Es cierto, que el tiempo es quien se encarga de colocar cada cosa en su lugar y de curar cada herida, cada llaga y cada decepción. Todo lo que sentía por la pérdida de mis padres nunca se curaría, pero poco a poco el dolor iba menguando. Tenía días malos, días que no quería levantarme de la cama, pero también pensaba que a mis padres les gustaría que fuera la chica que era antes de ellos irse y me lo propuse.
Habían pasado seis meses y sentí que era tiempo de volver a empezar, que por más silencio que hiciera y por más que me enfadara ellos no regresarían. La historia de James tuvo mucho que ver. Mi madre era una mujer que no escondía sus sentimientos. Una mujer que siempre dijo lo que pensaba y lo que sentía, yo no sería menos. Por más grande que fuera el dolor, mi voz no se podía apagar y debía dar gracias a quien había decidido hacerse responsable de una adolescente sin conocerla, porque, aunque haya conocido a mis padres, no estaba obligado a ello.
Ese día que tomé la decisión de seguir adelante, me levanté primero que James, cuando lo hizo, ya el desayuno estaba en la mesa, él llevaba seis meses haciéndolo para mí y creí justo empezar por ahí. Cuando llegó a la cocina y vio la mesa, su cara era un poema, pero no dijo nada, así era él, hablaba cuando lo creía conveniente, respetando mi silencio y mis tiempos.
— ¡Buenos días! —saludé como si nada. Era la primera vez que él escuchaba mi voz. Disimuló muy bien su cara de sorpresa, solo se notó en el tono de su voz.
— ¡Buenos… días…! —dijo tartamudeando. Pero en su cara había una gran sonrisa cuando me miró. Entendió que yo había decidido apostar a la esperanza de que algún día ese dolor menguara.
Nos sentamos a desayunar y no hubo ningún comentario acerca de mi voz, cuando terminamos me llevó al colegio y en el camino solo habló del clima.
—A media mañana vengo a por ti. Hoy tienes cita con la terapeuta.
—Es la última vez que voy a ir, ya no la necesito —dije para su sorpresa. Esa decisión también la había tomado, no me hacía falta alguien que me condicionara a hablar de algo que yo había decidido guardar en mi corazón.
—Eso lo veremos. —dijo. Pero era mi decisión, dentro de poco cumpliría catorce años, aún tenía que estar bajo su autoridad, pero la decisión de la terapeuta era mía.
— ¡Savannah! ¿Cómo has estado? Me ha dicho James que hoy le ha hablado, eso es un gran avance.
—Yo nunca he dejado de hacerlo, solo que no quiero hablar de mis padres y toda la consulta y temas de conversación gira en torno a ellos, a como me siento, a que deje salir el dolor.
—Es la única manera de canalizar el dolor Savannah, hablar de ello, si te lo guardas para ti, ese dolor nunca sanará.
—Yo no voy a hablar de mis padres, al menos hasta que no sienta que es necesario hacerlo. Mis padres están aquí—dije señalando mi corazón—. Y ahí se quedarán. He decidido seguir adelante por ellos. Tener el coraje de salir adelante es el mejor legado que me han dejado.
Salí de la consulta segura de que por el momento no volvería. Esa noche volvieron de nuevo las pesadillas, pero era algo con lo que tenía que vivir, momentos felices que luego se convertían en tragedia. Esa noche James volvió a mi habitación, hizo lo mismo que había hecho las noches anteriores. Después de calmarme y creer que me había quedado dormida, empezó a hablar.
—Has tomado la misma decisión que tomé yo cuando tu madre decidió dejarme por tu padre. Decidí dejar el pasado atrás y empezar de nuevo. Me casé, tuve un hijo, vivimos bien por unos cuantos años, pero se acabó, quizás fue mi culpa, la verdad es que nunca me he cuestionado acerca de ello, un matrimonio es de dos. —se quedó callado por unos minutos y yo quería que siguiera, no sabía que tenía un hijo.
—Como pasa en cualquier divorcio, los hijos son los que más sufren. Mi hijo nunca fue el mismo después de mi divorcio, de eso si soy culpable. —se levantó y cerró la puerta sin hacer ruido. Tenía un hijo y nunca lo había mencionado, hasta esa noche.
El día que cumplí catorce años fue raro. Cuando mis padres vivían me llevaban el desayuno a la cama y me cantaban feliz cumpleaños, pero ya no estaban y esperaba que desde esa galaxia donde se encontraban estuvieran cantando y celebrando mi cumpleaños, porque aquí no había nadie que se acordara del día en que nací.
Ese fue uno de los días en que más los extrañé, estaba muy sensible, lloraba a mares, por lo que agradecí que fuera sábado y poder quedarme en la cama hasta tarde. James los sábados me dejaba descansar, se lo agradecí. Lloraba y dormitaba, incluso hubo un momento que escuché a James discutiendo con otra persona y no tuve la fuerza para ver que estaba pasando, imaginé que se trataba de trabajo, por lo que seguí durmiendo.
Cuando me levanté era la hora de la comida, James estaba poniendo la mesa. Lo ayudé y cuando estuvo lista me senté, no tenía hambre, pero si no comía empezaría a hacer preguntas. No me felicitó, no sabía que yo cumplía años ese día, no tenía por qué saberlo.
— ¿Te sientes bien? Hoy has dormido hasta tarde. —preguntó mirándome.
—Sí, aproveché que es sábado. ¡Gracias por dejarme!
—Hoy ha venido mi hijo, hemos discutido, ¿Has escuchado algo?
—No. —mentí. Era cosa de ellos y no tenía por qué saber que sí escuché.
—Mejor.
Terminamos de comer en silencio, recogimos la mesa y cuando regresaba a mi habitación, James me detuvo.
— ¡Espera! ¿No quieres postre? —preguntó. Cuando me di la vuelta tenía en las manos una tarta con catorce velas.
— ¡Feliz cumpleaños! —quise reír porque alguien se acordó de mi cumpleaños, pero esa risa se convirtió en llanto, lloré sin parar y cuando pude calmarme unas velas se habían gastado y otras se habían apagado solas.
— ¡Gracias! —le dije—. Mis padres no se equivocaron al elegirte. —esa fue la primera vez que lo vi reír de verdad, las veces anteriores solo eran muecas. James era un poco más mayor que mi padre, tendría unos cincuenta años, pero se conservaba muy bien, su pelo tenía mechones blancos, sus ojos eran marrones y se ejercitaba casi todos los días, manteniendo un cuerpo a raya.