Para romper la rutina, y terminar la jornada como es debido —o al menos eso era lo que pensábamos—, solíamos, mi amigo William y yo, frecuentar las mancebías más selectas de la ciudad una o dos veces en la semana, queriendo alejarnos de las formalidades y los compromisos. Ávidos de gozo y de placer, desparramábamos nuestra carne en los finísimos sillones del período rococó, tapizados en exquisitas telas decoradas al estilo cartouche y bordadas con delicados filetes dorados. Botella en mano, y siempre sonrientes, en nuestro regazo había siempre algunas señoritas dedicadas a la tarea de darnos su afecto, rebosantes de felicidad al ver como nuestro dinero se quedaba en sus arcas. Yo era profesor de lenguas en un bien nombrado colegio a las afueras de la ciudad, contaba con 25 años y me habí

