Capitulo 8: Dulce

4534 Words
Alessandro: Entre abrí los ojos debido a la luz que se colaba de alguna ventana, todo se movía a mi al rededor, haciéndome incapaz de enfocar cualquier cosa que me diera un indicio de mi paradero. El cuerpo lo sentía sumamente tenso y adolorido, como si me hubieran golpeado entre treinta cabrones. Miré el entorno completamente desconocido, nada a mi alrededor me resultaba familiar, preocupándome. Miré a mi costado izquierdo y en el piso, a un lado de donde estaba acostado, había una especie de sillón afelpado, donde pude distinguir el cuerpo semidesnudo de una mujer piel canela clara, enredada en un cobertor blanco. Llevaba una playera overzise negra pero esta se había alzado ligeramente dejando a la vista su esbelto abdomen y su pequeña ropa interior de color n***o. Su espeso cabello castaño estaba sobre su rostro, por lo que era imposible distinguirle. Intenté levantarme, pero al instante recibí una dolorosa punzada en la cabeza haciendome soltar un gemido de dolor, creí que me explotaría en cualquier instante. Mi cuerpo me exigía seguir durmiendo y finalmente me rendí a sus deseos, cayendo dormido nuevamente. Un suave aroma a cerezas dulces inundó mi nariz, haciéndome sonreir adormilado, el olor era simplemente exquisito, pero nada familiar. Mis ojos se abrieron de golpe y como si tuviera un resorte en la espalda me senté con brusquedad, provocándome un ligero mareo. Tallé mis ojos con fuerza y al abrirlos no pude sentirme más confundido. ¿Dónde carajos me encontraba? La adrenalina me recorrio el cuerpo con velocidad, mientras imágenes aleatorias de la noche anterior me golpeaban la mente, aunque ninguna me otorgaba recuerdos de dónde estaba, con quién y como había llegado aquí. La pelea con Margaret, tomar sin control, conducir a quien sabe dónde, cenar algo que tenía picante y bañarme en un lugar desconocido. Por más que me esforzaba, no obtenía reminiscencias de la noche anterior, frustrandome. Un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo y fue cuando observé mi torso desnudo, mi cuerpo solo era cubierto por un pantalón de pijama que claramente no era mío, tampoco tenía puesto mis boxers. Figlio di puttana... (la puta madre) El cuarto en el que me encontraba tenía vibras totalmente femeninas, era realmente bonito. La cama estaba cubierta con sabanas rosa palo y se encontraba enmedio de la habitación, las paredes eran de color beige; del lado izquierdo de la habitación había una increíble ventana cerrada que iba del techo al piso, las cortinas eran de satín rosa como la cama y la tela más gruesa de un color beige combinando con la pared. Inmediatamente a lado había un enorme espejo empotrado a la pared con forma de medio circulo, que terminaba junto con la pared, enfrente de este, un tocador blanco con dos floreros y a juego un sillón rosa individual. Frente a la cama otro mueble con la enorme pantalla y una puerta blanca. Miré la mesita de noche que estaba a juego con el resto de decoración, al igual que el tocador tenía una caja de cristal con distintos productos desconocidos para mí, un cuaderno rosa y un botellón de cristal lleno de agua, tenía pegado una nota que decía: ¡Hidratate! :) La tomé, sumamente desconfiado de ingerir su contenido, pero la resequedad en mi boca pedía a gritos algún liquido; el agua fresca se abrió paso en mi garganta haciendome sentir ligeramente mejor. Hace años no me ponía una borrachera tan grande y es que la verdad no era lo mismo emborracharse a los 20 que a mis 33. Me sentía como un maldito anciano. Intenté salir por la puerta que se encontraba a un lado de la televisión pero era con dirección al baño. Baño donde si mi mente no fallaba era donde me había duchado. Reconocía los azulejos blancos y la tina blanca a un lado de la ducha con canceles de vidrio,; resultaba familiar pero el problema radicaba que no podía recordar con quién había estado aquí. ¿Había ido algún bar para terminar follando con una mujer desconocida? Lo dudaba mucho, pues aún sentía molestia en mi entrepierna debido a la falta de liberación con la que lidiaba hace algunas semanas. Esperaba de todo corazon no haber cometido la cagada que creía. Pero tampoco encontraba la respuesta de como había llegado aquí y mi cerebro simplemente no se animaba a cooperar. Salí por la otra puerta que se encontraba a un lado de la cama, siendo expulsado a un largo pasillo con otras tres puertas exactamente iguales de la que yo había salido; dudé un poco si entrar a explorar en el resto de habitación pero me detuvo la idea de encontrarme con otros desconocidos por lo que decidí no arriesgarme y opté por explorar hacia la planta baja. Realmente no sabía si me encontraba solo o había más personas en el lugar, tal vez dormidas. Guardé completo silencio, buscando algún indicio sobre si había alguien más conmigo en esta casa, pero en ningún momento fui capaz de percibir algún sonido que delatara a alguien más. Al despertar la mujer que estaba conmigo anteriormente ya no estaba; necesitaba encontrarla además de mi ropa y teléfono, me encontraba sumamente desesperado, aumentando el dolor de cabeza que tenía. Toda esta situación estaba increíblemente mal, necesitaba irme lo más pronto posible. Pensé en tratar de abrir la puerta principal, pero aunque se encontrara abierta permitiendome escapar ¿Me iría descalzo, desnudo y sin teléfono? Por supuesto que no. Tenía que controlar mi paranoia y ser un poco más paciente o la cabeza me explotatria. Maldita cruda. Maldito alcohol. Maldita Margaret. ¡Puta madre! Se me había olvidado por completo la existencia de mi esposa, la cual seguramente se encontraba completamente preocupada por mi repentina "desaparición", pues nunca había faltado una noche a dormir y menos después de una pelea. Me encontraba sumamente enfadado con ella pero tampoco quería mortificarla de esta manera. Aunque se lo mereciera. Sentí una molestia en mi pecho al recordar el drama de la noche anterior y es que así de sencillo era terminar con la confianza de alguien, así de rápido puedes terminar con algo significativo y es que en mis planes, definitivamente no estaba el perdonar su cagada. Ni siquiera estaba seguro de poder creerle otra cosa. Tenía que tranquilizarme pues solo estaba dando vueltas como loco por toda la cocina, buscando respuesta a mis problemas, aunque nada iba a solucionar así que decidí sentarme en una silla que se encontraba al fondo de la cocina, con el respaldo pegado a la pared, como si estuviera movida de su sitio. Concéntrate Alessandro, tenía que unir los pocos puntos claros que tenía para encontrar una respuesta. Primero había sido la pelea con Maggy, por lo que había optado por encerrarme a beber en mi oficina hasta entrada la madrugada, recuerdo a ver salido de la casa, subir a la camioneta y manejar con rumbo desconocido. Después de ahí solo tenía pequeños flashasos respecto a lo que había hecho, cerré los ojos y sobe con fuerza mi cuero cabelludo, completamente estresado. Por más que trataba de hacer memoria, no lograba conseguir nada. Cuando llegara aquella persona con identidad desconocida, tendría que someterle a un interrogatorio. Pasaron un par de minutos y Se pronto escuché a lo lejos una puerta siendo abierta, se escuchaba como la puerta que daba hacia la calle a la par de un murmullo femenino. Enseguida me ergui, poniéndome alerta. La puerta fue cerrada al mismo tiempo que comenzaron a escucharse pasos cada instante más cercanos, indicándome que se dirigían en donde yo me encontraba. Espere ansioso a revelar la identidad de la chica de la habitación y pronto atravesó el umbral, entrando a la cocina. Mierda, mierda, mierda. Lía entró sin siquiera notar mi presencia, se hayaba distraída cantando alguna canción que estaba siendo reproducida por los auriculares de casco, que llevaba puestos. Encima tenía puesto un conjunto deportivo sumamente corto, que consistía en un short de licra n***o, con un resorte blanco con las palabras "Kalvin Klein" al igual que su top; dejando al descubierto su abdomen y piernas torneadas; llevaba el cabello largo suelto, hasta la cadera, su piel dorada estaba cubierta por una ligera capa de sudor como si hubiera hecho ejercicio. En sus manos tenía una bolsa café de papel, de la cual se asomaban un par de verduras. Mi boca se encontraba mentalmente abierta, mientras daba rostro a varios recuerdos de la noche anterior, ¿Por qué carajos estaba aquí, cómo había llegado siquiera? Estaba estático sin saber bien que hacer, me sentía como un puto acosador, mirándola desde una esquina. Observé sus cautelosos movimientos; la sensualidad con la que se desenvolvía era natural, haciéndome sentir embelesado. Me permití admirarla unos instantes más, antes de romper su aura de concentracion. De pronto, como un ángel se dejó llevar por la música que solo ella escuchaba y comenzó a cantar; su voz era realmente bonita. Cantaba en voz baja, como si fuera algo íntimo para ella, aunque con facilidad podía escuchar a las increíbles notas altas que podía llegar. El golpe de realidad me distrajo, recordándome que no sabía cómo había llegado aquí y sobre todo, necesitaba irme. Lía comenzó a desempacar sus compras y abrió el refrigerador para guardarlas. Para ser sincero me sorprendía bastante como aún no era capaz de notar mi presencia, podía ser un jodido asesino y ella estaría perdida en su mundo; me acerqué a paso veloz y toqué levemente su hombro para llamar su atención. —¡Mierda!— gritó fuerte tapándose la boca, mientras me volteaba a ver. Me causó gracia su reacción pero me mantuve estoico frente a ella, sin poder quitarle los ojos de encima. Quitó sus audífonos y los dejó en la encimera. —¡Se me había olvidado por completo que estaba aquí!— dijo agitada, apretando su mano a su pecho.—¿Se encuentra mejor?— preguntó dándose la vuelta para seguir acomodando sus cosas, totalmente acostumbrada a mi presencia. No me moví de mi lugar, disfrutando el aroma a cerezas que desprendía su pelo. Su cuerpo estaba a escasos centímetros del mío, logrando sentir el calor que emanaba de ella. Mi vista se dirigio hacia abajo notando su redondo trasero que se encontraba muy cerca de mi m*****o, logrando que mi imaginación volara al instante. ¿Qué me impedía simplemente empotrarla contra la mesa y follarla hasta el cansancio, qué me impedía desquitar mi frustración y deseo carnal con su pequeño cuerpo? Apreté la mandíbula con fuerza sintiéndome completamente frustrado. Cualquier interrogatorio que hubiera formulado con anterioridad se había esfumado por completo, debido a la distracción que me proporcionaba la cercanía de su cuerpo. Definitivamente no era normal sentir como ardían las yemas de mis dedos al resistirme las ganas de acariciar su tersa piel. Sin poder seguir limitándome, acaricié delicadamente su pequeña cintura de arriba abajo en un movimiento pausado y lento, disfrutando el tacto, sintiendo como el ardor de mis yemas se calmaba. Su cuerpo desprendía cierto calor que me conmocionaba y percibí como un escalofrío la recorrió al sentir mi tacto. Tan perceptiva a mí... —¿Hiciste ejercicio?— pregunté con la voz más ronca de lo usual. Y es que la idea de verla ligeramente sudada, con el ceño fruncido me enloquecía. No sabía que jodidos me pasaba con Lía pero cualquier cosa que hacía mi cuerpo lo interpretaba a una manera s****l, parecía un niñato calenturiento. —Si...— contestó en un susurro, mientras cerraba las puertas del electrodoméstico, sin moverse un centímetro, disfrutando de la ligera caricia que le proporcionaba. —Eres muy hermosa, Lía...— halagué, alejándome un poco de ella, para entrar en razón. —¿Lleva mucho tiempo despierto? Espero que no.— caminó hacia la alacena sacando algunos ingredientes.—Solo fuí al gimnasio y a comprar algunas cosas que me hacían falta, perdón si demoré, solo creí que tardaría más en despertar.— contestó risueña, rompiendo todo la tensión que comenzaba a formarse. No estaba enojada, ni comportandose coqueta a manera de burla. Estaba siendo amable, estaba siendo ella misma, lo cual me agradaba pero ¿Qué había cambiado entre nosotros la noche anterior? Este último pensamiento recordó mi falta de remembranza de la noche que había pasado con ella. —No llevo mucho tiempo despierto, Lía.— dije yendome a sentar a un banco, pero sin quitarle los ojos de encima. Mi espalda baja chocó contra la fría barra y recargué todo el peso en mi codo.—Y siendo completamente honesto, mi mente está "black out" sobre la mayor parte de la noche. Negué con la cabeza, aún con el dolor punzante en mi nuca. Lía bajó los brazos, dejando de hacer lo que hacía, pude notar como los músculos de su espalda se tensaron suavemente. —Y... ¿No recuerda nada de nada?— preguntó tratando de hablar lo más normal posible, pero pude notar la sorpresa en su voz. —Nada importante realmente.— dije desconfiado por su reacción.—¿Hay algo importante que debería de recordar?— inquiri curioso. Carraspeo un poco su garganta y tardó un par de segundos en responder, como si estuviera formulando una respuesta adecuada. —No...— contestó seca, mientras se daba la vuelta. Su respuesta no me había convencido en lo absoluto, haciéndome sentir más desesperado por recuperar mis recuerdos y si no podía hacerlo yo solo, tendría que recurrir a su ayuda. Nuestros ojos se encontraron rápidamente, no la conocía muy bien, pero era como si después de mi visita, ella hubiera derribado una pared entre nosotros y se sintiera en más confianza, haciéndole más difícil ocultar sus emociones. Su expresión dejaba mucho que desear, podría decir que se veía incluso desilusionada por mi falta de memoria, causándome más inquietud. ¿Había dicho o hecho algo importante? Tan importante que ella por dentro quisiera que lo recordara. —Dejé su ropa limpia en mi baño, puede ducharse si gusta, su teléfono lo puse a cargar en la madrugada, también está en el baño. —De verdad muchas gracias, Lía... Por todo, por no dejarme en la calle y por tu amabilidad.— sonreí sincero ante ella, dejando atrás cualquier juicio que mi mente estuviera formando. Me miró y sonrió satisfecha. Miró mi abdomen unos cuantos segundos, notando como mordida su labio discretamente. —En lo que usted está más presentable, haré el desayuno... No tarde. Di la vuelta con una estupida sonrisa en mi rostro; con Lía todo era una montaña rusa de emociones. Podíamos pelear, hablar como si fuéramos amigos y después coquetear como si fuéramos amantes. Pero ahora mismo, solo estábamos siendo nosotros. No sabía que tenía de especial nuestra conexión y nisiquiera sabía desde cuándo consideraba que existía una, pero era tan palpable que era imposible ignorarla. Me adentré primero a la habitación y después al pulcro baño, siendo tal cual mi mente lo dibujaba. Mi camisa y pantalón estaban colgados en un perchero a un lado del mueble del lavabo. Cuando había entrado aquí recién despierto, no me había percatado de mis pertenencias, tal vez por lo amodorrado que me hayaba. Ambas prendas se encontraban completamente limpias y perfectamente planchadas. ¿Ella lo había hecho? Nunca me la hubiera imaginado con una actitud tan hogareña y servicial, sobre todo hacia mí, un hombre que no había parado de juzgarle desde que la conoció. Mi iPhone estaba a un lado completamente cargado. Lo tomé sin prisa, mirando como la pantalla de inicio se llenaba de una cantidad inumerables de mensajes y llamadas perdidas que tenía de mi esposa. En otra ocasión me encontraría completamente apenado, sin duda no era el caso ; siquiera recordar sus mentiras me hacían sentir asqueado de nueva cuenta, neutralizando cualquier sentimiento de culpa que hubiera en mí. Busque rápidamente su número entre mis contactos y la llame. Un tono... Dos tonos... —¿Alessandro?— se escuchó rápidamente la voz frenética de Margaret al otro lado de la línea. —Estoy bien, no te preocupes.— contesté seco, sin tratar de disimular la molestia en mi voz. —¿Dónde demonios estás, son las once de la mañana?— gritó exasperada, haciendo que alejase el teléfono de mi oreja.—¡Llevo desde las cinco de la mañana buscándote! Russell está sumamente preocupado al igual que yo. —¿Le dijiste a Russell?— pregunté rápidamente, apretando el ceño con fuerza debido al enojo. —¡Por supuesto que le dije! No sabía dónde más buscarte. Ahora mismo voy a su casa. —Pues como ya te habrá dicho, supongo... No estoy con él. —Créeme que eso ya lo sé, ¿Dónde estas? —Eso no te incumbe ahora Margaret, te veo en un rato en casa de Russell, espérame allí. —No juegues Alessandro, me dejas toda la noche preocu... La pare en seco, interrumpiendo su oración. —Créeme que no estás en posición de reclamar absolutamente nada.— escupí con odio.—¿O tengo que recordarte lo que dije ayer? —Alessandro, sabes que yo lo lame... Su pobre intento de disculpa fue cortado rápidamente cuando terminé la llamada, lo que menos quería era seguir escuchándole. No me importaba el lastimarla con mi actitud o no; no podía dejarme llevar por sentimentalismos ahora. En mi vida no había cabida para la traición, y mucho menos si se trataba de la persona que dormía conmigo en la misma cama desde hace diez años. Terminé de fajar mi camisa al pantalón, encontrándome listo para bajar con mi anfitriona. Me sentía extraño, pues en mis años de casado Margaret jamás me había tratado de la manera en la que Lía lo estaba haciendo. No era como que fuera un puto monstruo machista con pensamientos del siglo pasado, pero inumerables veces había tratado de ser detallista, haciéndole alguna comida con las recetas de mi abuela, preparándole un baño de burbujas o haciéndole un masaje, cosas que ella jamás había hecho por mí y que viniera una conocida a hacerlo me hacía sentir confundido. Me sentía extrañamente cuidado. Pero se sentía bien. Dejé la pijama sucia en el cesto y bajé de nueva cuenta a la cocina, guiandome por el delicioso aroma a pollo. Una melodía de Ariana grande se escuchaba por toda la planta baja, seguido de la bonita voz de Lía haciéndole segunda. You'll believe God is a woman You'll believe God (God is a woman) Oh, yeah (God is a woman, yeah) (One) It lingers when we're done You'll believe God is a woman La voz de Lía seguía la canción, haciendo los melismas casi igual de perfectos que la cantante, causándome un escalofrío. —Cantas increible.— dije en voz alta para que pudiera escucharme. Volteó a verme y arrugó su nariz de manera tierna. Un gesto bastante común en ella al parecer. —Alexa, apaga la música.— ordenó haciendo que el silencio nuevamente reinara entre nosotros.—Se lo agradezco señor Cantori. A estas alturas ella podía tutearme y no tendría problemas con eso, pero me gustaba escucharla hablarme de usted, por lo que no pensaba corregirla. Me dió la espalda para acercar dos platos a la isla. —Espero tenga hambre, porqué yo sí.— dijo sentándose, invitándome a imitarla. Me senté frente a ella, al otro lado de la barra, extendió el plato n***o con un burrito enorme. —Muero de hambre, si te soy sincero y esto tiene una pinta increíble.— halagué sintiendo mi estimado gruñir. —Realmente son deliciosos; están rellenos de pollo asado, arugula, espinaca, lechuga, queso crema y cubitos de queso. —No creí que te gustara la cocina. —¿Lo dice por el ramen improvisado de ayer? tambíen me gusta comer porquerías de vez en cuando. Ramen, con que eso era lo picante que había recordado haber comido ayer. Miré el platillo que resultaba sumamente atractivo visualmente. Tomé el burrito caliente entre mis manos, llevándolo a mi boca disfrutando de la explosion de sabores. Realmente era exquisito. —¿Y bien, que sucedió ayer?— pregunté sabiendo que era el momento adecuado para hablar del tema. Mi acompañante abrió de más sus grandes ojos. —Mmm ¿Realmente quiere saber?— preguntó Lía riendo. —Si, sin saltarse detalles, nisiquiera los vergonzosos y es una orden.— dije ansioso. —Bien, primero que nada.— dijo lanzando las llaves de mi camioneta a la mesa de mármol. —¿Por qué las tienes?— preguntétomándolas y guardandolas en el bolsillo de mi pantalón para no olvidarlas. Me miró y negó con la cabeza. —Las saqué de su pantalón cuando lo lavé; ayer llegó a mi casa exigiendo asilo y cuando se lo negué, me dijo que no tenía sus llaves y claro no podía dejarlo en la calle— contestó burlona mientras negaba con la cabeza.—Es todo un tramposo. —Te pediría disculpas, pero no es algo que acostumbré, cielo. —Estaba increíblemente borracho, cuando entró apenas y podía caminar. Tuve que ayudarlo. —¿Tú?— pregunté riendo, tratando de imaginarla lidiando conmigo. —Aunque no lo crea soy fuerte, me ejército.— dijo estirando el brazo y haciendo fuerza marcando su pequeño y tonificado bicep. —Oh, ya lo creo.— contesté burlón.—¿Y, que más?— pregunté ansioso. —Bueno, me vomitó encima y tiró a mi gato por la ventana.— contestó cambiando a un semblante sumamente triste. La miré estupefacto por su revelación. No podía creer que había hecho algo así. ¿Vomitarle encima? ¿Estaba vivo su jodido gato o tenía que comprarle uno nuevo? —Lía yo, joder... Me miró un par de segundos y sin poder aguantar más, estalló en risas haciéndome enojar al instante. —Es un chiste, nisiquiera tengo gatos.— dijo mientras mordía su labio divertida. Puse los ojos en blanco, maldita niñata burlona. —Ja, ja si muy chistosa.— contesté sin una pizca de gracia.—¿Qué pasó realmente? Lía dejo de reí poco a poco hasta recobrar la compostura. —Debería de aprender a recibir mejor una broma, el señor Russell tiene mejor humor que usted.— sentenció, limpiando una pequeña lágrima que había salido de su rostro debido a su ataque de risa. —Nada realmente grave, cenamos, me platicó sobre su matrimonio, se tiró mi litro de jugo encima. Que por cierto, si me lo debe.— dijo haciendo una mueca.—Lo acompañé a bañarse y... Ya.— dijo terminando esta frase un poco nerviosa. ¿Y ya? El pequeño rubor en su rostro como si estuviera recordando algo me ponía ansioso, ¿Había pasado algo más? —Lía...— hablé en tono dudoso. —¿Sí?— preguntó cómo si no supiera de que estaba hablando, mientras mordía su burrito. —¿Qué más pasó?— pregunté rudo. Observándola de manera dura. Sus ojos conectaron con los míos irradiando un pequeño brillo. —Nada.— negó nerviosa. La miré mal, a este punto ya era obvio que había sucedido algo. —¡Quise resistirme pero usted puso más fuerza y después si seguí pero me arrepentí!— dijo rápidamente, enredandose, haciendo que no le entendiera. —¿Qué carajos pasó?— alcé la voz haciendo que se quedara estática. —¡Nos besamos!— gritó de vuelta, alzando los brazos mientras confesaba. Me quedé mudo al escuchar su oración. ¿Quise resistirme pero usted puso más fuerza? Prácticamente le había obligado. Deseaba hacerla mia, probar sus labios pero no de aquella manera y mucho menos fallando a mi moral. Le había fallado a Margaret. Sabía lo mucho que deseaba a Lía pero también me consideraba alguien con una fuerza de voluntad grande, me había rendido a mis instintos más bajos, a ese deseo primitivo que surgía en mí cada que la veía. Me había dominado. La había besado y siquiera era capaz de recordarlo, muchos sentimientos encontrados se me cruzaban por la mente. —No fue nada grave, si no se acuerda, no sucedió.— dijo tratando de aliviar el ambiente incómodo. —Nunca tuvo que pasar esto, fue un error el haber venido.— contesté frustrado pasando mi mano por mi rostro. Lía dió un gran trago de agua del vaso de cristal que tenía enfrente y la imité, lo que más necesitaba era hidratarme. Su mirada se clavó en mi, tratando de escudriñar mis pensamientos pero sin éxito alguno por lo que aparto su mirada. —Veo que ya terminó y si no le molesta, tengo muchas cosas que hacer.— habló sería, prácticamente echándome. En solo un par de segundos su actitud se había tornado fría, molesta claramente por mi reacción ¿Qué esperaba a caso? —Si gracias, por todo pero tengo que retirarme.— hablé pacíficamente, tratando de mirarla a los ojos, pero se negó volteando su rostro. No me agradaba su reacción en lo absoluto. Era una berrinchuda. ¿Qué reacción esperaba de mi parte? Sabía que era casado y aún así, tenía la sensación de que ella esperaba algonmasnde mi. Me puse a su lado y me dió la espalda, para guiarme con dirección a la salida. Era una puta berrinchuda. Íbamos tan bien, con una convivencia sana y tranquila ¿Tanto le costaba quedarnos así? Un pequeño tirón de adrenalina y enojo recorrió mi cuerpo, haciendo que mordiera mi labio con fuerza. Dejé atras toda mi delicadeza, tomando a Lía por la nuca y la volteé en mi dirección, pegándola a mi pecho, arrancándole un pequeño gemido. De nueva cuenta pude notar sus ojos ansiosos, viéndome espectante, atenta a mi próximo movimiento. Ninguno de los dos dijo nada, solo una pequeña batalla de miradas deseosas. Sin resistirme un segundo más estampe mis labios contra los suyos dejándome llevar por un mar de emociones sintiendo su sabor invadiendome. El beso era rudo y con necesidad, nuestras lenguas jugueteaban haciéndome sentir un delicioso cosquilleo que impactaba directamente con mi entre pierna. Mi mano tenía echo puño su cabello haciéndome llevar el control, dominandola por completo, consumiendo cada parte de su pequeño ser. Posesivo y dominante me abrí paso entre sus labios, saboreando cada parte de ella. Sentí su piel erizarse bajo mi tacto, volviéndome loco. Sus pequeñas manos se dieron a mis brazos apretandolos, pegándome más contra su ser, como si necesitara más de mí. Lía se separó de mí debido a la falta de aire; sus ojos lujuriosos me miraban expectantes invitándome a seguir explorando aguas prohibidas, a caer en este dulce pecado y sus labios entre abiertos estaban más rojos he hinchados de lo normal excitandome. —Tengo que parar o me va a importar una mierda el dejarte sin caminar una semana.— sentencie tratando de regularizar mi voz.—Solo, me era imposible creer que te besara y no poder recordarlo. Lía asintió frenéticamente. —Que pase una excelente tarde, señor.— habló con un hilo de voz mientras peinaba su cabello con los dedos. Antes de irme di un fugaz beso en su labios, deseando devorarla por completo. —Hasta luego, Lía. Me despedí ansioso de poseerla. Pronto sería mia, de eso yo me encargaba.
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