"El pasado es la única cosa muerta cuyo aroma es dulce."
-Eduard Thomas
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Pasaron unas cuantas horas y la fiesta seguía transcurriendo con normalidad, pero por dentro me hervía la sangre por los sucesos apenas ocurridos. Jack fingía que absolutamente nada había pasado entre nosotros y simplemente me ignoraba a lo cual en parte agradecía infinitamente, pues no tenía ánimos de lidiar con su idiotez.
Lo que no podía ignorar era a los agentes de seguridad viéndome y siguiéndome constantemente nada discretos; sabía que eran los perros guardianes de Cantori, pero no entendía por qué me seguían ¿Creía que le robaría algo o una mierda así?
Era absurdo, jamás en mi vida lo había visto, aunque él parecía conocer bien mi trabajo pero yo también el de él, a pesar de no conocerlo en persona o de vista su nombre era famoso en la ciudad y en el mundo por la cantidad inimaginable de dinero que tenía en sus bolsillos.
En su oficina me había acusado como si mis intenciones fueran malévolas y yo quisiera quedarme con el dinero del señor Russell, pero lo conocía hasta hoy en la tarde, apenas me había enterado de su existencia.
Yo solo estaba aquí haciéndole un favor a mi querida mejor amiga, tampoco era la intermediaria y si tenía que abordar a alguien era a Adrien no a mí.
Tal vez también lo había hecho y ella aún no me decía nada.
Ella había desaparecido dos veces en un par de horas, quizás Cantori la había llamado, pero no le podía preguntar de un tema tan delicado por la gente a nuestro rededor.
Mi mirada se quedó fija en el piso perdiéndome en mis pensamientos, dándole vueltas al asunto una y otra vez.
Pude sentir la mirada del señor Russell fija en mí, probablemente molesto por mi apatía demostrada al matrimonio que conversaba desde hace un rato con nosotros, no estaba haciendo bien mi trabajo.
—Amigos, mis sobrinas deben estar sumamente cansadas al igual que yo, por lo que deben de disculparnos, ya nos retiraremos.— habló amablemente el señor Russell a las personas que nos acompañaban que eran algún político y su esposa.
Yo me removí incómoda, probablemente era mi culpa que se estuviera despidiendo, pues no estaba dando una buena impresión a sus amigos.
—Querido amigo, sabes que no hay problema alguno; fue una velada exquisita y conocer a sus sobrinas fue un placer, son hermosas e igual de agradables que tú.
Adrien y yo dimos una sonrisa agradecida por su cumplido, me acerqué a la pareja y me despedí de ambos con un beso en cada mejilla como era habitual.
—Muchas gracias por la amena plática y fue un gusto conocerles, buenas noches.— me aparté de ellos para que ella pudiera despedirse de igual manera.
Mi «tío» se acercó a mí susurrándome en el oído.
—Querida iré a despedirme de nuestro anfitrión el señor Cantori, esperen en la recepción para salir juntos.—habló cálidamente.
—Por supuesto, tío. Te esperamos a fuera.— contesté suavemente y el anciano me sonrió alejándose de nosotras.
Adrien me tomó del brazo y comenzamos a caminar hacia la entrada principal.
—Vaya día de mierda.—solté de pronto entre dientes sin borrar mi enorme sonrisa falsa que le regalaba a cada persona que nos encontrábamos en el camino.
Mi amiga miró sorprendida.
—¿Qué sucedió?—preguntó preocupada.
—Primero el idiota de Jack en el baño y después el maldito Alessandro hizo que me interceptaran y me amenazó básicamente de no acercarme a Russell.—susurré esto último para que nadie nos escuchara.
Habíamos llegado al lobby, así que mi mejor amiga se puso delante de mí y me tomó por los hombros.
—¿Qué pasó con Jack, que te hizo ese idiota? Y después por qué el maldito viejo te amenazó ¿Con qué motivo?— preguntó exasperada, sin levantar la voz para no llamar la atención.—Tengo más dudas que repuestas y no hablas mujer.
—De Jack luego te cuento.—dije rodando los ojos.— Y Alessandro… Alessandro no es ningún viejo.— suspiré recordando al adonis que se había comportado como un idiota.
—Eh, sí… Ese no es el maldito punto ¿Qué quería de ti?—preguntó preocupada.
—Al parecer piensa que estoy detrás del dinero de nuestro tío.—sonreí incómoda al recordar su suposición.
—¿Tú? Se nota que no te conoce ese maldito, ¿Quién se cree?— habló furiosa mi amiga arrugando la frente como siempre cuando estaba molesta.
Sonreí divertida y agradecí internamente por tenerla, siempre nos cuidamos mutuamente…
—Pues es nada más y nada menos que el maldito dueño de la ciudad.— dije imitando el acento ligeramente italiano de Alessandro.
Dudaba que Alessandro fuera italiano porque de ser así no podría involucrarse en la política de este país.
—¿Y a mí que sea Dios? Cuando lo vea lo voy a tomar de su estúpido traje y lo voy a golpear tan duro que deseara no haber nac...
—Queridas.—el discurso de odio fue interrumpido por la voz de Russell, ambas recuperamos la compostura y volteamos en seguida hacia él, cada una lo tomó de un brazo para salir del lugar.
—Muchas gracias por esta velada, chicas, yo sé que puede ser aburrido para ustedes este tipo de eventos, pero agradezco que sean tan lindas conmigo, me hacen sentir como si fueran realmente mi familia.— agradeció mientras caminábamos lentamente hacia la salida.
Otra vez mi corazón sintió algo de lástima por él, no entendía por qué nadie de su familia quisiera estar con el señor Russell, parecía alguien amable.
Llegamos hasta la entrada aún aferrada a su brazo, estábamos en el ballet parking donde su equipo de seguridad ya nos esperaba; era un senador y empresario importante, por lo que siempre tenía mucha gente cuidándole las espaldas. Cada uno tomaría su camino. Adrien y yo seríamos llevadas a casa en un vehículo aparte.
—Son dos jovencitas muy bellas y agradables, espero verles pronto.—dijo soltándonos para subir a la camioneta.
—Muchas gracias a usted, Señor Russell, de verdad es una persona muy agradable y créame que genuinamente disfrutamos de su compañía.—contesté sincera a lo que nos sonrió enormemente.
—Fue un placer.—dijimos Adrien y yo despidiéndonos, pero cuando nos dimos vuelta el anciano me llamó.
—¡Lía!— habló, a lo que yo volteé rápidamente en su dirección
—Quisiera hablar de algo contigo a solas.— dijo algo serio.
Miré a mi mejor amiga y asentí con la cabeza tratando de tranquilizarla, ella me sonrió y fue directamente a la camioneta para esperarme dentro.
—Dígame, señor ¿Pasa algo?— pregunté algo nerviosa, seguramente el maldito dios griego le había dicho algo sobre mí.
—Alessandro me comentó lo que sucedió y quiero decirte que... Yo rodé los ojos interrumpiéndolo molesta.
—Mire, señor sé que no me conoce y no tiene por qué confiar en mí, pero ninguna de sus acusaciones es cierta, yo pienso que su querido Alessandro exageró a lo grande.
Los guardias de seguridad empezaron a decirse cosas entre ellos y por los radios, por lo que ambos los volteamos a ver.
—Señor, tenemos que irnos ahora.— dijeron rápidamente al señor Russell mientras lo subían a la camioneta.
Mi instinto de alerta se activó de inmediato y miré hacia la camioneta de mi mejor amiga que ya había arrancado a toda velocidad dejándome atrás.
Un guardia me tomó de los brazos empujando mi cuerpo arriba de la camioneta y esta arrancó en seguida haciendo que por la inercia mi cuerpo se pegara al asiento.
¿Qué demonios pasaba?
—Había un grupo de choque en la entrada de la propiedad y uno amenazó con que tenía una bomba. Probablemente sea mentira, pero no íbamos a quedarnos a averiguarlo, la policía estaba llegando al lugar.— habló rápidamente el chófer.—Exigían que Thompson diera la cara por la última ley que fue aprobada.
Thompson era un político claramente corrupto que había amasado su fortuna a base de lucrar con los pobres y la gente últimamente protestaba mucho contra él.
Odiaba a los políticos, siempre había caos con ellos.
Miré a mi costado y pude ver el semblante preocupado del anciano.
—¿Se encuentra bien?—pregunté preocupada, pues lucía algo pálido.
—Me preocupa Alessandro a pesar de que no van por él, si es su propiedad. Además, a mi edad ya no estoy para estos sustos, en cualquier momento me da un paro cardíaco.—contestó riendo mientras se echaba aire con la mano.
Yo lo miré mal por su broma, pero terminé riendo suavemente junto a él, era contagioso. Negué con la cabeza y comencé a echarle aire también con mi mano.
—Querida iremos a mi casa, una vez que mi equipo de seguridad confirme que es cien por ciento seguro el salir te llevarán a tu hogar ¿Tienes algún problema?—preguntó hacía mi.— Tu amiga ya está en camino a donde te recogieron.
—No, está bien, muchas gracias.— contesté acomodándome en el asiento y poniendo mi cinturón de seguridad.
—Ahora si, Lía... Quiero ofrecerte una enorme disculpa por lo ocurrido con Alessandro; me encuentro realmente apenado.
Lo miré sorprendida por sus palabras pues no creí que la charla fuera a ir por el rumbo de las disculpas.
—¿De verdad?—lo miré desconfiada entre cerrando los ojos.
—Sí... Mi muchacho es un hombre muy serio y duro con el trabajo, desconfía de todo mundo tal cual le enseñé "Es bueno confiar en la gente aunque es mejor no hacerlo" Cuando le conté que quería contratar a Adrien y a otra chica para hacerlas pasar por mi familia se puso a investigarla. No justifico sus acciones solo que me ve como un mentor y un padre, solo quiere cuidarme.
No sabía si Alessandro realmente lo veía como familia o por la forma en la que hablaba de él lo veía como un medio para llegar a un objetivo.
—Entiendo señor Russell, pero ¿Acusarme de querer estafarlo? Usted nos buscó a nosotras, además de que por lo que Adrien me contó fue de última hora, su acusación son sin fundamentos y llenas de prejuicios.
El coraje regresó a mi sistema al recordar su mirada de desdén hacia mi persona, como si supiera todo de mí.
—De verdad estoy apenado, no tuviste por qué pasar una situación de tal magnitud.
Pensé en contarle también lo de Jack pero no quise agregarle más penas al hombre, a fin de cuentas él no era el responsable por las acciones de los demás por más que quisiera responsabilizarse.
—Si el trato era con Adrien no sé por qué me "llamó" a mí, tuvo la oportunidad de hacerlo con ella.
—Tampoco entiendo por qué se fue sobre de ti si el contrato estaba a nombre de tu amiga.— su ceño arrugado estaba más fruncido todavía y sacudió su cabeza.—Alessandro es un misterio y a veces actúa de formas que ni un entiendo. A pesar de que me vea como un padre es un hombre que está acostumbrado a hacer su santa voluntad.
—Sus aires de superioridad dan pena.—dije por lo bajo.
—El punto es que te pido una disculpa y me encargaré de que él también lo haga.
—Está bien, agradezco su amabilidad , no creo que sea necesario.—dije soltando un suspiro. Russell ya no dijo nada más y lo imité disfrutando el camino siguió tranquilo y en silencio.
Pasaron unos cuántos minutos hasta que habló el chófer rompiendo el aura de tranquilidad.
—Señor, ya llegamos.—dijo mientras esperábamos a las afueras de una propiedad con una enorme reja de color n***o.
El vehículo atravesó un gran jardín y se aparcó frente a las escaleras de la entrada, bajamos con cuidado y caminamos a paso lento hasta dentro de la preciosa mansión.
—Lía, acompáñame a mi despacho, así aprovecho para darte tu cheque y el de la señorita Adrien.
Asentí con la cabeza caminando detrás de él, que como era costumbre iba a paso lento; para la edad que tenía estaba realmente conservado y tenía mucha vitalidad, su rostro era el de un hombre que había sido atractivo en su época.
Fuimos directo a la puerta de madera que suponía era su oficina.
Nos adentramos y respiré hondo, sintiendo como mis fosas nasales se llenaban rápidamente de un olor a madera y tabaco. Suspiré pesadamente tratando de dejar de relacionar el olor a tabaco con .
—Tu mirada es algo triste.
Salí de mis pensamientos y miré extrañada al hombre.
—¿Perdón?— dije confundida por su repentina observación.
—Eres una niña muy hermosa siendo lo más respetuoso posible, pero puedo ver la cantidad de emociones guardadas que tienes; en tu interior escondes mucha tristeza.
Yo lo miré sin entender su punto, no sabía que responder, pues me había tomado bastante desprevenida. Lo que decía era verdadero, pero no me gustaba compartir mis sentimientos con los demás, mucho menos con desconocidos.
—Mis intenciones no fueron ser grosero, Lía, pero no es algo difícil de notar.
Sonreí levemente.
—¿Y de dónde saca esas conclusiones?— pregunté curiosa.
—Es una fascinación mía y una manía que tengo. Cuando dicen que "los ojos de las personas son las ventanas a sus almas" no es mentira, me gusta escudriñar en las almas de las personas e imaginarme por lo que han atravesado. Conocerlas.
No me gustaba jugar a ser psicoanalizada.
—Mucha gente creé poder conocer a las personas solo observándolas , realmente no es difícil aprender a controlar tu lenguaje corporal para transmitir el mensaje que tú desees. La gente creé conocerme, pero se equivoca...— ataqué disfrutando tener esta conversación.
Me senté en una silla de madera que estaba frente al escritorio.
El rió levemente, pero sin burla como si estuviera feliz.
—No deduzco conocerte, al contrario... Estoy seguro de que tienes muchísimas facetas que ni los más cercanos a ti conocen, facetas que tú misma quieres reprimir en lo más profundo de tu ser, pero quieras o no son parte de ti. No es necesario analizar mucho para creer que tuviste una adolescencia difícil, huyes de un pasado.
Mordí mi labio tratando de no recordar absolutamente nada de mi pasado. Borrando cualquier maldito recuerdo que pudiera llegar a mi mente.
—Le sorprenderá saber señor, que no empecé en este mundo por gusto propio y mis "fantasmas" no son algo de lo que me guste hablar mucho.
—Mi intención no es que te sientas juzgada, todos tenemos esos "fantasmas" de los que tú hablas... Solo mírame, soy un anciano sin una familia presente, una familia que no le gusta convivir conmigo porque están ocupados gastando mi dinero.
—Lo siento...—dije compadeciéndolo.
—No te preocupes, querida... No es culpa tuya que tenga hijos y nietos mal agradecidos.— dijo extendiendo dos sobres amarillos en mi dirección, yo los tomé golpeándolos contra mi palma
—Estoy segura de que tampoco es culpa suya.— contesté sincera.
Parecía una persona interesante, tal vez algo entrometida, pero como cualquier persona de su edad que ha visto la vida pasar otorgándole sabiduría.
Unos golpes en la puerta me hicieron mirar en esa dirección.
—Adelante.— habló Russell tosiendo ligeramente.
Una mujer con uniforme de servicio abrió la puerta adentrándose a la oficina.
—El señor Alessandro vino a buscarle, está esperándolo en el pasillo.
—Dile que me dé unos minutos, estoy ocupado.—dijo haciendo un ademán con las manos.
Yo me puse de pie en seguida.
—No, no se preocupe, atienda al señor, estoy sumamente cansada y quisiera regresar para terminar con este día.
La mujer salió llamando a Cantori para que pasara. A mi espalda escuché como alguien se acercaba nuevamente.
—Agradezco todas sus atenciones, Señor Russell, fue un gusto conocerle.— le sonreí acercándome a él para despedirme dándole un beso en cada mejilla como era costumbre.
—Eres una muchachita muy dulce, gracias a ti.
Di una media vuelta encontrándome cara a cara con el adonis Alessandro Cantori, estaba parado frente a las puertas esperando que yo saliera para poder entrar. Me veía con arrogancia y desdén a lo que le regalé una sonrisa seductora. Me gustaba jugar de esta manera, que me odiara aunque al mismo tiempo no se pudiera resistir a mis encantos.
—Que pase una excelente noche señor Alessandro ...— mordí mi labio ligeramente, el notó mi acción y apretó las sienes ligeramente.
Al pasar por su lado dejé un ligero apretón en su brazo tensándole en seguida, sonreí triunfante.
Ay Alessandro, Alessandro... Eres todo una fruta prohibido para mí.