NARRA CAMILA
Renata llegó primero. Yo había dejado la puerta sin seguro porque no tenía fuerzas ni para eso. Me encontró hecha bolita en el sillón, con la prueba de embarazo en la mano.
No dijo nada. Solo se arrodilló a mi lado y me acarició el pelo.
Pasaron unos minutos sin hablar. Yo solo miraba fijo a un punto en la pared. Sentía el corazón pesado, como si se me estuviera pudriendo por dentro.
—¿Qué carajos se supone que haga ahora? —solté al fin, con la voz rasposa de tanto llorar.
Renata suspiró.
—Primero, tienes que levantarte de ese sillón.
—Qué tierna eres —le respondí con sarcasmo mientras me incorporaba un poco.
Se acomodó a mi lado y me empezó a sobar la espalda. Ese tipo de cariño era raro para nosotras, pero justo ahora se sentía muy bien.
—Esto es una mierda, Cami. No hay una receta mágica. Pero primero… ¿vas a tener a la criatura?
Miré mi panza. Bueno, aún no se notaba nada, pero ya estaba ahí. Dentro de mi. Un bebé. Mío.
—Sí… sí, lo voy a tener —le dije apretando los dientes para no llorar otra vez.
Renata asintió.
—Me imaginé que ibas a decir eso. Porque, perdoname, pero es la opción más difícil —se rió bajo y me empujó el hombro con cariño—. Pero bueno, ¿y el papá? ¿Vas a buscarlo?
Me encogí de hombros.
—No tengo idea de dónde está. Fue una noche. Un polvo. Un polvo increíble, sí, pero… eso. No sé ni cómo se llama de verdad.
—Tienes que tener un plan. Capaz tiene mucho dinero, por el trago caro que te compraba.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Buscarlo solo para decirle "Ey, ¿te acuerdas de esa noche que acabamos como animales? Bueno, ahora tengo tu hijo, ¿me das plata?" —le dije, cruzada de brazos. —No lo necesito. Ni sé cómo encontrarlo.
Renata me dio un apretón en el hombro.
—Bueno, no insisto. ¿Pensaste en hablar con tu familia?
Me reí, sin humor.
—Sí, claro, como si eso fuera posible.
—Capaz ahora con el embarazo las cosas cambian…
—Nada cambia el infierno que me hicieron vivir. Ellos estarían felices si me ven llegar con la panza inflada y los sueños rotos. No les voy a dar ese gusto.
—¿Y el trabajo? ¿Cómo va eso?
Me tapé la cara. Cada vez que Renata trataba de ayudar, me recordaba todo lo que se me había ido al carajo este mes.
—El bebé ya me arruinó una oportunidad hoy mismo.
—¿Lo de MONTERO?
Levanté la cabeza.
—¿Cómo sabés?
Ella me mostró mi celular.
—Te llegó un mail. Dicen que lamentan que te sintieras mal y que si mañana estás mejor, que vayas. Que el director general quiere hablar contigo
Le saqué el teléfono de la mano y leí el mensaje con los ojos como platos. No era broma. Querían que volviera. Y el director había preguntado por mí.
—Tal vez no todo esté perdido.
En eso, la puerta se abrió de golpe y Vera entró como un huracán. Me abrazó tan fuerte que casi tira a Renata al piso.
—¡Estoy tan triste por ti! O sea, feliz también… ¡pero ay, Camila! ¡Voy a ser tía! —gritó mientras me apretaba más.
Renata la apartó con una ceja levantada.
—Camila piensa hacerlo sola.
Vera cruzó los brazos, seria.
—¿Sola? ¿O con nosotras?
Levanté las manos.
—Con ustedes… si quieren ayudar.
Eso bastó para que Vera se calmara y se sentara con nosotras.
—Pedí pizza y tengo helado derritiéndose en el auto. Propongo comedias románticas y soñar con la futura habitación del bebé.
Y sin esperar respuesta, se fue a buscar la comida.
Renata y yo nos miramos. Sonreímos.
—Podría ser peor —dije, medio en broma.
—Shhh, no lo digas —me respondió, y tocamos juntas la mesa para espantar la mala suerte.
*
Me miré al espejo otra vez. Me tomé las pastillas para las náuseas porque no estaba para shows esta vez.
—Vamos, tú puedes —me dije en voz baja.
El último correo cambió la dirección de la entrevista. Genial. Todo era distinto hoy. Así que salí con tiempo, aunque igual terminé dando vueltas por media ciudad hasta encontrar un parqueo subterráneo carísimo. Pero ni modo, al menos encontré espacio.
Llegué al edificio con apenas cinco minutos de sobra. Ni me detuve a mirar, sólo apreté el paso y fui directo. La recepcionista me explicó a dónde ir, tomé el ascensor y apreté el botón del piso veinte. Sentí que las pastillas hacían su trabajo porque el estómago estaba tranquilo. Al menos mejor que ayer, que fue un desastre.
Cuando se abrieron las puertas, me topé con una salita medio triste, vacía, con sillas puestas sin ganas. La recepcionista me había dicho que me sentara y esperara. Así que eso hice, pero el silencio era raro. Incómodo. Y los pensamientos comenzaron a correr como locos.
¿Qué si todo era una broma? ¿Y si no había ningún director queriendo conocerme y esto era solo para burlarse de la “mujer” que vomitó en su oficina?
Pero entonces lo vi entrar. Al señor Beltrán.
—¿Se siente mejor, señora Reyes?
—Mucho mejor —le dije, parándome rápido. Le di la mano con firmeza—. Perdón por lo de ayer. El desayuno me cayó como patada.
Él solo hizo un gesto con la mano.
—No se preocupe. No es la primera que vomita en mi oficina. Los nervios nos traicionan a todos.
Comenzó a caminar por el pasillo y yo fui detrás.
—Igual, gracias por darme otra oportunidad —le dije mientras me fijaba por fin en el lugar—. ¿También tiene oficina aquí?
—Técnicamente tengo oficina en todos los edificios. Pero la de ayer me queda más cerca de casa. Esta es más cómoda para el señor Montero.
Me frené como si hubiera visto un fantasma.
—¿El señor Montero va a estar aquí?
Beltrán se volteó, riéndose por lo bajo.
—Claro. ¿A quién creías que me refería con “el director general”?
Siguió andando hasta unas puertas dobles, se detuvo, y antes de abrir me soltó:
—Primera regla de este lugar: no asumas nada.
Abrió las puertas y me hizo una seña para que entrara.
Y ahí estaba él.
Sentado ya, como si el lugar fuera suyo. Pelo n***o, ese n***o que parece brillar. Se paró en cuanto me vio, caminando hacia mí con la misma seguridad que la noche en el club. Esta vez iba de traje, pelo peinado hacia atrás, todo un ejecutivo de revista.
Y aún así, más guapo. Como si el tiempo me hubiera jugado una mala pasada, dejándolo más irresistible.
Me sonrió como si nada. Como si no recordara mis gemidos. O peor, como si los recordara y le encantara.
Yo, en cambio, me quedé quieta. Como congelada.
—Hola, señorita Reyes —dijo, tendiéndome la mano con esa voz sucia y elegante—. Un gusto conocerla.