Capítulo 9

2464 Words
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * —Gracias, doctor —De nada, hijo —responde amablemente y al dar una palmada en mi hombro. —Prometo que, en menos de un mes, tendré el dinero. —Lo sé —me sonríe—. Cualquier cosa que se te ofrezca, no dudes en llamarme —me vuelve a reiterar el amable médico. —Muchas gracias —Es un placer —sonríe—. Ahora entra a ver a tu hermana —me pide—. Que ya ha de estar desesperada por verte —menciona divertido—. No ha dejado de preguntar por ti desde que se despertó. —Muchas gracias; eso haré —le respondo y me levanto de mi asiento para salir de su consultorio. Camino un par de minutos y subo al piso en el que se encontraba Ángeles. Al llegar a aquel, me dirijo directamente a su habitación y abro la puerta. —Buenos días —saludo con una sonrisa al verla sentada en el filo de la cama completamente lista para salir del hospital. —Al fin llegaste —me dice en medio de un suspiro y yo me acerco a ella para besarla. Después, desvío mi mirada a Margaret, mi amiga. —Gracias por cuidarla —le digo. —Sabes que no tienes que agradecer —indica sonriente y yo hago lo mismo: le sonrío. —¡Bueno! ¡Ahora sí! —exclamo al regresar toda mi atención a Ángeles— ¡A casa! —señalo contento. —¿Seguro que puedes llevarme? —me pregunta. —Llegaré a tiempo —le respondo. —Pero es tu primer día —alega—. Deberías llegar antes —señala con seguridad y, para ser sincero, ella tenía razón. —¿No te molesta que no te lleve a casa? —Claro que no —me sonríe—. Solo quería verte para desearte suerte —añade entusiasmada. —Gracias —le susurro y tomo una de sus manos para besarla—. Prometo estar en casa cuanto antes. —Bien… —susurra ella al tiempo en que pasa sus delgados brazos alrededor de mi cuello—. Mucha suerte hoy —murmura al recostar su cabeza en la curvatura de mi cuello e inhalar y exhalar lentamente. —¿Pasa algo? —le pregunto al sentirla un poco extraña y ella se separa de mí. —No —sonríe—. Es solo que me siento un poco rara. —¿Te sientes mal? —le cuestiono de inmediato y ella niega. —No; me siento tranquila —afirma— y… creo que este será un gran día para ti —susurra en medio de un suspiro y yo le sonrío—. Ahora tienes que irte —me ordena—. No quiero que llegues tarde… —Gracias, te amo. Prometo estar en casa temprano. —Está bien —expresa con serenidad. —Hasta la tarde —le doy un beso. —Hasta la tarde —me corresponde de la misma forma. Luego de salir del hospital, me dirijo a la parada de autobús para, inmediatamente, tomar aquel que me dejaría muy cerca de la dirección que estaba remarcada en la tarjeta. No pasan más de 30 minutos cuando este me ha llegado a mi destino y procedo a bajar. Camino por unos minutos más y, con la ayuda de algunas personas, llego hasta la empresa de los Foster. «Menos mal que es bastante conocida», pienso, ya que, de otra manera, no habría dado con aquella. Llego hasta la entrada y me dirijo rápidamente hasta la recepción. —Buenos días —saludo. —Buen día —me contesta la mujer que se encontraba detrás de la barra de recepción—. ¿En qué puedo ayudarlo? —pregunta gentil. —Buen día, mi nombre es Kansas White —me presento— y estoy aquí porque la señorita Austral Foster me entregó esta tarjeta —le digo al entregarle el delgado cartón que me había dado aquella mujer—. Me dijo que me presentara hoy a las 8 a.m. —le indico y, simultáneamente, veo mi reloj—, lo cual es en 20 minutos —le señalo al retornar mi mirada hacia ella. —¿La señorita Foster le dio esto? —pregunta dudosa y al mirarme de forma desconfiada, lo cual resulta bastante incómodo. —Sí, ella me lo dio —reafirmo sonriente. —Bien… —contesta no muy convencida—. ¿Me daría un minuto para confirmar con la secretaria de su asistenta la reunión? —me pide —Claro; no hay problema —accedo a su petición y vuelvo a sonreírle. Pasa un par de minutos y aquella sigue en el teléfono sin darme razón alguna y aquello logra preocuparme, ya que solo faltaban 15 minutos para la entrevista con la prima de… «Brescia», pienso y me es inevitable no sentirme un poco triste. —¿Señor? —escucho la voz de la recepcionista y torno mi atención hacia aquella de forma inmediata—. Lo lamento, pero la secretaria no tiene agendada su reunión. Traté de comunicarme con la asistenta de la señorita Foster, pero, en este momento, está resolviendo un problema; así que no puede tomar mi llamada y usted entenderá que, sin su permiso o el de la señorita Foster, no puedo dejarlo pasar —precisa. —Claro, entiendo —respondo un poco preocupado— ¿Entonces podría esperar aquí hasta que usted logre comunicarse con alguna de ellas? —le pido amablemente—. Lo que sucede es que la reunión es por un trabajo y la oferta me la hizo el fin de semana; así que por ello es muy probable que se haya olvidado de agendarla. —Sí, claro; no habría ningún problema. Sin embargo, debo decirle que comunicarme con un ejecutivo no es muy fácil. Además, ellos ya tienen su agenda programada y es muy difícil que reciban a alguien que no esté agendado —puntualiza. —Yo entiendo eso; no se preocupe —expreso comprensivo—, pero, de todas maneras, me gustaría esperar —señalo y veo cómo la mujer se muestra un poco insegura. —Trataré de hacer todo lo posible, pero no le prometo nada —destaca con sinceridad. —Lo sé, no se preocupe. —Bien, entonces puede esperar en el lobby… —Si no es mucha molestia, me gustaría esperar aquí —le pido y esta me mira desconfiada nuevamente y, ante aquel gesto, el cual me había incomodado en un principio, decido sonreír—. Señorita, pierda cuidado conmigo —le digo sonriente—, no soy ningún criminal ni algo parecido; además… —alargo al mirar a mi alrededor—, créame que, si fuera alguno, el último lugar contra el que atentaría sería este —determino firme al ver la cantidad de seguridad que había en el interior de aquella. —Está bien —contesta con una sonrisa—; como usted quiera. —Muchas gracias —le preciso y después, me dedico a esperar alguna noticia, la cual no obtengo de forma inmediata. Sigo esperando un par de horas más mientras veo a la gente entrar y salir del lugar. Llega la hora del almuerzo y aún nada. «¿Y si se arrepintió de darte el empleo?», me cuestiono a mí mismo. «No, no creo», me respondo, aunque aquello puede ser posible, ya que, según lo que me contaba Brescia, su prima podría haber sido capaz de esto: dejarme plantado con una falsa promesa de trabajo. Sin embargo, algo me decía que no era cierto y que lo más probable es que se le haya olvidado. Sigo esperando unas horas más y veo mi reloj nuevamente. «Cinco de la tarde», preciso en mi mente al tiempo en que decido dirigirme hacia la recepcionista. —¿No ha tenido noticia? —le cuestiono esperanzado. —Lo siento; como le dije, comunicarme con algún ejecutivo no es nada fácil —concreta apenada. —No se preocupe; yo entiendo… —Pero, tal vez, lo mejor sería que vaya a su casa —menciona de repente—. Podría dejarme sus datos y, ni bien logre comunicarme con la asistenta de la señorita Foster, lo llamaré de inmediato —afirma y le sonrío como muestra de agradecimiento. —Es usted muy amable —le señalo—, pero esta ya es la hora de salida, ¿no es así? —Sí —Entonces esperaré. Tal vez encuentre a alguna. —Como usted desee, pero debo advertirle que aquello no es seguro. La señorita Foster suele ir directo al estacionamiento para tomar su auto e ir a su casa; es muy raro que la vea por aquí, a menos que haya tenido reuniones fuera y llegue a esta hora, pero igual —suspira pesadamente—. Nada es seguro— finaliza. —Bien… entonces… le dejo mis datos —respondo al tiempo en que tomo una de las tarjetas en blanco que había en recepción; así como un lapicero—, pero, de todas maneras, me gustaría esperar un rato más. —Como usted lo desee. —Puede tutearme —le indico—. No soy su jefe ni nada que se le parezca. —Es cierto, pero se presenta con una de las tarjetas personales de la señorita Austral y menciona que es porque tiene una reunión por una oferta de trabajo que ella misma le ofreció. Entonces, lo menos que puedo pensar es que usted tendrá un mejor cargo que yo y, por ende, debo tratarlo con respeto. —Pues está equivocada —le menciono—. Es cierto lo de la tarjeta y lo del empleo, pero el puesto no es de los más importantes aquí, sino cómo es que aún sigo esperando el milagro de que alguien dé la orden para que pueda entrar —le interrogo. —Bueno, en eso tiene razón —contesta sonriente. —El puesto es para cafetería —le detallo y esta se ve sorprendida. —Pues tienes porte de ejecutivo —expresa de una forma que ya conocía: la coquetería. —Bien, aquí están mis datos —le indico al extenderle la pequeña tarjeta en la que había escrito. —Perfecto, Kansas White —añade con un tono de voz seductor. —Gracias… —Fransheska —Gracias, Fransheska… —Aquí está tu número personal —señala al leer la tarjeta que le di—. ¿Hay algún problema en que lo use para invitarte a salir? —cuestiona directamente. —Eres muy directa —Y tú muy guapo —contesta rápidamente—. Entonces… ¿qué dices? —Diría que, si no fuese porque acabo de terminar una relación hace un par de días, no habría forma en que me niegue a salir contigo —respondo sincero a la guapa pelirroja. —Bueno, lo intenté —responde un poco desanimada y yo solo me limito a sonreír por el gesto que formó. —Bueno, seguiré con mi tarea —le informo y me giro para poder regresar a mi lugar a seguir esperando. —¡Lo que me faltaba! —escucho y no puedo evitar paralizarme ante lo que acababa de ocurrir. «No otra vez», preciso en mi mente al tiempo en que decido dirigir mi atención ante la persona que se encontraba frente a mí y con la cual había tropezado… otra vez… —Austral… —le intenta hablar la mujer que siempre la acompañaba. —¡Ahora no, Cinthia! —le grita mientras sigue observando su vestido manchado de café. —Austral… —¡Qué! —exclama furiosa al levantar la mirada hacia su asistente y esta le hace una seña para que me observara, lo cual hace de inmediato y, cuando hace ello, se queda mirándome sorprendida—. Otra vez tú —señala después de unos instantes y al soltar un suspiro pesado. —Lo lamento mucho —respondo con sinceridad sin dejar de observarla. —Deberías tener más cuidado para caminar —expresa molesta y aquello, por alguna razón, me extrañaba. «Aunque no debería», especifico en mi mente al recordar la escena en el supermercado. —¿Qué hace aquí? —pregunta—. Yo lo cité a las 8 a.m. no como casi 9 horas después —señala—. ¿O acaso cree que porque tuvimos esa conversación lo hace mi amigo y puede aparecerse en mi empresa a la hora que usted desee? —puntualiza altanera y… «Creo que lo que Brescia decía era cierto», sentencio en silencio al observar la mirada irritada de la mujer hacia mí. —Lamento el incidente —expreso serio—. Espero que, esta vez, sí pueda aceptar mis disculpas —indico de la misma manera—. Y por lo otro, no se preocupe —menciono al mirarla fijamente—. No estoy interesado en trabajar para alguien que no muestre respeto para los demás —indico un tanto decepcionado y no entendía por qué—. Que tenga un buen día —le señalo y procedo a retirarme—. Y por cierto… —hablo al girarme nuevamente en dirección de la mujer—. Reconozco que soy muy distraído, pero no me tomo atribuciones que no me corresponden —preciso formal—. Yo tampoco creo que la conversación que tuvimos nos convierta en amigos o algo parecido… como sea —exhalo pesadamente—. Puedo ser distraído, pero soy un hombre comprometido y serio en cuanto al trabajo —le indico firme—. Yo estuve aquí 20 minutos antes de las 8 a.m. —le informo y puedo ver cómo su mirada irritada va desapareciendo—, pero, al parecer, se le olvidó agendarme y eso lo entiendo porque sé que una mujer como usted es bastante ocupada, pero sea lo que usted fuese o el cargo que ocupe, nada le da el derecho de tratar a las personas con las que trabaja de la manera en la que usted lo hace —sentencio firme al haberme dado cuenta del temor que aquella mujer infundía en la gente con la que trabajaba (especialmente, su asistente)—. Y bien… —suelto un suspiro—, creo que eso era todo; me retiro —detallo y procedo a retirarme del lugar, no sin antes despedirme de la amable pelirroja que me había atendido. —Adiós, Fransheska. Cuídate; fue un placer conocerte —le sonrío y me voy del lugar.
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