Alessandro estaba soltando información que seguramente sobrio jamás habría compartido conmigo, cada declaración era mucho más sorprendente que la pasada.
Alessandro y su esposa tenían un matrimonio acordado ¿Qué maldito año era este para que se siguieran arreglando matrimonios?
Me encontraba confundida con la cantidad de hechos que estaba conociendo sobre el aspecto personal del señor Cantori.
—Puedo notar como en tu mente estás luchando por no seguir preguntando.— dijo riendo.—Tienes suerte de que quiera desahogarme; este acuerdo es algo que solo conocen nuestras familias, Russell y ahora tú...
Nuestros padres acordaron que al cumplir los 23 años nos casaríamos como símbolo de la unión de sus empresas. No fue antes porque nos dieron un año para conocernos, en lo que yo terminaba mi maestría en dirección de negocios.
Él miraba hacia un punto muerto de la habitación mientras me platicaba recordando todo su complicado pasado. Solo guardé silencio y atenta dejé que se desahogara.
—Yo era un hombre maduro y centrado en la carrera, en aprender a dirigir la empresa de mi padre, pero también me gustaba "vivir la vida loca" tal como lo solía llamar mi madre. No me hacía a la idea de estar con una sola mujer por siempre, no me cabía en la cabeza el tener que rendirle cuentas a alguien; pero cuando la conocí... Lía, mi corazón se estrujó en ese momento al conocer a Margaret, era tan frágil, tan tímida que me sentí con la necesidad de protegerla y no fallarle. El simple hecho de pensar en lastimarla me hacía sentir como el peor de los hombres... Era todo lo contrario a lo que estaba acostumbrado, supongo esa contrariedad fue lo que me hizo sentir tan atraído.
Sus ojos reflejaban la añoranza a esa visión borrosa de su esposa.
—Si un matrimonio es difícil, uno arreglado lo es mucho más, pero con trabajo arduo ambos nos acoplamos a la forma de ser del otro. A pesar de las circunstancias realmente llegué a quererla pero esto que hizo, derribó cualquier sentimiento positivo que tuviera sobre ella.— Departío furioso.
—Entiendo que se encuentre sumamente decepcionado, pero no podemos arrancar a las personas de nuestro corazón así como así, no porque no queremos... Si no porqué no es nuestra decisión. Está enojado pero ese sentimiento ahí sigue, lo que haga en este tiempo es crucial para superarlo o vivir arrepentido toda su vida.
—Nunca la creí capaz y tal vez yo la orille a llegar a ese extremo.— sus cejas estaban juntas y su boca tirada hacia abajo denotando su tristeza.
— Eso no es cierto, parte de querer a alguien es confiar en sus palabras y acciones. Cuando alguien que amamos nos falla tendemos a buscar echarnos la culpa para explicar el "porqué" de sus acciones, pero eso no está bien. Ella tomó su decisión, ella falló y es completamente su responsabilidad.
No sabía si mis palabras tranquilizaban su mente o alimentaban su furia, pero aquello que compartía lo pensaba en serio esperando darle un poco de consuelo.
Lo que había dicho no me lo esperaba.
Terminamos nuestra comida en silencio, cada uno de nosotros, sumerguidos en el mar de nuestros pensamientos, sabía que a Alessandro se le había bajado un poco la borrachera, en su semblante podía notar cierta sobriedad en su persona.
—¿Tienes jugo de naranja? Muero de sed.
—Está en el refri, adelante tome lo que usted guste.— dije señalando el refri que se encontraba enfrente de él y a espaldas mías.
En un movimiento un poco más ágil que los anteriores se levantó con dirección al refrigerador. Cada movimiento suyo aunque algo torpe y arrebatado por su inconsciencia, era sumamente elegante, era un hombre guapísimo acompañado de un carácter jodidamente difícil de tratar.
Tal como me gustaban.
Sus grandes brazos abrieron las puertas de metal de par en par y buscó el jugo de naranja que se encontraba en una botella de plástico.
Lo tomó, quitó la tapa con algo de dificultad y lo llevo directo a su boca pero calculo mal la distancia y derramó todo el jugo sobre su camisa blanca.
—¡Puta madre!—se quejó en voz alta alzando los brazos mirando como el líquido escurría por su torso.—Está jodidamente frío.— se quejó mientras guardaba nuevamente el restante del jugo en el refri y azotaba la puerta.
Maldición.
Me acerqué rápidamente a él y toqué su torso desnudo y mojado, pero quite la mano al instante al sentir un cosquilleo.
—Vamos... Vamos arriba para que se bañe, creo el novio de mi mejor amiga dejó ropa la vez pasada que vinieron.— dije sin poder apartar la vista de su pecho que subía y bajaba irregularmente.
La tensión que anteriormente había logrado neutralizar había regresado con más fuerza, haciéndome apretar los muslos ansiosa.
—Recárguese en mí para subir las escaleras, no quiero que se vaya a caer también.— dije poniéndome frente a él, cada una de sus pesadas manos se posó en mis hombros para ir como trenecito.—¿Seguro que no quiere recargarse bien?— pregunté con miedo a caernos.
—Si me pego más te voy a mojar.— dijo amodorrado caminando detrás de mí.
—Más mojada no podría estar, señor.— dije a modo de chiste, pero me golpeé mentalmente al recapacitar lo que había dicho.
Tonta, tonta,tonta.
Solo escuché su risa burlona mientras salíamos de la cocina e íbamos escalera arriba rumbo a mi habitación.
Abrí la puerta con cuidado y lo dejé sentado en el váter, abrí la llave del agua esperando a que se calentase, mientras iba por la ropa del novio de Adrien, se habían quedado aquí hace un par de semanas y por supuesto, tenía que dejar su ropa que consistía en un pantalón de pijama solamente.
Entré al baño con el pantalón de rayas verdes y rojas.
—¡Esto es todo lo que pude conseguir!— refunfuñe cerrando la puerta detrás de mi.—Al menos que quiera usar una de mis tangas de encaje?— bromee mientras extendía el pijama y una toalla limpia hacia él.
Se encontraba sentado en la taza de baño con la tapa abajo, su cabello estaba despeinado y su piel estaba cubierta por una ligera capa de sudor. Rápidamente guardé esa increíble imagen en mi mente.
—¿Usas tanga, Lía?— preguntó juguetón recibiendo lo que le ofrecí.
Mis mejillas ardieron un poco, detrás de esa mujer que parecía coqueta y valiente estaba una chica que hacía comentarios inoportunos sin pensar.
—Son cómodas... Como sea.— cambié de tema con rapidez.—El agua ya debe estar lista, regúlela como usted quiera, ropa sucia al bote de aquí enfrente y...— dije mordiendo el labio repasando si había algo más.—Noup, es todo... Cualquier cosa que necesite me grita, por favor no se resbale y muera o no sabré cómo explicar qué hace aquí.
Le di la espalda para salir y darle privacidad, pero su mano tomó la mía obligándome a verle. Tragué saliva nerviosa.
—Ayúdeme a desvestirme, señorita Nessen.— dijo casi devorándome con la mirada.
Yo carraspe tratando de no perder la cordura.
—Creo que usted puede hacerlo sin problema alguno.— susurré viendo nuevamente su pecho semidesnudo y mis ojos regresaron a los suyos.
—Está bien, si resbalo y muero en el intento, será increíble verla desde el cielo verle explicar a la policía que hacía un hombre ebrio que apenas y conoce bañándose en su ducha.
Rodé los ojos y me acerqué a él, para ayudarle a quitar su camisa, claramente sería en todo lo que lo ayudaría.
Mi vista estaba clavada en los botones que iba desabrochando uno a uno de arriba a abajo, cada vez más cerca de su creciente bulto que quería ignorar, aunque por lo prominente me estaba siendo sumamente difícil actuar con normalidad.
Trataba de regularizar mi respiración, que se encontraba ligeramente agitada debido a su cercanía, debido a lo que su mirada clavada en mí provocaba.
La desabotoné toda y alcé mi brazo para que lo sacara, dio una semi vuelta dándome la espalda. Dos enormes cobras peleando cubrían toda su espalda robándome el aliento.
—Es precioso.— susurré pasando mi mano con delicadeza por sus hombros, espalda media y baja, acariciando el enorme tatuaje.
Al sentir mi tacto se tensó al instante y la piel se le puso de gallina.
—Me lo hice hace más de diez años.— habló ronco moviendo sus omóplatos.
—A veces se me olvida que es un viejito.— dije apartandome de él para salir del baño.
No sabía si era el calor que el agua desprendía o mi necesidad de seguirle tocando, lo que me hacía sentir sofocada.
Di la media vuelta dispuesta a salir corriendo del baño, pero Alessandro me volvió a llamar.
—Lía...
—¿Si, señor?— cuestione con los nervios a flor de piel.
—¿Puede verificar que el agua esté adecuada? Mis sentidos no están del todo bien y no quisiera quemarme.
Era un tramposo de lo peor, sabía que solo me estaba molestando. Estaba más sobrio y lo sabía.
Alessandro corrió su cuerpo a un lado, para dejarme acceso fácil a la ducha, abrí el cancel de vidrio y metí mi mano para sentir el agua, estaba deliciosamente tibia.
—Tal vez el agua más fría lo ayuden a sentirse mej...
Mi oración fue rápidamente cortada por un grito de sorpresa mío, al sentir la mano de Alessandro empujándome de la nuca, metiéndonos a la ducha.
Su mano libre aprisionó mis manos en la espalda baja y pegó mi mejilla a las frías baldosas. El agua casi fría junto con su cuerpo caliente presionándome me hacían temblar, sentí como mis pezones se pusieron duros al instante.
Su aliento chocó contra mi oreja y mi mejilla.
—No sabes lo que deseo poseerte, Lía.— se escuchaba completamente frenético.—Nunca en mi puta vida me había sentido tan desesperado con la simple presencia de alguien, pero siente como me pones.— su cadera se presionó más en mi contra, haciéndome sentir su m*****o completamente duro, arrancándome un gemido.
No sabía qué hacer, estaba completamente paralizada mientras me repetía una y otra vez que esto no era correcto, que tenía que detenerlo ahora; mientras la parte primitiva de mí solo quería gritarle a la cara que era suya y podía hacerme lo que quisiera.
Su agarré se aflojó y volteé a verlo aún completamente pegada a su cuerpo; ambos estábamos empapados debido a la lluvia artificial que caía desde el techo sobre nosotros.
Su respiración era agitada, haciendo que su boca estuviste ligeramente abierta, su ceño estaba fruncido viéndome con dificultad.
Agachó su rostro y finalmente estampó sus labios carnosos contra los míos arrancando un nuevo gemido: enseguida le seguí el paso sintiendo el calor de su boca contra la mía, haciéndome sentir en un frenesí fuera de este mundo.
Su lengua era ruda y autoritaria, exploraba mi boca sin poder saciarse de ella; yo me dejé dominar hundiéndome en un delicioso delirio del que no quería salir jamás, sus manos estrujaban mis nalgas cubiertas por el short de pijama mojado, apretaba y masajeaba envolviendonos en un aura de total lujuria.
Con un solo un beso me estaba llevando a lo profundo del paraíso.
De pronto recordé que estaba en estado de ebriedad y me separé de golpe, rompiendo nuestro beso.
—No quiero que haga algo de lo que seguramente se arrepentirá en un par de horas.— sentencie con la respiración sumamente agitada.—No es correcto por la situación y sobre todo, no quiero aprovecharme de su estado.
Salí rápidamente de la regadera, escurriendo y mojando el piso.
Antes de salir del baño volteé a verlo.
—No se preocupe, está todo bien, solo fue un momento de debilidad de ambos, que no se repetirá .— dije tranquilizándolo, dándole una sonrisa amable antes de cerrar la puerta para irme y bañarme en el baño de invitados.
Era un rotundo error, pero jamás olvidaría lo que se sentía tener sus carnosos labios desesperados sobre los míos.
Tomé ropa y rápidamente me metí bajo el agua helada. Cerré los ojos sintiendo como mis músculos tensos se relajaban, imágenes de nosotros en la ducha, el recordar su delicioso aliento y sentir su bulto contra mi no ayudaban a bajar la calentura que recorría cada poro de mi piel.
Mis manos acariciaron mis pechos, hasta bajar por abdomen hasta mi monte de Venus, pero pare al instante al recordar a mi "invitado".
Me sequé y cambié a velocidad sobre humana con salí en dirección a mi habitación.
—¿Alessandro?— lo llamé en voz alta, pero no recibí respuestas.
La puerta de mi habitación estaba abierta, entre con cautela.
Alessandro descansaba en medio de mi cama, solo cubierto por el pantalón de pijama dejando su torso desnudo. Su cabello aún estaba ligeramente mojado, su pecho bajaba y subía lentamente, su rostro era tranquilo y sin ninguna expresión... Solo relajado, en paz.
Al verlo así solo era un hombre descansando, no un hombre lleno de prejuicios, no un Alessandro lleno de deseo. Solo un hombre descansando después de tener una mala noche.
Tomé una manta y cubrí su cuerpo.
A un lado de mi cama tenía un enorme sillón puf que también servía como cama individual, tomé una manta y me tiré en el para descansar borrando cualquier cosa que pudiera haber ocurrido hoy.
Ay, Alessandro...
Definitivamente no estaba ansiosa por verlo en la mañana.