusto conocerla —me dijo con una voz que me hizo cosquillas en mi vientre.
—El gusto es mío, señor —le contesté, sentándome con elegancia.
Me dijo que ya había visto mi CV. Que sí, que no tenía mucha experiencia, pero que aprendía rápido y que mis referencias hablaban bien de mí. Me empecé a relajar, sentía que tenía chance.
—Gracias —le dije—. Como estudio, he tenido que aceptar trabajos que se adaptaran a mis horarios, aunque no fueran muy importantes.
Él asintió con cara de que entendía, pero justo cuando iba a seguir hablando, me volvió esa maldita náusea que venía molestando todo el día.
—Veo que aún no ha terminado la carrera. ¿Por qué busca algo con más carga horaria? —preguntó, sin saber el huracán interno que yo estaba tratando de contener.
Tragué saliva con disimulo y respiré hondo.
—Mi último semestre es más liviano. Tengo más tiempo ahora —respondí.
Intentó seguir con la entrevista, pero yo ya no escuchaba nada. Solo pensaba en que si no me movía, iba a vomitarle encima del escritorio. Me empezaron a sudar las manos, la frente, todo.
—¿Está bien, señorita Reyes?
Ni le respondí. Salí disparada hacia el tacho de basura de la esquina y vomité. Estuve ahí agachada un buen rato, mientras él me miraba con cara de angustia.
—Perdón... —alcancé a decir antes de salir casi corriendo por la puerta.
Me fui llorando todo el camino a casa. Ese trabajo era mi oportunidad, lo único que me quedaba para no terminar en cero. Y lo arruiné. Vomité en medio de una entrevista. Increíble.
Cuando llegué, ni siquiera podía salir del auto. Estaba vacía. Mandé un mensaje:
Yo: Acabo de perder un trabajo por vomitar.
Vera: ¿Seguro que no estás embarazada? Has estado agotada últimamente.
Me reí sin ganas, pero cuando mencionó embarazo, se me vino la noche con Adrián a la cabeza. Esa vez... ¿usamos condón? No podía recordarlo. Entré en pánico. Saqué el celular y abrí la app del ciclo. Más de una semana de retraso. ¿Cómo no me había dado cuenta?
Salí volando al baño. Busqué en el mueble y ahí estaban: los tests de embarazo que tenía “por si acaso”, más pensando en Vera que en mí.
Seguí las instrucciones con manos temblorosas. Me senté en el sillón a esperar. Cinco minutos pueden ser una eternidad cuando estás deseando que tu vida no cambie para siempre.
No podía tener un hijo ahora. No sola. Y de Adrián apenas sabía el nombre. Ni hablar de encontrarlo. Estaba completamente sola.
El timbre sonó. Volví al baño, casi sin aire.
Lo miré.
Estoy embarazada.