Capítulo 3

1778 Words
"Maldita sea", murmuró Emily entre dientes, sus ojos ardiendo con una mezcla de dolor y rabia. "¿Para qué necesito todo esto? ¿Qué sentido tiene?" Y entonces, con un grito de frustración, Emily arrojó las prendas al suelo, dejando que se amontonaran a su alrededor como un mar de seda y algodón. Cada rasgón era un acto de liberación, una declaración audaz de su rechazo a un mundo que no le había dado nada más que dolor y soledad. Después de deshacerse de la ropa, Emily se dirigió al baño, donde una colección de maquillaje esperaba en su tocador. Con manos temblorosas, agarró los frascos y los arrojó con fuerza contra el suelo, escuchando el sonido sordo de la destrucción que seguía. "Tendría que quererme por todos los que no me han querido", murmuró Emily, sus palabras llenas de amargura y desesperación. "Alguien tiene que decirme y actuar como si me quisiera. Nunca me lo dijo nadie, nadie me ha dicho que me amaba, sólo él". Las lágrimas caían libremente por las mejillas de Emily mientras se enfrentaba al reflejo desgastado en el espejo, una imagen distorsionada de una mujer que alguna vez fue bella y brillante. Pero ahora, en la oscuridad de su desesperación, Emily se sentía más sola que nunca, perdida en un abismo de sufrimiento y desolación. Y mientras el maquillaje se deslizaba por el desagüe, Emily se preguntaba si alguna vez encontraría la fuerza para salir de las sombras y volver a encontrar la luz que tanto anhelaba. Emily se desplomó en su cama, agotada por la tormenta de emociones que la había consumido. El colchón la envolvió con sus brazos suaves, pero no había consuelo en su abrazo. Lágrimas saladas seguían fluyendo, formando ríos en sus mejillas mientras su corazón se rompía en pedazos. Entre sollozos entrecortados, Emily se sumergió en la oscuridad de su desesperación, sintiendo cómo el peso de su soledad la aplastaba contra las sábanas. Cada respiración era un susurro angustiado, cada latido de su corazón un eco de la agonía que la consumía desde dentro. Emily se desplomó sobre su cama, exhausta por la ola de emociones que la había arrastrado hasta el borde del abismo. Las lágrimas seguían fluyendo, un torrente interminable que empañaba su visión y ahogaba su alma en un mar de tristeza y desesperación. El tiempo parecía distorsionarse a su alrededor, fundiéndose en una neblina de tristeza y desesperación. Emily estaba atrapada en un limbo entre el sueño y la vigilia, su mente agotada luchando por encontrar un resquicio de paz en medio del caos que la rodeaba. Cada suspiro era un gemido ahogado, un eco de su dolor que resonaba en la habitación vacía. Emily se aferraba a las sábanas con fuerza, como si temiera ser arrastrada por la oscuridad que la rodeaba. Pero por más que luchaba, no podía escapar de la tormenta que rugía en su interior. Entre sueños y pesadillas, Emily se sumergió en un estado de seminconsciencia, atrapada en un limbo entre la realidad y el sueño. Las horas se desvanecieron en un torbellino de confusión y angustia, mientras Emily se hundía cada vez más en la espiral de su propia desesperación. Las llamadas y mensajes en su teléfono se acumulaban sin respuesta, cada zumbido una punzada en su alma herida. la vibración constante una molestia lejana en su mente nublada por la pena Con un grito de frustración, Emily agarró el teléfono y lo arrojó con fuerza al otro lado de la habitación, viendo cómo se estrellaba contra la pared con un estrépito sordo. Ya no quería saber del mundo exterior, ni de las voces que intentaban penetrar su caparazón de dolor. Los días pasaron sin que Emily se moviera de su cama, sin que probara bocado ni una gota de agua. El hambre y la sed se convirtieron en compañeros silenciosos de su tormento, mientras su cuerpo se consumía lentamente por la falta de nutrición y cuidado. En la penumbra de su habitación, Emily se sumergió en la oscuridad de su propia alma, atrapada en un laberinto de sufrimiento del que no podía escapar. Y así, la odisea solitaria de esta alma brillante continuaba, trazando caminos tortuosos en busca de una salida que parecía cada vez más lejana. Y mientras el mundo seguía girando fuera de su alcance, Emily se hundía más y más en la oscuridad, perdiéndose en un laberinto de desesperación del cual no había escapatoria. La soledad la devoraba viva, consumiendo su alma brillante en el abismo del olvido. Y así, en el susurro del silencio, comenzaba la trágica historia de una mujer que había perdido todo, incluso la voluntad de seguir adelante. Con cada fibra de su ser gritando de agotamiento y desesperación, Emily luchó contra la debilidad que la mantenía postrada en su cama. Con un esfuerzo titánico, se incorporó lentamente, su cuerpo temblando con el esfuerzo. Cada movimiento era una batalla contra la gravedad y la desesperanza que la arrastraban hacia abajo. Con manos temblorosas, Emily alcanzó el vaso de agua en la mesita de noche, sintiendo cómo la frescura del líquido acariciaba su garganta reseca. Cada sorbo era un pequeño acto de resistencia, un recordatorio de que aún quedaba una chispa de vida en su interior. Después de tomar el agua, Emily extendió una mano hacia la botella de pastillas que reposaba junto al vaso. La miró con ojos vacíos, sintiendo el peso de su decisión en el aire cargado de silencio. Con un suspiro tembloroso, Emily tomó las pastillas con manos que apenas podían sostenerlas, sintiendo el frío metálico contra su piel caliente. Era un acto de rendición, un último intento por escapar del abismo que la había consumido durante tanto tiempo. Con cada pastilla que tragaba, Emily sentía cómo el peso de su existencia se desvanecía lentamente, reemplazado por una sensación de paz y calma. Era como si el mundo se desvaneciera a su alrededor, dejándola, flotando en un mar de tranquilidad y serenidad. Y así, en el silencio de su habitación, Emily cerró los ojos y se dejó llevar por la oscuridad que la rodeaba. Su respiración se volvió lenta y tranquila, su mente finalmente en reposo después de tanto tiempo de agonía y tormento. La odisea solitaria de esta alma brillante llegaba a su fin, trazando el silencio de un último suspiro en el vasto lienzo del universo. Y mientras el mundo seguía girando sin ella, Emily encontraba la paz que tanto había buscado en la calma eterna del sueño final. Cuando la noticia del estado desgarrador de Emily llegó a oídos de James, el mundo a su alrededor pareció detenerse en un silencio abrumador. Un torbellino de emociones lo envolvió, desde la incredulidad hasta el horror, mientras luchaba por comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo. El corazón de James latía con fuerza en su pecho, un eco retumbante de la angustia que lo consumía desde dentro. Cada pensamiento, cada recuerdo de Emily, se estrellaba contra su mente como olas furiosas, dejando cicatrices invisibles en su alma. James había sido el amor de la vida de Emily, su compañero en los buenos y malos momentos, el faro que la guiaba a través de las tormentas de la vida. Pero en algún momento, entre los desafíos y las dificultades, algo se había perdido en el camino, dejando a Emily sola en la oscuridad. La noticia de que Emily estaba al borde del abismo sacudió los cimientos de la existencia de James, haciéndole cuestionar todas las decisiones que había tomado y cada palabra que había dejado sin decir. El peso de la culpa se apoderó de su alma mientras recordaba los momentos en los que había fallado en estar allí para Emily, en los momentos en los que había dejado que la distancia entre ellos creciera hasta convertirse en un abismo insalvable. Con manos temblorosas, James marcó frenéticamente el número de Emily, su corazón martillando en su pecho con cada tono de llamada. Pero no hubo respuesta, solo el eco vacío del silencio al otro lado de la línea. Y en ese momento, James supo que había llegado demasiado tarde, que la mujer que amaba estaba perdida en un laberinto de sufrimiento del que quizás nunca podría escapar. Cuando finalmente recibió la noticia de que Emily estaba en el hospital, James sintió que el suelo se desplomaba bajo sus pies. Las palabras resonaron en su cabeza como un eco distante, una advertencia ominosa de que el tiempo se estaba agotando para la mujer que amaba con todo su ser. James se apresuró al hospital, su corazón latiendo con una urgencia desesperada. Cada segundo parecía una eternidad mientras esperaba noticias sobre el estado de Emily, su mente atormentada por el miedo a lo desconocido. El remordimiento y la desesperación se enroscaron en su interior, dejando un reguero de desolación a su paso. Se preguntó cómo pudo haber llegado a esto, cómo pudo haber dejado que el amor de su vida se deslizara entre sus dedos como arena fina. Y en la oscuridad de su alma rota, James se enfrentó a la cruda verdad de que ya no había vuelta atrás, que el daño que había causado a Emily era irreversible. Cuando finalmente se encontró frente a la puerta de la habitación de Emily, James contuvo la respiración, temiendo lo peor pero aferrándose a la esperanza de que aún pudiera salvarla. Con un nudo en la garganta, empujó la puerta entreabierta y entró en la habitación, encontrando a Emily acostada en la cama, su rostro pálido y tranquilo en contraste con el caos emocional que lo consumía. En el silencio de su propia desesperación, James se aferró a la pequeña chispa de esperanza que aún ardía en su interior, prometiendo hacer todo lo posible para salvar a Emily de las sombras que la consumían. Pero sabía, en lo más profundo de su corazón, que la odisea solitaria de esta alma brillante estaba lejos de terminar, y que el camino hacia la redención sería largo y tortuoso. Las lágrimas llenaron los ojos de James mientras se acercaba a ella, su voz apenas un susurro roto por la emoción. "Emily...", murmuró, su corazón rompiéndose con cada palabra. "Por favor, despierta. No puedo perderte". Pero Emily permaneció inmóvil, su silencio una barrera impenetrable entre ellos. James se aferró a su mano con desesperación, sintiendo el frío de su piel contra la suya, un cruel recordatorio de lo frágil que era la vida. En ese momento, en la quietud de la habitación del hospital, la odisea solitaria de Emily tomó un giro aún más oscuro, mientras James luchaba por aferrarse a la esperanza en un mundo lleno de incertidumbre y dolor.
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