Prólogo
Magnus D’Arcy estaba frente al balcón de su suite, con una copa de sangre intacta sobre la mesa y una navaja entre los dedos, cuando una mujer abrió la puerta por error.
La cerradura emitió un pitido.
Luego otro.
—Genial —murmuró una voz femenina al otro lado—. Justo lo que me faltaba.
Magnus no se movió.
La ciudad de Los Ángeles brillaba bajo sus pies, llena de autos, luces y personas que todavía corrían de un lado a otro como si el tiempo pudiera acabarse.
Para ellas, quizá sí.
Para Magnus, no.
Había vivido demasiado. Había visto caer imperios, familias y reinos. Aun así, los de su especie seguían acumulando poder, propiedades y enemigos. Su padre seguía gobernando a los vampiros, y Magnus seguía haciendo los trabajos que nadie quería mencionar en voz alta.
Espionaje.
Sangre.
Secretos que debían morir antes del amanecer.
Todo para mantener a su especie en la cima.
Todo para sostener una existencia que ya no le provocaba nada.
La puerta se abrió de golpe.
Una empleada del servicio a la habitación entró con una charola entre las manos. Llevaba uniforme n***o, el cabello recogido de prisa y una mancha de café en la manga. No sonreía como el personal acostumbrado a tratar con huéspedes ricos. Tenía los ojos cansados, la boca tensa y la postura de alguien que había tenido un día demasiado largo.
Miró la habitación.
Luego la tarjeta pegada a la charola.
Frunció el ceño.
—No puede ser… Me dijeron cuarenta y seis.
Magnus bajó la mirada hacia la navaja.
No la había usado.
Todavía.
La mujer levantó los ojos. Primero vio la ropa impecable, el reloj caro, la copa sobre la mesa. Después vio la navaja en su mano.
Su rostro cambió apenas.
—¿Qué estabas a punto de hacer? —preguntó.
Magnus dejó la navaja sobre la mesa.
—Te equivocaste de habitación.
—Sí, eso ya lo entendí —respondió, dejando la charola con más fuerza de la necesaria—. Te pregunté qué ibas a hacer.
Él la observó en silencio.
No pertenecía a su mundo. No solo por el uniforme o los zapatos gastados. Era la forma en que lo miraba. Asustada, sí. Pero no dispuesta a salir corriendo.
—Nada que deba importarte —dijo Magnus.
Ella soltó aire por la nariz.
—Claro. Porque lo normal sería fingir que no acabo de encontrar a un hombre rico, solo y con una navaja en la mano.
Magnus entrecerró los ojos.
Habría podido llamar a seguridad. Habría podido hacer que la despidieran antes de que bajara al vestíbulo. Habría podido borrar ese momento de su memoria con una orden.
Pero no hizo nada.
Porque nadie le hablaba así.
—No sabes nada de mí —dijo él.
—Sé suficiente.
—¿Ah, sí?
—Sí. Sé que esta habitación cuesta más de lo que yo gano en semanas. Sé que alguien abajo probablemente se disculparía contigo aunque yo no haya tenido la culpa de entrar aquí. Y sé que hay personas partiéndose la espalda para llegar al día siguiente, mientras tú estás aquí, mirando la ciudad como si vivir fuera algo que puedes tirar cuando te aburres.
Algo cambió en el rostro de Magnus.
—Ten cuidado —dijo en voz baja—. No sabes con quién estás hablando.
La mujer sintió el peso de aquella advertencia.
Debía retroceder.
Disculparse.
Salir.
Pero no lo hizo.
—No —respondió, aunque la voz le salió más baja—. Ten cuidado tú. No te hieras.
Magnus la miró con más atención.
Era mortal. Frágil. Su pulso latía rápido en su garganta. Tenía miedo, aunque intentara ocultarlo.
Pero no fue hambre lo que despertó en él.
Fue curiosidad.
Después de siglos sin que nada le importara, aquella mujer acababa de obligarlo a mirar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Ella parpadeó.
—¿Eso qué importa?
—Quiero saber el nombre de la mujer que acaba de llamarme idiota sin usar la palabra.
—No te llamé idiota.
—Lo pensaste.
Apretó los labios.
—Ava Monroe.
Ava.
El nombre se quedó en la mente de Magnus más tiempo del necesario.
—Magnus D’Arcy —dijo él.
Ella lo miró de arriba abajo.
—Qué nombre tan pintoresco.
—¿Qué significa eso?
—Que suena al nombre de un hombre acostumbrado a salirse con la suya.
Magnus guardó silencio.
A lo largo de su existencia, muchas personas habían intentado llamar su atención. Algunas con belleza. Otras con miedo. Ava Monroe acababa de lograrlo con cansancio, rabia y cero interés por impresionarlo.
—Nadie me habla de esa manera —dijo Magnus.
—Tal vez porque todos te tienen demasiada paciencia.
—O miedo —respondió él.
Ava no contestó.
El miedo apareció por fin en su rostro. Estaba en sus manos tensas, en su respiración contenida, en la forma en que miró la puerta por un segundo.
Pero no retrocedió.
Y eso terminó de despertar algo en él.
—¿Por qué habrían de tenerte miedo? —preguntó Ava.
Magnus pudo mentir.
Pudo decirle que había entendido mal. Pudo ordenarle que olvidara la navaja, la copa y todo lo que había visto.
Pero cuando rozó su mente, buscando borrar aquel momento, no encontró obediencia.
Encontró resistencia.
Magnus se quedó inmóvil.
Ava Monroe no debería poder resistirse a él.
Ningún humano debía hacerlo.
Y, sin embargo, ella lo hizo.
Magnus dio un paso hacia ella.
Ava levantó la barbilla, aunque sus manos temblaron.
—No te acerques.
Él se detuvo.
No porque tuviera que obedecerla.
Sino porque quiso hacerlo.
La idea lo irritó.
También lo intrigó.
—No deberías estar aquí —dijo él.
—Créeme, eso ya lo sé.
—No entiendes lo que viste.
—Vi suficiente.
—No. Viste lo necesario para meterte en problemas.
Ava tragó saliva. Miró la puerta y luego volvió a él.
—Entonces déjame salir.
Magnus la observó.
Cualquier otro humano habría suplicado. Ava Monroe, en cambio, le hablaba como si todavía tuviera derecho a decidir.
Eso debería haberlo molestado.
En lugar de eso, lo hizo sentir despierto.
—Puedes irte —dijo él.
Ella no se movió de inmediato.
—¿Así nada más? ¿No vas a reportarme con la gerencia del hotel?
—No.
Ava tomó la charola con manos tensas y caminó hacia la puerta sin darle la espalda por completo. Al llegar al umbral, se detuvo.
—No sé quién seas realmente —dijo sin mirarlo del todo—, pero si sigues queriendo hacerte daño, al menos ten la decencia de colocar el aviso de no molestar fuera.
Luego salió.
La puerta se cerró entre ellos con un clic suave.
Magnus se quedó mirando el umbral vacío.
Ava Monroe había entrado por error en su habitación.
Pero él, que llevaba siglos dejando ir todo sin mirar atrás, entendió una cosa con demasiada claridad.
A ella no iba a dejarla ir tan fácil.