Capitulo 1: Alessandro Cantori

4280 Words
Cuando el deseo se reprime el odio se hace presente" ??? Lía: —¡Por favor Lulu, la única condición para que me acepten es que seamos dos! Mandé tu perfil, el de Clarisa y el de Magda, pero te quieren a ti.—chilló haciendo que alejara el teléfono de mis oídos para no lastimarme. —Primero que nada ¡No grites, duele! Y segundo, no estoy segura de querer lidiar con un viejito calenturiento.—respondí sincera ante la súplica de mi mejor amiga. —Por favor Lía, te necesito conmigo... Además, la paga es de mil dólares la hora. Solo ponte tan linda como siempre y en seis horas o menos estarás en casa. Escuchar su oferta me dejó pensativa, pues no sonaba nada mal, además de que también le haría un favor a mi mejor amiga. —¡Solo por ti! Y los dólares que recibiré, claro.—dije rindiéndome ante sus súplicas. Si se trataba de mi mejor amiga nunca dudaría en ayudarla pero me gustaba hacerla sufrir un poco. —¡Gracias, gracias, gracias!—gritó feliz haciéndome sonreír. —Una pregunta ¿Le avisaste a tu jefe que yo empiezo a cobrar desde ahora?—pregunté mientras me levantaba del sofá para comenzar a prepararme. Una de las ventajas de tener tanto reconocimiento en este tipo de trabajos es que yo podía poner las cláusulas que quisiera y si de verdad querían mis servicios, las aceptarían. —Claro que sí, señora, conoce todos tus requerimientos. —¿De qué consiste esto?—pregunté curiosa. —Por hoy seremos Lía y Adrien "McCalistar", seremos sobrinas del señor.—enseguida me eche a reír burlona. —¿Hermanas tú y yo?—pregunté divertida por la evidente falta características físicas similares. Casi pude ver cómo ponía los ojos en blanco. —¡Si,estúpida! Solo que seré adoptiva.— refunfuñó. —¡Okay, enojona!—me burlé nuevamente y es que el simple hecho de mentir que Adrien y yo éramos familia era simplemente imposible, nadie lo creería. —Ya te envié el correo con todos los detalles.—avisó emocionada cambiando su estado de animo debido a qué trabajaríamos juntas; llevábamos algunos meses sin hacerlo. —Entonces esta noche seré Lía McCalistar... ¿Podrías pasarle la dirección para que vengan por mí en dos horas? Gracias, te quiero.—dije rápidamente sin esperar su respuesta y finalicé la llamada. Suspiré pesadamente estirando mi cuerpo para relajando mis músculos y liberandome del cansancio que me mantenía prisionera. Tenía planeada una increíble noche de películas y lo que era un grandioso día de descanso se había convertido en uno de trabajo. Mi vida como sugar baby había empezado hacía algunos años, por lo que ahora solo hacía trabajos ocasionales; mi carisma y belleza me había ido posicionando como una de las sugar babys más cotizadas de Italia y ahora también de Estados Unidos, por lo que ahora solo tenía que trabajar ocasionalmente cuando quería. Me había hecho de una muy buena fortuna básicamente acompañando a hombres asquerosamente multimillonarios a cenas importantes, viajes, citas y eventos que necesitaran o simplemente pagaban por mi compañía; era un bonito "accesorio" que lucir para ellos, pero no me molestaba, había hecho las pases con esa realidad hace mucho. No me consideraba una prostituta pues jamás ha habido contacto íntimo con ninguno de mis clientes, claro a excepción de "él". Jamás lo hubiera considerado como tal, si al final del contrato no me hubiera tratado como algo que desechar de su vida, haciendo pedazos mi corazón. A pesar de todo el resentimiento guardado en mí alma había dejado que los años pasaran y continuar mi vida con una herida que jamás cerró del todo. Muchos otros se habían esforzado por intentar enredarse conmigo, pero sus meses de esfuerzo y miles de dólares habían sido en vano, ninguno pudo lograr su cometido; y esto les fascinaba aún más, pues un hombre quiere tener todo aquello que le parece inalcanzable, lo que le parece poco accesible o prohibido. Pudieron darme todo lo que yo quisiera con tal de estar entre mis piernas, pero sin éxito alguno. Claramente, no era la vida que yo hubiera querido tener, no es lo que aspiraba ser cuando era niña, pero la vida es cruel y te lleva por los caminos que menos esperas. El destino te da fugaces oportunidades que decides si aprovechar o no; y yo al final supe aprovechar aquellas coyunturas que se me habían presentado. Estaba orgullosa de todo lo que había logrado con mis propios medios, no me arrepentía de nada. Estaba donde estaba gracias a mí y nadie más, eso era lo único que me importaba. Regule la temperatura del agua de mi tina para así poder darme un baño sin mucha prisa, abrí mi laptop para revisar el correo que Adrien había mandado con todos los detalles del trabajo. Nombre del cliente: Russell McCalistar Tipo de evento: Cena de gala Ubicación: villa privada del señor Cantori. Relación con el cliente: Nieta sobrina del Sr. Russell McCallistar. Duración del evento: De cinco a ocho horas. Cuota a pagar: Dos mil dolares la hora Código de vestimenta: Etiqueta rigurosa. Datos personales: cambiar apellido a McCalistar y hablar lo más cálidamente con el hombre tener una muy buena relación. No eran raros este tipo de trabajos, muchos nos pedían hacerla más de actrices que de sugar baby, pero eso no me incumbía solo era mi trabajo y mientras tuviéramos las normas bien claras no había mayor problema. Cerré la computadora y la dejé en una de las mesitas para bañarme. Sería una noche tranquila y sin sorpresas, al parecer. ??? Tres horas y media más tarde me encontraba en una camioneta blindada con tres guardaespaldas que más bien lucían como gorilas rapados. Las fiestas de empresarios y figuras gubernamentales siempre había mucha seguridad por obvias razones, pero tanta seguridad me hacía sentir más insegura por qué llamaba fácilmente la atención, me gustaba tener un perfil más bajo y mezclarme con la gente. No conocía a nadie en el evento más que a Adrien, investigué al señor Russell, quien era un reconocido senador, aunque más allá de eso no había logrado encontrar nada acerca de su vida personal y por qué requeriría este tipo de servicio. La ventaja de trabajar en algo tan "enfermo" o poco ético como muchos lo solían llamar es que nadie me conocía realmente, solamente las personas necesarias, específicamente los hombres que buscaban compañía de mujeres jóvenes. Me era familiar encontrarme en fiestas y eventos como la acompañante de una persona, la prima de otra, la sobrina, la hija de un amigo y sin fin de relaciones falsas. Procuraba elegir cuidadosamente mis trabajos para no caer en el mismo círculo social. En ocasiones había sido reconocida, pero simplemente me inventaba otro nombre o comenzaba a hablarles en otro idioma fingiendo demencia, hasta el momento todo había funcionado y es que en este mundo la mayoría de personas casi siempre vivían de las apariencias. Pero me gustaban mucho más las citas, todo más íntimo y personal. Hace unos cuatro meses no asistía a eventos sociales tan importantes, pues me gustaba considerarme una veterana o una sugar baby retirada. —¿Falta mucho por llegar?—pregunté aburrida a uno de los guardias que iban enfrente. —Estamos llegando, señorita.— contestó seriamente. —Gracias, ya no soporto este infernal vestido.—dije removiéndome incómoda. Finalmente, la camioneta fue estacionada y esperé pacientemente a que me abrieran la puerta de la gran camioneta que parecía más bien un tanque de guerra. Al bajar una voz familiar me recibió. —¡Hey, guapa!—dijo Adrien a modo de saludo. —Estás bellísima.—la halagué sincera ante su gran porte. Su cabello n***o lacio, a la altura de la barbilla. Sus ojos negros y rasgados estaban escondidos por unas espesas pestañas negras perfectamente rizadas. Tenía una complexión sumamente delgada, como la de una modelo. Su delgado cuerpo era cubierto por un precioso vestido azul marino, era largo, sencillo y con tirantes delgados, a juego llevaba unos guantes largos color blanco hasta arriba de sus codos. —¡Y ni se diga de ti! Cómo siempre estás hecha un bombón.—contestó enredando su brazo en el mío para adentrarnos a la gran mansión. Adrien era de las pocas personas en el mundo que me importaban todavía, había estado conmigo en los momentos más oscuros de mi vida, siendo ese rayito de sol que me había animado a seguir adelante cuando yo sentí que no podía más. —El tío Russell ya está adentro esperándonos, pero quería esperarte para llegar juntas.—dijo mientras subíamos las pequeñas escalinatas que estaba cubierta por una elegante alfombra negra. En la entrada se encontraba una chica con la lista de invitados en su mano. —Hola, somos las invitadas del señor Russell McCalistar, Lía y Adrien McCalistar.— hablé sonriéndole amablemente. —Bienvenidas.—dijo buscando nuestros nombres en su carpeta, los cuales encontró rápidamente. Los de seguridad nos revisaron rápidamente y finalmente nos dejaron pasar al recinto. La música clásica inundaba el lugar, murmullos y algunas risas alejadas se escuchaban de fondo. Era un sitio bellísimo, estábamos en el salón de fiestas de la villa, pero se conectaba directamente con la mansión. Las paredes eran blancas con enormes ventanales dorados preciosos, unas enormes escaleras blancas con alfombra beige descansaban en ambos extremos de la habitación y terminaban en una sola en la planta alta dando un toque clásico, la iluminación cálida provenía de tres enormes candelabros sumamente lujosos. —¡Mis niñas!—escuché la voz anciana de un hombre dirigiéndose a nosotras. Un hombre canoso, ya bastante avanzado de edad, caminaba a paso lento en nuestra dirección, aparentaba al menos unos setenta y cinco años de edad, a pesar del gran porte que tenía su gran sonrisa blanca transmitía ternura. —¡Tío!—dijimos Adrien y yo al unísono devolviendo el saludo. El hombre lentamente se acercó a nosotras abrazándonos a cada una otorgándonos un abrazo realmente cálido —Me alegra tanto el verlas mis niñas lindas.—dijo feliz, como si realmente le diera gusto que estuviéramos ahí. —Tenemos tiempo sin verte, créeme que ya te extrañábamos.—contesté fingiendo una sonrisa que poco a poco se hizo sincera, pues la calidez del hombre era sumamente contagiosa. —¡Te dije Jack! Por supuesto que tengo familia solo que vive lejos y no pueden verme.—dijo sonriendo a un hombre que estaba a su lado y él le devolvió la sonrisa. Un ligero apachurrón en mi corazón se hizo presente ante las palabras del anciano. No lo conocía, ni su historia pero siempre he pensado que nadie merecía estar solo en su vejez. —Tus sobrinas son hermosas, es un gusto conocerlas. Me presento, soy Jack Ravisti.—dijo el hombre tomando mi mano para dejar un beso en el dorso. En ningún momento apartó sus ojos de los míos. Pero conocía esa mirada, la cual me desagradaba bastante. Jalé discretamente mi mano dándole una sonrisa hipócrita. Era un hombre de unos treinta y cinco años, muy alto, de complexión delgada. Sus ojos azules y facciones masculinas lo hacían ser alguien muy guapo, pero sus ojos transmitían algo que no me gustaba. Me desagradaba. La fiesta transcurría de lo más normal, nuestro "tío" nos presentaba con distintas personas pero no podía concentrarme del todo, trataba de ignorar la mirada acosadora de Jack que estuvo todo el rato sobre mí. Al principio solo le daba miradas sutilmente incómodas esperando que captara el mensaje y dejara de fastidiarme, pero no desistió por lo que cada que me encontraba con sus ojos clavados en mí le hacía algún tipo de mueca esperando que dejara de verme de la manera que lo hacía. No me hablaba siquiera, solo me escudriñaba. —Si me disculpan tengo que ir al tocador, permiso.—anuncié en voz baja para poder despegarme del grupo. —¿Voy contigo?—preguntó Adrien estando al tanto de la situación incómoda que atravesaba. —No te preocupes, iré a darme un retoque... Por favor no dejes al tío Russell solo.—dije sonriéndole para tranquilizarla. Me alejé separándome de ellos, no necesitaba ir al baño, solo quería tomar un poco de aire por qué me sentía un tanto abrumada y aburrida, arrepintiéndome ligeramente por aceptar el trabajo. Caminé un poco por el salón hasta llegar a las escaleras y subir al baño, ya que este se encontraba en la otra planta. Subí lentamente hasta el baño de invitados que se encontraba en la primera puerta del corredor en la planta alta. Tomé el picaporte y me adentré al baño que parecía más al tocador de un restaurante pues tenía varias cabinas y un enorme lavabo, sería extraño tener algo así en tu propia casa aunque considerando la vida social bastante activa que deben de tener no sería extraño. Me miré en el espejo, mi maquillaje estaba intacto por lo que no necesitaría ningún retoque. Pose mis manos en mi cintura y suspiré pesadamente sin querer volver abajo. En el reflejo del gran espejo pude ver qué la puerta fue abierta violentamente, haciéndome sobresaltar por el estruendo de la madera chocando contra la pared. Jack me miraba a través del espejo, recorriéndome descaradamente de arriba abajo hasta posar sus ojos nuevamente en los míos, parecía cazador sobre su presa y sabía que esa era yo. Alerta. Volteé a verlo y aclaré la voz. —Es el baño de mujeres.—dije bruscamente sin entrar en pánico. —Con que aquí estabas.—habló ronco ignorando mi pequeña advertencia. Mi cuerpo se tensó al ver qué cerró la puerta detrás de él ¿Qué demonios pretendía? No me quedaría a averiguarlo, así que caminé rápidamente en dirección a la salida pasando a su lado, tratando de evitarlo, pero me tomó por el brazo pegándome rápidamente a su pecho. Él era más alto que yo, por lo que tenía que mirar hacia arriba para poder verlo a la cara. —¡Suéltame!—exigí forcejeando con él, pero en vano, pues claramente tenía mucha más fuerza que yo. —Shh, shh, shh.—Jack susurró, mientras me apretaba con más fuerza contra su cuerpo; su mano libre se fue a mi nuca pegándome a su rostro, pero me volteé instintivamente, haciendo que su respiración chocara con mi mejilla.—No creas que no capté las miradas que me has lanzado durante toda la noche.-su respiración era pasada.—Sé que te parezco atractivo, irresistible tanto como tú a mí. —No intercambiamos ni una sola palabra, te miraba con asco por la forma en la que me veías y aun así ¿Crees que me gustas? Eres patético.— hablé con odio, mi respiración estaba sumamente agitada por el esfuerzo que hacía de mantenerlo lejos. No quería que sus asquerosos labios chocaran contra mí. Los hombres poderosos como él, pensaban que tenían derecho a tomar lo que ellos quisieran cuando quisieran y no tener consecuencias por ello pero este no era el caso, yo no era un objeto que poseer o comprar cuando yo decía "no" no permitía que nadie pase sobre mi voluntad. Soltó mi cuello y bajó su mano hacía mi pierna, sentí las yemas de sus dedos, acariciar la ligera abertura que tenía mi vestido en una pierna, tenía que hacer algo rápido para tratar de detenerlo y en ese instante solo pude pensar en escupirle, enseguida me soltó para limpiarse. Jack me miró fascinado, podía decir que hasta complacido. —No sabes cómo me excita que las mujeres se resistan de esta manera.— dijo limpiándose mi saliva con el pañuelo de su saco. —¡Eres un enfermo!—grité con asco, era un maldito pervertido. Segundos después un guardia de seguridad entró al baño supongo alarmado debido a los gritos. —¿Se encuentra bien, señorita?— preguntó poniéndose frente a mí, protegiéndome de Jack. —Estoy bien, no sé qué quería este hombre.— me quejé mientras acomodaba mi vestido.—Muchas gracias. Bendito seas agente de seguridad que me salvó. —Lo escolto a la salida caballero. —Soy un invitado de honor y exijo que se me trate como tal.—se quejó ofendido. —Por supuesto que sé quién es usted señor, pero este es el baño de damas, por lo que lo invito a retirarse. No puedo permitir que esté aquí. Jack acomodó su cabello y con una mirada de pocos amigos se acercó a mí. —Esto no se quedará así primor.— susurró amenazante. —Por aquí, por favor.—insistió el guardia señalándole la puerta, por lo que se alejó de mí. Cuando ambos hombres se encontraron fuera grité silenciosamente debido a la frustración que me invadía, me miré por última vez en el espejo y salí a continuar con mi trabajo. Me dirigí a las escaleras a paso apresurado pero el mismo guardia que me salvó en el baño se puso delante de mí impidiéndome el paso. —¿Señorita, cuál es su nombre?—me interrogó curioso. —Lía McCalistar.—contesté segura.—Permiso, debo volver a la fiesta.—dije tratando de escapar, pero se puso nuevamente delante de mí. —¿Tendrá alguna identificación?— preguntó con insistencia. —Mmm, no y no entiendo a qué viene todo esto.—contesté confundida, creí que todo el drama del baño se acabaría aquí. —Necesito que me acompañe.—ordenó tomándome del brazo con firmeza, dejando toda su amabilidad atrás. —Suélteme, soy invitada del señor Russell McCalistar, traigalo por favor.—protesté, pero el mastodonte hizo caso omiso, tratándome como una intrusa infraganti. No respondió nada ante mis quejas y continúo caminando conmigo del brazo hasta llegar a una gran puerta. No entendía qué pasaba. ¿Acaso Jack quería venganza? Patéticos. Tocó el audífono en su oreja y se puso atento esperando indicaciones del otro lado, solo pasaron unos cuantos segundos cuando me obligó a pasar a al despacho desconocido. —Mi jefe vendrá en un segundo, tome asiento y que pase linda noche.—avisó el hombre saliendo de la habitación, dejándome completamente sola. —Qui pisi lindi nichi.—dije rodando los ojos, imitando al guardia. Estaba completamente confundida por la situación; confundida y también humillada. Gracias primero al idiota acosándome en el baño y ahora me escoltaban al despacho de "quién sabe quién", como si hubiera hecho algo malo. Probablemente Jack había ido corriendo a llorar con el anfitrión de la fiesta y me encontraba en esta situación. Nunca me habían tratado de esa manera. —Lamento la tardanza.—una voz profundamente varonil resonó en el despacho llamando mi atención al instante haciendo que enseguida alzara la vista hacia él. Uno de los hombres más guapos que había visto en toda mi existencia yacía frente a mí; medía como mínimo un metro con noventa, su cuerpo fornido estaba envuelto en un costoso traje color n***o, su barba oscura hacía resaltar sus labios gruesos rosados, tenía una perfecta piel color canela clara, y al mirar sus ojos chocolate sentí que algo dentro de mí estallaría... Mi corazón iba al mil por hora, era todo un Adonis. —¿Qué hago aquí?—pregunté saliendo de golpe de mi ensoñación. Caminó lentamente hasta su escritorio. —Me presento, soy el anfitrión y empresario Alessandro Cantori ¿Y usted es...?—se presentó desabrochando su saco para sentarse frente a mí al otro extremo del escritorio. —¡Felicidades!—dije falsamente rodando los ojos.—¿Qué se supone que hago aquí? Odiaba que la gente se presentara con títulos antes que por su nombre, como si eso los hiciera especiales a otros seres humanos. —Sabe señorita, cuando alguien se presenta con usted es descortés no hacerlo de vuelta.—me corrigió mientras ponía sus codos sobre el escritorio recargando su barbilla en sus manos. Sus grandes ojos se conectaron con los míos, me miraba completamente serio. —Si me importara su nombre se lo habría preguntado.—respondí sarcástica.—Lo que yo estoy preguntando es ¿Qué hago aquí?— insistí de manera grosera. —Bien, señorita...—guardó silencio esperando mi respuesta, pero al no obtenerla prosiguió. —McCalistar.—solté finalmente, claramente mintiendo. —Sí, por supuesto.—contestó con una sonrisa burlona y aires de superioridad. —¿Perdón? —Mire, señorita, seré completamente sincero con usted, por lo que espero la mismo de su lado. Esperaba una respuesta de mi parte pero no sé la di, solo lo observaba neutral. —El señor Russell es un amigo personal de toda la vida, por lo que sé que usted no es su sobrina ni existe ningún lazo familiar entre ustedes. —Y bien, si ya lo sabe, no entiendo el porqué abordarme para que le diga algo que ya sabe, es absurdo.—rodé los ojos, a decir verdad era una manía que tenía desde siempre. —Para que me entienda, él me ha enseñado casi todo lo que se sobre negocios, es prácticamente un padre para mí y sin mencionar que es mi socio más valioso. A esta situación agreguemos que piensa introducirme en la política por lo que son tiempos delicados y no quiero que se nos relacione con mujeres como usted.—guardó silencio un momento y yo le sonreí divertida, él siguió con su discurso.—Estoy al tanto de su "trabajo", señorita. Creí saber a dónde se dirigía esta conversación. Yo solo alcé una ceja ante su acusación indirecta, al parecer no tenía el valor de decirme directamente lo que suponía de mí. "Cantori" por supuesto que su apellido me resultaba familiar, era un empresario bastante famoso. Donante a causas perdidas, dueño de organizaciones sin fines de lucro y por supuesto, ahora quería entrar en la política. —También estoy al tanto de su trabajo. Sé que es un hombre muy rico y poderoso, el cual tiene la fama de ser "moralmente inquebrantable" así que le doy toda tiene razón, no considero que sea muy bueno que relacionen a un hombre como usted, con una mujer como yo.—dije esto último mordiendo mi labio ligeramente. El desvío un segundo sus ojos a mi boca, pero los apartó rápidamente. —¿Cuál es tu verdadero nombre?—preguntó el hombre algo incómodo debido a mi actitud coqueta. —Siempre se adapta a las necesidades de mis clientes, así que puede ser el que usted quiera en este momento.-— dije jugando con él. —Deja los putos rodeos.—escupió frío dejando toda la palabrería formal atrás. Sonreí victoriosa de poder molestarlo aunque sea un poco, demasiado rápido logré que saliera de sus casillas haciendo que deje todas sus formalidades a un lado. —Tal vez se lo diga, tal vez no...—seguí molestándolo. —Estoy hablando en serio, necesito tu nombre real. Ahora.—demandó molesto endureciendo sus facciones, se veía mucho más guapo así. —Ya que está tan insistente en conocer mi nombre, bien... Me llamo Lia Nessen y no soy prostituta, solo soy sugar Baby de hombres iguales a usted. —¿Perdón, hombres iguales a mí?—Se carcajeó burlesco.—Lo siento, pero yo no me relaciono con prostitutas.—dijo mientras acomodaba su costoso saco. Me levanté de la silla de cuero para acercarme sensualmente a él, haciéndolo ahogar un suspiro, me senté sobre el escritorio quedando a centímetros de él, mis rodillas lograban rozar con su brazo. El ambiente era pesado, con mucha tensión y me agradaba. —Al menos no le ha hecho hasta ahora, pero existe una primera vez para todo Señor Alessandro.—sonreí viéndolo directamente a los ojos mordiendo mi labio para provocarlo. Saboree su italiano nombre en mis labios, mientras nos mirábamos desafiantes por unos cuantos segundos, ninguno se movía temiendo perder la pequeña batalla silenciosa que estábamos llevando. Él podía ser quien quisiera, pero pude notar su mirada inquieta, bajando por mis pechos, mordiendo su labio internamente de forma discreta. Podría ser el nombre más recto de toda la puta Italia, pero era eso, un hombre y los hombres siempre son débiles ante una mujer que les parece atractiva. Aun así, me miraba frío y duro, casi como un tímpano de hielo. A pesar de su mirada penetrante, de pronto podía percibir cierto rechazo a mi cercanía. Él alzó su mano mostrándome sus dedos. —Estoy felizmente casado desde hace algunos años con una mujer que me complace de todas las maneras posibles, así que le repito, nunca estaría con mujeres como usted.—contestó levantándose de su asiento. ¿Con qué casado? No, mil veces no. No jugaría a esto con un casado. Era una pena, realmente era guapo. —Ya veo, qué desafortunada debe ser... Mis condolencias a su esposa.— dije con un puchero falso y riéndome después. Alessandro rodó los ojos, podía notar que estaba detestando este encuentro. A pesar de nuestra pequeña tensión s****l y lo atractivo que era, tampoco me agradaba pues podía notar los aires de superioridad que emanaba. —Solo le pediré que no se acerque a Russell, es un hombre mayor que puede ser fácilmente estafado por gente interesada y con una moral dudosa.—dijo abriendo la puerta de su despacho para dejarme salir. —No se preocupe, Señor Cantori, no todos somos aspirantes políticos como para tener una moralidad dudosa, algunos nos ganamos la vida honradamente.—contesté sonriendo. Salí de su despacho con la cabeza en alto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD