Capítulo 8

3671 Words
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * * —¿Kansas? —escucho su voz y, de forma inmediata, la miro. —Ya despertaste —le murmuro sonriente —¿Qué pasó? —pregunta confusa al tiempo en que mira a su alrededor. —Una convulsión —le respondo—, pero no es de temer; te traje aquí por precaución —le preciso, pero ella parece no creerme. —No tienes que mentirme —susurra aún con un poco de cansancio y después, me sonríe. —Te pondrás bien —Lo sé —continúa sonriendo y luego, frunce el ceño—. ¿Qué hora es? —Las 10 de la mañana —contesto al observar el reloj de pared de la habitación en la que se encontraba. —¿No deberías estar en el trabajo? —su pregunta suena más como un reclamo, lo cual me hace sonreír. —Hoy no —le digo al tomar una de sus manos y ponerla sobre la palma de una de las mías. —¿Por qué? —pregunta preocupada, pero yo solo me dedico a sonreírle. —Tengo otra oferta de trabajo en la que me pagarán mejor —le informo—. Y también saldré una hora antes —acoto—. El lunes debo presentarme. —¿En serio saldrás más temprano? —pregunta con entusiasmo y aquello, de cierta manera, me sorprendía. —Sí… —le susurro al tiempo en que me dedico a observar nuestras manos juntas. —Estás triste —afirma de forma repentina, con lo cual se gana mi atención. —Me conoces muy bien… —El médico te dijo al… —Tú estarás bien —preciso firme al tiempo en que suelto un suspiro—. Es solo que ayer iba a hacer algo y me avergüenzo por ello —me sincero con ella. —¿Pero no lo hiciste, cierto? —cuestiona al mirarme con preocupación —No —niego con mi cabeza y puedo ver cómo relaja su gesto y sonríe, lo cual me hace feliz. —Te amo —menciona al acariciar mi mano—. Y soy muy feliz de ser tu hermana. —Yo también te amo. —Deberías olvidarlo —señala en un susurro—. ¿O hay algo más que te preocupe? —No, nada más —le preciso—. Aunque anoche… * * * * * * * * * * * * * * * * Flashback * * * * * * * * * * * * * * * * —No puedo hacer esto —le digo sincero al mirarla a sus ojos. —¿Por qué no? —pregunta un poco molesta, pero sin alzar tanto su voz para no llamar la atención de los invitados. —Yo no soy ese tipo de persona, Brescia —le señalo un poco molesto por su actitud—. Mis padres estarían avergonzados de mí si vivieran. —¿Y dónde queda Ángeles? —cuestiona exasperada. —Es por ella que también hago esto —menciono serio y puedo ver cómo ella ya no puede disimular toda su molestia—. No puedo decepcionar a Ángeles tampoco y… —¿Y? ¿Y qué? —me interrumpe y fija su mirada en mí de manera profunda— ¿De qué te servirá todo eso con una hermana muerta? —suelta de pronto y sin pensarlo. Ante sus últimas palabras, solo me quedo observándola de manera fija por varios segundos y me puedo dar cuenta cómo su mirada cambia a una nerviosa —Kansas, yo… —No digas nada —le pido serio al tiempo en que me levanto de mi asiento para largarme de ese lugar. —Kansas, espera por favor —escucho su voz, pero no me detengo—. ¡Kansas! —exclama cuando hemos salido del jardín en el que se realizaba la fiesta y siento cómo sujeta una de mis manos; ante lo cual reacciono rápidamente para soltarme. —¿Qué quieres? —cuestiono molesto —Lo lamento... —menciona apenada—. No sé qué me pasó; esta no soy yo —trata de explicar—. Por favor, perdóname —me pide afectada. —No, Brescia —respondo tajante—. Esto no está bien —añado serio—. No puedes expresarte de esa manera y luego querer arreglarlo con unas disculpas —sentencio firme—. Creí que lo que dijiste esta mañana era porque estabas alterada y preocupada por Ángeles, porque realmente querías hacerme ver mi realidad —le digo—; creí que la propuesta también era por Ángeles… —Y es así —interviene de pronto —¡No! ¡No es así! —refuto frustrado—. ¡No soy tonto, Brescia! —la increpo al tiempo en que me acerco a ella y tomo sus manos con fuerza para ponerlas sobre mi pecho y colocar mi frente sobre la suya—. Desde que salí de tu departamento, no he podido dejar de pensar en la discusión que tuvimos —le digo al haber bajado mi tono de voz—. No he podido dejar de pensar en tus palabras —susurro— y en tu propuesta —completo decepcionado al abrir mis ojos para poder mirarla y veo que ella está haciendo lo mismo—. Eres tan hermosa— reconozco en un murmuro y puedo observar cómo sonríe con seguridad para después pretender darme un beso, el cual rechazo—. Pero no podemos seguir juntos —pronuncio dolido—. No cuando me has querido usar para molestar a tu prima —añado triste—. No sé qué es lo que haya sucedido entre ustedes; nunca me has contado la historia completa, pero sea lo que fuese no me gusta lo que haces… —Kansas… —Tú no estás enamorada de mí, Brescia —afirmo y, simultáneamente, decido poner distancia. —Kansas… —Y lo mejor es dar por terminado lo que sea que tengamos… —preciso al sonreír tristemente al recordar que ella nunca había aceptado ser mi novia de manera clara; solo di por sentado que fuera así—. Adiós, Brescia —finalizo cansado y suelto sus manos para seguir caminando. —¡Kansas! —me nombra; ante lo cual decido girarme—. Piensa bien lo que estás haciendo —expresa con un tono de advertencia, el cual me extraña—. Si sales de este lugar sin pedirme disculpas por lo que acabas de decir, te olvidas de mí —señala y, ante ello, ya no sé qué más pensar de todo esto. «Al parecer, sí es lo mejor, Kansas», determino decepcionado al observar otra señal de que poco o nada conocía a la persona que amaba. —Estoy esperando, Kansas —indica fastidiada y yo solo sonrío irónicamente. —Adiós, Brescia —es lo único que digo y me giro para seguir mi camino. Sin embargo, aún puedo escuchar cómo reniega. —¡No sabes lo que estás haciendo! —la oigo decir—. ¡Sin mí, estoy segura de que no encontrarás la manera de conseguir el dinero para tu hermana! ¡Y te vas a arrepentir de lo que me estás haciendo ahora! —sentencia, pero sus palabras ya no me sorprendían. Continúo mi rumbo al tiempo en que sigo pensando en todo lo que ha pasado en menos de 24 horas. Ayer creí tener una feliz relación, un empleo estable y un poco más de tiempo para conseguir el dinero de la operación de mi hermana; sin embargo, ahora mi novia resultó no quererme, perdí mi empleo y, lo más importante, ya no tenía tiempo para conseguir el dinero que necesitaba. «Tendré que aceptar lo que me den por la casa», pienso «Y por el piano», añado triste, ya que era el único recuerdo de mi madre y el instrumento favorito de Ángeles, pero, a este punto, ya no podía pensar en ello. Sigo caminando hasta salir completamente del lugar e ir rumbo hacia el hospital de la misma manera: caminando, ya que no podía darme el lujo de gastar ni un dólar más en vano. —Tengo que ver de dónde sacaré el resto —me digo al tiempo en que saco una cajetilla de cigarros para tomar uno de ellos; así como mi encendedor. Antes de encender mi cigarrillo, miro hacia mi alrededor para ver que no haya alguien cerca a quien pudiera incomodar. Al cerciorarme de que el camino estaba desolado, procedo a prenderlo para empezar a consumirlo. Sigo caminando tranquilo, con una mano en el bolsillo de mi pantalón y la otra sosteniendo mi cigarrillo, cuando escucho una suave melodía: “Home” de Michael Bublé. «Buena canción», preciso en silencio al tiempo en que doy unos pasos más y puedo identificar de dónde sale la melodía. Veo un auto estacionado y una mujer recostada sobre el capó de aquel. Aquella mujer se encontraba renegando porque (al parecer) su encendedor no funcionaba, lo cual me causó mucha gracia (sobre todo cuando lanzó este muy lejos con bastante furia, lo cual me hizo sonreír). Ante la escena, decido ser gentil; así que me acerco sigilosamente y, de manera repentina, saco mi encendedor, lo prendo y lo pongo frente a ella, con lo cual logro sobresaltarla. —Perdón, no fue mi intención —le digo sonriente mientras sigo sosteniendo el aparato en mi mano y, cuando la mujer se gira a verme, me sorprendo al ver claramente quién era. No la había reconocido debido a que llevaba un abrigo largo, el cual cubría todo su vestido; así como traía el cabello suelto, el cual cubría una parte de su rostro. —No, gracias —se niega a mi ayuda al mirarme de manera desconfiada. —Lo siento, no quise ser indiscreto —le expreso—. Solo deseaba ayudar —añado al tiempo en que apago el encendedor para guardarlo y retirarme del lugar. —¡No! ¡Espere! —me dice como si fuera una orden, pero aquello no me sorprende, ya que tenía una idea de cómo era la mujer (sobre todo cuando me despidió sin aceptar disculpa alguna). Al escucharla, dudo en detenerme, pero, finalmente, lo hago. Me giro hacia ella y doy unos pasos hasta pararme a una distancia prudente. Luego, la miro por unos instantes y después, solo me dedico a prender el encendedor y ofrecerle fuego. Al ver mi gesto, esta solo se limita a acercar su cigarrillo—. Gracias —precisa al haber terminado de encenderlo y alejarse. —De nada —contesto sonriente a la mujer a la que, hace menos de una hora, pretendía enamorar. A la mujer a la que…, hace instantes, no pude reconocer. «Definitivamente, el cabello suelto la hace ver menos amargada», dictamino en silencio y me es imposible no sonreír. —¿Qué? —cuestiona de pronto al observarme de manera poco amena. —¿Qué de qué? —respondo con una pregunta. —¿Por qué me mira así? —cuestiona a la defensiva, lo cual me hace reír. —Lo siento; lamento si la estoy incomodando —Sí, sí lo está haciendo —responde ofensiva y me puedo dar cuenta de que, realmente, la estaba incomodando. —Perdón, lo lamento —expreso sincero—. Solo pretendía ser amable —le indico tranquilo y observo cómo ella me sigue viendo de manera extraña (como acusatoria)—. Desconfía mucho de la gente —señalo de forma instintiva, con lo cual me gano una mirada poco amigable de la mujer, la cual, extrañamente, va cambiando a una más relajada. —Lo siento —indica apenada y debo decir que eso sí me sorprendía. —No se preocupe —puntualizo comprensivo—. Tiene razón en sentirse incómoda; después de todo, solo soy un desconocido y me acerqué mucho a usted sin su consentimiento. Incluso podría denunciarme por acoso —le sugiero divertido. —Bueno, eso es cierto… —contesta con suficiencia al interrumpirme; y aquello me parece divertido, ya que no hace menos de 30 segundos estaba apenada—sonríe mucho —acota repentinamente y de manera curiosa—. Debe tener una vida tranquila —señala y no me queda más que sonreír ante su errada deducción. —Kansas —me presento y le extiendo una mano. —Austral —contesta ella y acepta mi mano no muy segura. —¿Mala noche? —le pregunto al acercarme un poco más para ubicarme a su lado— ¿Puedo? —interrogo como pidiéndole permiso para recostarme sobre el capó de su auto. —Claro —responde con un tono de voz neutral para después concentrarse en su cigarrillo y yo sigo su ejemplo—. Mal día y mala noche —responde repentinamente y yo volteo a verla, pero esta está concentrada viendo hacia el frente con la mirada perdida—. ¿Y usted? —También —respondo —¿También qué? —cuestiona —También mal día y mala noche —contesto relajado y esta se gira para observarme con curiosidad y, al hacer ello, puedo notar que aquella, a diferencia de Brescia, tenía las iris oscuras. —Creo que sonríe demasiado para haber tenido un mal día y una mala noche. —Pues eso se debe a que, después de todo, aún tengo un motivo para sonreír. —¿Quién? ¿Una mujer? —pregunta divertida —Mi hermana de trece años —señalo sonriente y veo cómo aquella deja de mofarse. —Pues… esa sí es una buena razón —señala de forma amable —Sí, la es —respondo en un susurro. —¿Entonces a qué se debe su mal día? —cuestiona repentinamente— Si se puede saber; claro… —Pues… me di cuenta de que mi novia no me amaba y yo sí —le cuento —y… “Me despidieron” es lo que iba a decir, pero aquella me había interrumpido. —Uhh… eso duele —señala sincera y con una sonrisa—, pero ya pasará —indica con mucha seguridad—; solo es cuestión de tiempo —acota. —Imagino que sí… —respondo sereno y al exhalar lentamente. —¿Y qué más? —pregunta expectante de forma repentina al mirarme directamente —¿ “Y qué más” qué? —le cuestiono —Usted iba a añadir algo más —me señala segura y, ante ello, no sabía qué responder. ¿Qué le iba a decir?... « “Me quedé sin trabajo”, “Me despidieron o, mejor dicho, me despediste”», pienso en mis opciones, las cuales me parecen graciosas, pero decido no decir ninguna. —¿No cree que es motivo suficiente como para tener mal día y mala noche? —Tal vez… —responde no muy segura y vuelve a desviar su mirada nuevamente. —¿Y a usted? —interrogo curioso —Un acosador —contesta divertida al regresar su mirada a mí… —¿Debería preocuparme por eso? —le cuestiono con fingida preocupación. —Tal vez… —responde sonriente por segunda vez y me puedo dar cuenta de que tiene una sonrisa muy bonita, la cual me quedo observando con detenimiento— ¿Quiere seducirme? —pregunta de repente y, por alguna razón, aquello me ponía nervioso. Tal vez se debía a que, hace muy poco tiempo, aquel había sido mi plan; un plan que me avergonzó aceptar y de lo cual estaba arrepentido. Ante ello, decido ser muy claro respecto al tema. —No, claro que no —respondo contundente—. No busco eso; de ninguna manera —respondo muy serio y veo cómo la sonrisa que mantenía la mujer desaparece en unos segundos. —Claro, entiendo… —contesta un poco extraña— qué pregunta se me ocurre —añade un tanto apenada y no entendía por qué. Pensaba preguntarle, pero, en ese momento, se aparece otro auto, el cual se estaciona frente a nosotros—. Bueno, llegaron por mí —señala al dejar de recostarse sobre su capó y yo hago lo mismo—. Fue un gusto, Kansas —precisa amable al extenderme una mano. —El gusto fue todo mío, Austral —contesto un poco tímido y le sonrío al tiempo en que me dedico a mirarla fijamente y ella hace lo mismo en absoluto silencio hasta que una voz nos sobresalta y hace que soltemos nuestro agarre. —Lo lamento mucho, Austral —menciona una mujer (bastante apenada y preocupada) ni bien sale del auto—. Pero algunos inversionistas no dejaban de preguntar por ti y tenía que encargarme de ellos —señala al acercarse a la mujer aludida. —No te preocupes —le responde ella y puedo ver un gesto de sorpresa en la mujer que acababa de llegar y quien no había reparado en mi presencia. —Bueno, yo me retiro —le aviso y aquella asiente como respuesta—. Espero que mañana tengas un mejor día —añado y ella solo se limita a sonreír. —Igualmente —sonríe y, después de ello, me giro a la otra mujer, la cual acababa de reconocer. —Buena noche —le digo a ella también y esta se me queda viendo un poco sorprendida (gesto que no pasa desapercibido por… Austral, quien la mira extrañada). —¿Pasa algo, Cinthia? —le pregunta la mujer de ojos oscuros y la otra, al parecer, no sabía qué responderle. —Bueno, yo me retiro —anuncio nuevamente—. Que tengan buena noche —me despido e, inmediatamente, empiezo a caminar rumbo a mi destino: el hospital para así poder ver a mi Ángeles. Llevo caminando unos minutos hasta que escucho cómo alguien toca el claxon de su auto en varias ocasiones, lo cual me sobresalta, y veo cómo se estaciona escasos metros delante de mí para después ver a “Austral Foster” bajar de aquel y caminar hacia mí. —¿Qué pasa? —pregunto un tanto sorprendido y, con ello, me gano una mirada divertida de la mujer. —Esto es lo que pasa —me dice al mirarme directamente—. Esta mañana, como casi siempre, me levanté muy molesta —me cuenta— y, al llegar a mi empresa, algo había sucedido: un problema —me explica—. Entonces salí a resolver este problema, pero no salió como esperaba —me comenta—; así que, sin quererlo, desquité toda mi furia con alguien, no sabía quién porque ni siquiera me tomé la molestia de mirarlo; hasta ahora —señala haciendo énfasis en el “ahora” y mirándome muy fijo—. Yo te despedí esta mañana —confiesa sin tregua alguna y muy apenada, lo cual me hace sonreír. —Sí, ya lo sé. Yo sí te reconocí —le informo sonriente y aquella me ve descolocada. —¿Y no me reclamaste nada? —No tenía por qué —respondo de inmediato y aquella suelta un suspiro pesado al tiempo en que empieza a negar con su cabeza. —Sí tenías por qué —me refuta—. Mi comportamiento fue pésimo —reconoce— y realmente me siento muy apenada por haberte despedido —expresa con honestidad al tiempo en que dirige su atención a su cartera para abrirla—. Yo… iba a dar la orden de que te buscaran y te devolvieran el trabajo —menciona de repente al sacar una tarjeta de aquella para después regresar su mirada hacia mí. —¿Hablas en serio? —pregunto sorprendido y esperanzado en poder recuperar mi empleo. —Sí —confirma ella—, pero ahora ya no quiero eso —añade al extenderme la tarjeta—. Tómala por favor —me pide y yo la acepto sin refutar—. En la sede principal de las empresas Foster hay un empleo de asistente de cafetería para los ejecutivos —me informa—. El trabajo consiste en monitorear; es solo de 7 horas y la remuneración es mayor a lo que les pagan en el supermercado —precisa—; así que, si te interesa, el empleo es todo tuyo —sentencia firme—. ¿Qué dices? —¿Qué digo? —pregunto sonriente y sorprendido; y ella me ve expectante—. Digo que no podría decirle que “no” a un mejor empleo—le sonrío—. Claro que acepto. Muchas gracias —menciono sincero. —No hay de qué. Gracias a ti —responde amable—. Entonces te espero el lunes en la dirección que señala en la tarjeta —añade y yo asiento. —Claro, muchas gracias. Ahí estaré. —Bien… y… ¿puedo llevarte a algún lado ahora? —pregunta de repente. —No, no quiero molestar —le digo sincero —Por favor, insisto. A esta hora es muy raro que pase algún taxi —señala. —Tal vez tenga razón. —La tengo —contesta segura y aquello me hace sonreír. —Está bien. Muchas gracias —acepto su propuesta. * * * * * * * * * * * * * * * * Fin del flashback * * * * * * * * * * * * * * * * —¿Aunque anoche qué? —cuestiona mi hermana —No, nada. Todo marchó bien —le digo sonriente al recordar el episodio con Austral Foster. —Bueno, si sonríes así, pues te creo —sentencia y luego de ello, solo nos dedicamos a aprovechar todo el tiempo libre que teníamos en ese momento.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD