Preludio

1579 Words
"Decir adiós duele, pero más doloroso cuando lo dices y no quieres marcharte". —El señor Kleint la espera, señorita Lía.—habló en un tono suave, cómo siempre. —Muchas gracias, Señora Ferguson, la extrañaré durante este viaje tan largo que tomaremos.— dije sinceramente mientras me acercaba a ella. La señora Ferguson se había convertido de alguna manera en mi figura materna durante estos dos años que llevaba de conocerla y era auténtico el hecho de que la extrañaría muchísimo, pues este no era como otros viajes, nos iríamos por bastante tiempo. —Cariño, te extrañaré tanto.— contestó envolviéndome en un abrazo fuerte y maternal. Era normal que Derian y yo saliéramos por semanas, ya sea de vacaciones o por algunos asuntos por resolver de él, pero esta ocasión era distinta, esta noche viajaríamos a Estados Unidos y nos quedaríamos como mínimo medio año, pues tenía nuevos negocios que atender. La señora Ferguson no iba a ser despedida, pero tampoco viajaría al nuevo continente con nosotros, pues al ser una mujer mayor y con una familia que disfrutar le habían dado una feliz casi jubilación. —Pero disfrute esta nueva oportunidad, ahora que el señor no la estará fastidiando tanto puede disfrutar de estar tranquila más de 10 segundos.—susurré en su oído haciéndola reír mientras negaba con la cabeza. Nuestra pequeña “despedida” fue interrumpida por la grave y familiar voz de Derian. —Adelante… Acomodé mi bolso en mi hombro y atravesé el pasillo hacia su despacho. Estaba sumamente feliz de lo que se avecinaba, sentía que este viaje ayudaría a terminar de consolidar nuestra relación; había pasado todo el día armando una maleta con pertenencias que no quería dejar atrás, aunque muchas cosas las había regalado o simplemente dejadas encargadas con mi mejor amiga, Derian dijo que no había necesidad de que llevara equipaje, pues empezaríamos una nueva vida. Al atravesar el umbral de la puerta, la enorme sonrisa que tenía se me borró al instante. Derian se veía terrible, completamente desalineado; no tenía puesto su saco y su camisa blanca estaba completamente arrugada, fuera de su pantalón. Miré directo a sus ojos, los cuales se encontraban un tanto hinchados y reflejaban un absoluto cansancio. Jamás lo había visto de esa manera, por lo que me alerté en seguida por su estado anímico. —¿Está todo bien?— pregunté dudosa de realmente conocer la respuesta. Quería pensar que algún negocio había salido mal o que su hermano había enfermado, que ambas eran en definitiva malas noticias. Mi ansiedad me hacía formar mil escenarios en mi cabeza al instante, haciendo que se me revolviera el estómago. Al no recibir respuesta me acerqué a abrazarlo cómo siempre lo hacía, pero con un gesto de su mano me detuvo abruptamente. Aúch… Sentí mi corazón latir un poco más rápido. —Por favor, siéntate.— pidió formalmente señalando la silla de cuero frente a su escritorio. —Okay…— respondí dudosa por el tono que había usado, pero obedecí rápidamente. Tomó una bocanada de aire y prosiguió a hablar nerviosamente. —Mira, ya no te puedo seguir pagando.—soltó de pronto. Lo miré confundida. —No entiendo… Yo, Derian sabes que no estoy aquí por dinero, nuestra relación no se basa en eso.—contesté con la voz entre cortada, prácticamente al borde de soltar un sollozo. La revolución que sentía en mi estómago segundos antes fue sustituida por un profundo hueco que me dejó sin aire y unas ganas enormes de llorar me invadieron pero me contuve. No entendía lo que trataba de decirme. —Lía, ya no requiero de tus servicios.—espetó con un nudo en la garganta. Hablaba de nosotros como si solo fuera un negocio, como si yo no fuera nada para él y eso calaba hasta lo más profundo de mis entrañas. —¿Por qué haces todo esto? Simplemente, me dices que ya no requieres de mí como si fuera una cosa, un objeto.— lo acusé sin poder seguir conteniendo las lágrimas.—No permito que me trates así, tú y yo sabemos que no eres un cliente y que esto no es un maldito negocio. No entendía que pasaba, no entendía por qué él me hacía esto. Derian soltó todo el aire que estaba conteniendo y negó ligeramente con la cabeza, se veía cansado. Busqué su mirada, pero no lograba conectarnos, pues se negaba verme a los ojos. —Cariño, tú sabes que te amo, pero lo nuestro jamás podrá ser. Simplemente es imposible. Con que de esto se trataba... Otra vez con lo mismo. Enojada, aventé el escritorio para ponerme de pie; sin importarme nada dejé que mis emociones controlarán mis acciones y mis palabras. —¡Si me amaras, no harías esto! Solo es un maldito pretexto para botarme.— lo culpé señalándolo con el dedo. Me sentía sumamente dolida, traicionada. —¿Crees que para mí esto es fácil?— preguntó como si fuera lo más obvio del mundo. —Por la forma tan sencilla en qué me lo dices, por supuesto que parece fácil.—grité nuevamente. —¡Yo no soy el hombre para ti, tienes que entenderlo!—alzó la voz como jamás lo había hecho. —Decidiste botar a la “mujer que amas” horas antes de iniciar una nueva vida juntos, ¿Por qué ahora y no antes de que me hicieras visualizar una vida a tu lado, por qué la vileza en este acto? Mis piernas estaban a punto desfallecer, sentí que el corazón se saldría de mi pecho y que las lágrimas jamás dejarían de salir, pero lo que me mantenía firme ante él era el enojo que tenía acumulado. —Llevo días analizando esto, pensando en el daño que te estoy causando y lo egoísta que soy pero apenas ahora tengo el valor de hacer lo correcto. Reí sin gracia, esto tenía que ser un patético juego. —Todo el tiempo fui un juego para ti, jamás sentiste lo que yo. Era todo una maldita mentira.— grité sollozando mientras mis manos se aferraban al respaldo del sillón para no caer. —Amor, cariño…— me miró con ternura y visualicé en él las ganas de acercarse a mí, pero no lo hizo.—La diferencia de edad ahora no nos pesa, pero ¿Qué tal en unos años? No quiero quitarte tiempo de vida, no quiero que después te arrepientas de estar conmigo y lamentes tu decisión.—dijo soltando pequeñas lágrimas discretas.—No quiero hacerte esto, es egoísta robarte tu juventud. —¡Pero esa es mi decisión! Te amo, te amo joder, me enamoré de ti y sé que tú también lo estás de mí. — sentía desesperación por hacerlo entender, quería que entrara en razón, pero no sabía que más decir para convencerlo de que no me importaba todo, yo quería estar junto a él. Un silencio abismal se hizo presente hasta que lo rompió. —Con todo el dolor de mi corazón… Lía Nissen ya no requiero de sus servicios como acompañante, el contrato se termina aquí; no quiero volver a saber de usted nunca y le liquidaré lo correspondiente este mismo día, puede pasar por su cheque con la señora Ferguson. Yo lo miré dolida, en mis ojos había odio, pero también pedían compasión a mi corazón. —Por favor, no lo hagas.— supliqué con un último esbozo de esperanza de que sintiera, aunque sea lástima por mí. Que me dijera que las crueles palabras que dijo no eran ciertas. —Sin más que decir…— dijo mientras se le quebraba la voz.—Por favor retírese de mi oficina, ya no tenemos asuntos pendientes. —No…— me negué rápidamente. —Si no se va ahora, tendré que llamar a seguridad para que la echen. Lo miré estática, sin poder moverme un centímetro. —¡Qué se largue ya, maldita sea!—gritó furioso dando un golpe en su escritorio asustándome. No podía entender cómo la persona con la que había compartido momentos tan hermosos que jamás se repetirían y pedazos de mi alma que nadie más conocería podía tratarme de esa manera, ¿Cómo alguien que dice amarte puede herirte con los miedos que algún día prometió ayudar a sanar en ti? Ya nada importaba realmente, ni los miles de “te amo” que en un momento dijo, ni las muchas veces que lo había demostrado con acciones, pues estaba terminando de una manera efímeramente dolorosa, cómo si nada hubiese sido real entre nosotros. —¡Tú estás haciendo esto! Y que te quede bien claro, cada que te sientas solo, recuerda que lo estás por tu maldita culpa, cada que me busques en el frío de la madrugada, yo ya no estaré y recuerda que es por tu culpa. No tienes ni idea lo que me acabas de hacer. Sus ojos conectaron segundos con los míos y pude ver un brillo de arrepentimiento en ellos, pero no dijo nada más. Cómo pude reuní el poco coraje que tenía y salí de esa oficina dejando atrás al que alguna vez creí el amor de mi vida. Y por primera vez en estos dos años juntos, lamenté mucho haber nacido quince años después que él… A veces nosotros no dejamos ir a las personas, ellas son las que nos obligan a irnos pero tenemos que aceptarlo por más que nos duela
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD