CAPÍTULO 7
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* * * * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * * *
—Liiiisto —alarga el conductor del taxi que había tomado—. Aquí es, señor —me señala al detenerse frente a una casa bastante grande o, mejor dicho, mansión.
—¿Está seguro de que es aquí? —pregunto desconfiado, ya que, si bien sabía que la familia de Brescia era adinerada, nunca imaginé que tanto.
—Sí, señor; esta es —responde seguro y sonriente mientras me observa por el espejo retrovisor de su auto.
—Está bien… —digo aún desconfiado y al sacar mi billetera del smoking que usaba—. Aquí tiene —le preciso al conductor al entregarle el dinero correspondiente—. Muchas gracias —añado en tanto decido bajar del vehículo.
—Gracias a usted —contesta amable—. Que tenga buena noche —determina y yo solo me limito a sonreírle.
—Gracias —agrego y después retorno mi concentración a la propiedad que estaba frente a mis ojos.
Esta era absolutamente preciosa.
«Y eso que recién es la entrada» —expreso mentalmente al tiempo en que sigo observando los alrededores de esta con suma admiración. La entrada a la mansión era realmente asombrosa; de hecho, los arbustos con diversas formas de ángeles le daban un aire bastante sofisticado y relajante; así como las dos pequeñas grutas de agua que se encontraban en cada extremo del enorme portón, el cual se encontraba resguardado por personal de seguridad; entre ellos, los que se encargaban de la verificación de identidad de los invitados.
En sí, todo esto era… era… eraaa….
«Como diría Ángeles: waaao» —determino en silencio y sonrío tristemente al recordar la situación de mi hermana, lo cual, de manera involuntaria, me hace soltar un suspiro pesado.
—Esto tiene que salir bien —susurro después, casi silenciosamente, para mí.
«No le puedo fallar a Ángeles» —completo en mi mente y, de inmediato, decido ingresar de una vez a la fiesta para poder hablar con Brescia sobre su plan para conseguir el dinero para la operación de Ángeles.
«Vaya… sí que hay mucha gente» —pienso sorprendido al caminar hacia la entrada y buscar en mi celular el código que Brescia me había enviado.
—Buena noche, señor —me habla el agente de seguridad—. Su invitación por favor —me pide y yo le muestro el código. Este pasa la lectora en aquel y después levanta su mirada hacia mí.
—Por favor, sígame, señor White —me pide amablemente
—¿Cómo sabe mi nombre? —pregunto extrañado, ya que todo esto era nuevo para mí
—El código contiene sus datos, señor —responde sereno el hombre mientras me dirige por un largo camino adornado de rosales blancos.
—Si usted me indica, yo podría llegar hasta el lugar; no es necesario que me acompañe —le menciono
—Tengo órdenes de escoltarlo hasta su mesa, señor —me explica
—Ah, bueno… gracias —le digo con una sonrisa y él responde de la misma manera.
Caminamos por unos 3 o 4 minutos y llegamos a un patio extenso, el cual estaba perfectamente decorado con rosas blancas y luces resplandecientes que le daban una especie de sentido hogareño al lugar.
—Por aquí, señor —escucho la voz de mi acompañante—. Esta es su mesa —me señala una en la que estaba el nombre de otras 3 personas—. En un momento, vendrán a atenderlo —me comunica y se marcha de forma inmediata.
Al estar solo, procedo a sacar mi teléfono celular y llamar a Brescia, pero esta no llega a responderme.
—Buena noche —oigo, de repente, muy cerca de mí, su sensual voz y veo cómo se sienta a mi lado
—Hola —contesto serio.
—Estaremos en mesas separadas —me informa—. Austral no nos puede relacionar— acota.
—Pensé que al menos me presentarías —le digo sincero.
—No puedo hacer eso —contesta tajante y mirando hacia otro lado—. Si lo hiciera, Austral ni siquiera se tomaría el trabajo de tratarte —acota y yo solo me limito a asentir.
—Entonces cómo se supone que me acerque a ella —pregunto interesado y, con aquella pregunta, me gano la atención de mi… novia.
—Kansas, eres sumamente atractivo y simpático —menciona—; y muy inteligente—añade—. Estoy segura de que encontrarás el modo.
—Tal vez aquí, Brescia —articulo—. ¿Pero qué pasará después? — cuestiono al mirarla directamente a sus ojos, los cuales me encantaban—. No creo que tu prima y yo frecuentemos los mismos lugares —añado serio.
—Tranquilo, relájate —susurra al tiempo en que se atreve a tomar una de mis manos por debajo de la mesa, la cual estaba, exactamente, sobre mi muslo—. Ya pensé en eso —me comunica—. En la sede principal, están buscando a personal para el área de cafetería de la planta ejecutiva. Te voy a recomendar; estoy segura de que te darán el trabajo.
—¿Lo dices en serio? —pregunto sorprendido y aquella me sonríe.
—Al menos de algo tiene que servir ser nieta legítima de William Foster —precisa y me guiña un ojo.
—Gracias —le murmuro.
—De nada —responde tranquila—. Bueno, ya debo ir a mi mesa —me dice y se levanta para retirarse, pero la detengo.
—Un momento —le pido—. ¿Y cómo sabré quién es? —cuestiono un tanto nervioso
—Tranquilo —susurra—. La reconocerás de inmediato —es lo único que dice y se marcha hacia otra mesa en la que estaba una mujer y dos hombres más.
Yo me quedo esperando en mi mesa hasta que se haga presente Austral Foster. Espera que no se hizo tan incómoda debido a que las otras tres personas de mi mesa resultaron ser bastante agradables; así como la música y el champagne (parecía que la familia tenía todo un arsenal de botellas del mejor champagne del mundo). Sin embargo, todo ello no fue suficiente para olvidar a Ángeles y, por ende, el motivo de estar en la fiesta Foster.
—Se ve que te ha gustado —me habla uno de mis acompañantes, pero no entendía a lo que se refería ya que estaba distraído.
—¿Perdón? —respondo y este sonríe
—El champagne —precisa
—Ah… —sonrío—. Sí, está muy bueno —señalo al sonreír
—Y eso que estas botellas son solo para los invitados —indica—. Para la familia están reservados los Rosé Gold —informa en medio de un suspiro.
—No lo he probado aún, pero este me encanta —le digo sincero—. Es mi favorito.
—Tú lo has dicho —dice al mirarme a los ojos—. No lo has probado aún, pero, cuando lo hagas, apuesto a que pasará a ser tu favorito.
—Imagino que usted ya lo probó
—Solo una vez —contesta al girarse a ver a su esposa y sonreírle con dulzura—… solo una vez con quien fuera la cabeza de esta familia hace 13 años.
—Se refiere al señor Foster
—Sí, a William Foster —exhala con nostalgia—. Fue un gran amigo —menciona muy seguro— y el mejor jefe que pude haber tenido —completa divertido mientras niega con la cabeza, al parecer, al haber recordado algo.
—¿Usted trabajaba para él?
—Sí; y ahora trabajo para Austral, una de sus nietas.
—Ella es la cabeza de familia ahora —comento
—Sí, ella tomó el lugar del señor William —responde mientras asiente con su cabeza y toma un poco de champagne—. ¿Tú lo conociste? —pregunta sorpresivamente.
—Sí… —contesto al recordar aquel día en el que mis padres dejaron de existir—. Lo conocí en una situación bastante incómoda —le cuento al recordar la entrevista de trabajo que tuve ese día en su empresa—, pero él fue muy amable conmigo —señalo con la mayor honestidad del mundo—. Se notaba que era un buen hombre…
—Sí, sí lo era —reafirma el hombre con el que estaba conversando
«Muy distinto a su nieta Cielo» —agrego en mi mente al recordar a aquella mujer (un poco mayor que yo) que lo acompañaba.
—¿Qué hora es? —cuestiona el hombre y yo observo mi reloj
—Faltan 10 minutos para las 21 horas
—Entonces la señorita Austral ya debe estar por llegar —comenta la mujer que lo acompañaba mientras bebe de su copa.
—Qué bonita canción —opina sorpresivamente la hija de la pareja cuando empieza a sonar una canción que reconozco de inmediato: “Numb” de Max Jury—. ¿No le parece? —me cuestiona sonriente.
—Sí, es muy hermosa —contesto gentil.
—Oh… ya llegó la señorita Austral —indica repentinamente la mujer al tiempo en que dirige su mirada hacia uno de los caminos de piedra por los que se llegaba al jardín en donde estábamos.
De forma inmediata, torno mi mirada en la misma dirección para encontrarme con una mujer bastante elegante y sofisticada, la cual entraba imponente (a paso firme), con una postura bien erguida y mirada neutral. Demostraba mucha seguridad y… curiosamente… se me hace conocida.
«Pero de dónde la conocería» —me cuestiono en silencio mientras sigo con la mirada a aquella mujer, quien no se ha detenido a cruzar palabra alguna con los asistentes; al parecer, una mirada acompañada de un asentimiento era suficiente saludo. Continúo observándola con detenimiento hasta que…
«No, no es ella» —me digo en la mente al seguirla mirando con atención. Me estaba negando a esa posibilidad; no podía ser ella.
—Dios, pero qué digo; sí es ella —susurro para mí al recordar a la mujer que me había despedido y a quien, si bien no me dejó observar bien su rostro por haber estado limpiando su vestido, podía identificarla.
—¿Perdón? ¿decías? —la voz de mi acompañante me interrumpe nuevamente de mis pensamientos.
—¿Ah… yo? —expreso confuso y este solo sonríe al igual que su esposa y su hija.
—Por lo visto, la señorita Austral tiene un admirador —señala la jovencita al mirarme divertida
—Brenda —le habla su padre y esta solo se limita a sonreírle y pellizcarle la mejilla.
Mientras tanto, yo regreso mi atención a Austral Foster…
«Foster» —pienso mientras frunzo un poco el ceño—. «¡Claro!» —añado mentalmente al recordar otro detalle —«El hombre ese le había dicho “señorita…»
—Foster… —completo en otro susurro de manera involuntaria.
—Lo dije —vuelve a hablar la joven mujer—. Ahí va otro bobo queriendo enamorar a la señorita Austral —precisa divertida, pero no le hago caso; solo me concentro en seguir a la mujer con la mirada.
Veo cómo esta se para frente a una mesa bastante particular (parecía ser la principal, ya que estaba decorada de manera “exclusiva”). Aquella mesa era grande (con muchos lugares) y llamaba la atención que se encontrara totalmente desocupada. La mujer se queda observando la mesa atentamente por varios segundos como si estuviese…
«triste» —digo en mi mente—. «Pero parece querer ocultarlo» —añado al observar meticulosamente sus gestos.
Después, esta, de manera sorpresiva, empieza a mirar a su alrededor para después fijar su mirada en Brescia, quien la mira con una sonrisa y parece estar retándola al mismo tiempo. Al ver ello, la mujer, Austral, vuelve su atención a su mesa y toma asiento en el lugar principal.
—Otra vez le hicieron lo mismo —comenta la esposa del señor George con un deje de tristeza.
—Sofi —le habla el señor al girarse a verla—, debemos ahorrarnos ese tipo de comentarios; lo sabes —le dice dulcemente y la mujer solo asiente con una sonrisa triste.
«Pero… ¿qué se supone que está pasando? —me cuestiono en silencio sin dejar de ver a la prima de Brescia.
Ella ya había tomado su lugar y veo cómo uno de los mozos se le acerca para servirle una copa de champagne, la cual bebe de forma elegante.
«Vaya… todo en esa mujer grita elegancia y… arrogancia en cierto sentido» —pienso y, de la nada y sin siquiera preverlo, me encuentro con la mirada de aquella mujer, quien levanta la copa que tenía en su mano en mi dirección, lo cual me confunde; sin embargo, decido responderle de la misma manera, ya que, después de todo, tenía que acercarme a ella y no podía perder ni una sola oportunidad. Al hacer ello, veo que la mujer se extraña (me puedo dar cuenta por su gesto), pero, aun así, asiente en mi dirección y después retorna su atención al lugar de la pequeña tarima que estaba armada en aquel enorme jardín.
—¡Lo dije! —se hace escuchar la voz de la hija de George, la cual se ve interrumpida por una suave risa—. Ahí va otro bobo tras la señorita, Austral —menciona y me giro a verla para encontrarme con los gestos divertidos no solo de la tal Brenda, sino también de sus padres.
Al ver ello (y la copa de George en su mano), me puedo dar cuenta de que la mujer se estaba dirigiendo a George y no a mí.
—Qué vergüenza —expreso apenado—, acabo de hacer el ridículo —reconozco y no puedo evitar reírme de mí mismo, y me doy cuenta de que mis acompañantes se unen a mi burla.
—Tranquilo, muchacho —me habla George al darme palmaditas en mi espalda—. Cosas peores les han sucedido a los hombres que han querido seducir a la señorita Austral —precisa divertido.
—En eso te doy toda la razón, padre —señala Brenda al beber su copa de champagne—. La señorita Austral es todo un caso —suspira—. ¡Pero cómo admiro a esa mujer! —puntualiza muy segura y su padre la mira divertido.
—Te admiro mucho, Brenda —le dice George mientras toma su mano y la jovencita le corresponde besando el dorso de aquella.
La fiesta transcurre con normalidad. En un momento de aquella, la mujer se levantó de su lugar y se dirigió a la tarima en la cual dio unas sentidas palabras en honor a sus abuelos (especialmente a William Foster) y después, solo se dedicó a conversar con los asistentes.
—Creo que los buitres nunca la dejarán tranquila —añade George
—Creí que no deberíamos hacer ese tipo de comentarios, George —habla su mujer de forma burlona y a él solo le queda sonreír apenado.
—Lo lamento, tienes razón —le contesta y toma su mentón para después darle un suave beso.
—Creo que ya es hora de irnos —le dice la mujer y el hombre asiente como respuesta y le vuelve a dar otro suave beso.
—Noooo… yo quiero quedarme aún —se queja Brenda
—Mañana tienes clases, Brenda —le recuerda su padre y esta solo exhala frustrada—. Bueno muchacho —ahora se dirige a mí—, ha sido un gusto conocerte —me sonríe—. Mi familia y yo ya nos retiramos —precisa y yo me levanto de mi lugar para despedirme de ellos.
—Pero qué caballeroso —destaca la esposa de George mientras se despide de mí.
—Bueno, ya vámonos —vuelve a decir el hombre—. Brenda… ya —le indica él y la joven se levanta de mala gana y se acerca a mí.
—¿Sabes? —me dice al haberse acercado demasiado a mí— Por alguna extraña razón, siento que tú, a diferencia de los demás, sí tendrías una oportunidad —señala y no entendía bien sus palabras—. Pero eso sí… —agrega al mirar detrás de mí—. La vas a tener bien, pero bien difícil con Lenard Houffman —indica muy expresiva y luego, vuelve su mirada a mí—. Suerte—es lo último que añade y se va junto a su familia.
Al estar solo, vuelvo a tomar mi lugar y me giro a ver a la mujer discretamente; y, para mi sorpresa, ya estaba acompañada.
—Así que a eso se refería —murmuro al pensar en las palabras de Brenda. Sigo atento en mirar a aquella mujer y veo cómo esta se levanta de su asiento de forma seria y se dirige por el mismo camino por el que había entrado. Luego, dirijo mi atención al hombre que se había sentado a acompañarla en su mesa; este dirige su mirada al frente y me observa mirándolo. Ante ello, este solo atina a mirarme de mala manera para después beber todo el contenido de su copa de un solo trago; aflojarse un poco la corbata y salir del lugar por el mismo camino que había tomado la elegante mujer…
«Prima de Brescia» —añado en mi mente
«¡Cierto!» —reacciono de repente—. «Brescia» «plan».
—Carajo, no puedo perder esta oportunidad —susurro al mirar el camino por el que se habían marchado esas dos personas.
«Tengo que ir» —me dicto en la mente al tomar la botella de champaña y servirme otra copa
—Tengo que ir —vuelvo a susurrar y volteo a ver a Brescia, quien da la casualidad, me estaba mirando. Al cruzar miradas, ella solo se limita a tomar su copa, levantarla en mi dirección y asentir con su cabeza como diciendo “Este es el momento”. Ante ello, me giro nuevamente, tomo mi copa y bebo todo de un solo trago.
—Por Ángeles —menciono serio y, de forma inmediata, me levanto de mi lugar y camino rumbo a la misma dirección que había tomado la prima de Brescia y el otro hombre.