El banquete estaba siendo arreglado, todos estaban exitados por la cantidad y variedad de comida que había. Amanda cada equis tiempo quería escabullirse como niña pequeña e ir a un rincón sin tanta atención, pero cada que intentaba Dante aparecia, no le quitaba los ojos de encima y eso la mantenía un tanto incomoda. A la hora de dar inicio a la comida, era aún más incómodo.
— ¿Puedes dejar de observarme?—pregunta mirando la mesa, decidiendo que servirse.
—Pasé 4,000 años esperando por ver a mi mate, usted disculpe—habla cerca de su oído haciendo que su interior vibre y se sonroje su rostro—así que no, no puedo dejar de mirarla—comenta y toma un trozo de pastel de carne.
— ¿Empezando por postre?—pregunta extrañada.
El asiente—Es mi comida favorita—confiesa.
Amanda niega—Algo más debe de gustarte, anda, que el postre es el final—dice con las cejas fruncidas. Niega mientras mantiene una sonrisita—siempre me habia gustado empezar por el postre, al diablo lo demás—dice nostálgica. A su mente llegó un recuerdo fugaz: la cena de noche buena, un pastel de chocolate para el postre y ella quería comérselo antes. Su padre cada cierto tiempo la apartaba del pastel, diciéndole con cariño que eso era para el final. Y así en cualquier almuerzo, desde niña queriendo siempre empezar por el postre.
Luego pasó la tragedia con sus padres y desde ahí dejó de desear ciertas cosas.
— ¿Pasa algo?—pregunta Dante con destellos de preocupación. Había notado en su mirada un deje de melancolía.
Ella niega y sonríe—No pasa nada, que me puse a recordar mi infancia—comenta. Él asiente lentamente. Toma con cuidado el plato de Amanda y se dirigen a la mesa principal. Una mesa solo de dos, y frente a ellos otras cuatro mesas rectangulares, cada una con 100 sillas como mucho.
La joven bruja prueba un bocado y gime al sentir su sabor, Dante se queda plasmado viéndola con admiración. Ella come sin cuidado a que él la vea, no le importaba ya, quería degustar ese platillo tan exquisito.
—Mi favorito después de todo, su sabor no se compara con nada—dice orgulloso.
—Es una coincidencia que me deje fascinada también—dice limpiando los alrededores de su boca con una servilleta.
—Las coincidencias no existen nena—dice guiñandole un ojo. Amanda baja la mirada y siente como si fuera un deja vú