Capítulo 10

2304 Words
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * Austral * * * * * * * * * * Luego de unos minutos, reacciono. —¿Es cierto eso? —pregunto desconcertada al dirigir mi mirada a mis trabajadores que se encontraban, en ese momento, en la recepción de la empresa. Sin embargo, ninguno se atreve a responder; así que dirijo mi mirada a la persona con la que más tiempo pasaba aquí—. ¿Cinthia? —le digo y esta me mira nerviosa—. ¿Es cierto eso? —le pregunto seria. —Austral…, no…, claro que… no —titubea— o… o… tal vez sí —añade insegura—, pero yo te comprendo —agrega de la nada. —¿Eso qué significa? —cuestiono frontal y veo que aquella se pone más nerviosa. —Eso… eso no significa nada, Austral —responde dudosa—. Todos aquí comprendemos que manejar esta empresa no es nada fácil. Sabemos que los problemas, contratos, producción, distribución y negociaciones te pueda resultar estresantes y… —Espera, espera —la interrumpo—. ¿Me estás justificando? —pregunto un tanto decepcionada; no de mi asistenta, sino de mí misma. —No, claro que no —refuta de inmediato—. Es solo que… —trata de encontrar respuesta— es solo que…, bueno…yo… —divaga sin saber qué responder y aquella, sin querer, era la respuesta a mi pregunta. —No sigas —le ordeno—. Ya me respondiste —agrego al verla a los ojos. —Austral, yo… —No digas nada —la callo—. Ahora solo quiero que averigües qué es lo que sucedió con él y por qué no lo dejaron entrar cuando te pedí que agendaras su visita y me confirmaste que ya estaba hecho—le ordeno seria. —Sí, sí…, de inmediato —contesta ella y veo cómo se dirige rápidamente al ascensor. Mientras tanto, yo me quedo observando el camino por el que se fue el hombre que, hace instantes, me había puesto en mi lugar frente a mis trabajadores. «Definitivamente, debo estar demente para hacer esto», pienso al tiempo en que empiezo a caminar hacia la salida de la empresa de forma apresurada. Salgo de ella y miro hacia ambos lados y puedo divisar al hombre un poco lejos. —Señorita Austral, ¿pasa algo? —me pregunta George (mi chofer); sin embargo, no me detengo a darle explicaciones, ya que el hombre con el que quería hablar para ofrecerle una disculpa… otra vez, se encontraba sentado en la banqueta del paradero de autobús (justo al lado de una mujer que estaba tocando las melodías de “With or without you” de U2 en un saxo). Así que, casi sin pensarlo y a paso acelerado, me dirijo hacia él. Estoy haciendo ello cuando, sin esperarlo, veo que un autobús ha parado y el hombre se dispone a entrar en aquel. —Lo que me faltaba —murmuro para mí al comenzar a caminar más rápido—. Perdón, perdón; permiso —pido a algunas personas para que me dieran paso—. Lo siento, perdón —manifiesto apenada a una joven por haberla golpeado, casualmente, con mi hombro. —Tenga más cuidado —responde no muy gentil para luego darme la espalda y seguir su camino y yo hago lo mismo. —Perdón, lo siento, permiso —continúo pidiendo hasta que siento cómo alguien me quita la ligera bufanda que traía puesta y, al girar a ver quién era, me encuentro con una nena de tal vez 1 año. —Mi amor, no —le dice su mamá al mirarme apenada. —Es mi bufanda —le digo un poco impaciente y al tratar de ayudarle a quitarle a su hija mi prenda, pero la niña se resistía a hacerlo; no quería soltarla. —No, mi amor, esto no es tuyo —le dice, pero la niña seguía resistiéndose a soltarla. Al notar ello, regreso mi atención al hombre y…—. ¡Carajo! —exclamo al ver que estaba subiendo al bus—. ¿Sabe qué? —me dirijo a la mujer— Es toda suya; se la regalo a su hija —le digo; y decido correr—. ¡Heeeey! ¡Espera! —grito en plena calle y, con ello, llamo la atención de algunas personas, pero no le tomo importancia a eso, ya que el hombre parecía no haberme escuchado y se subió al transporte sin más— ¡Espera! —grito una vez más. —¡Oiga! ¡Tenga cuidado! —me reclama alguien. —¡Perdón! ¡Lo siento! —pido sin detenerme a mirarla; solo continuaba corriendo para alcanzar al hombre. —¡Dios, no! ¡Espera! —grito al empezar a correr más rápido y no entendía el motivo; y eso, de alguna forma, me irritaba—. ¡Hey! ¡No, no! —pido al ver que las puertas del bus iban a cerrarse—. ¡Por favor! ¡No! —grito al estar muy cerca, pero todo era en vano, ya que el autobús había cerrado sus puertas. —No, no, no, no —me niego al tiempo en que empiezo a buscar al hombre por las ventanas del transporte, pero no lo hallo. Ante ello, decido ir hasta la puerta delantera para pedirle al chofer que me dejara entrar; sin embargo, y sin esperarlo, el bus se empieza a poner en marcha—. ¡No, no, no, no, no, no! ¡Espere! ¡Deténgase! —le pido como si fuera una orden. —¡Un momento! ¡Espere! —sigo gritando al tiempo en que, por instinto, me limito a correr detrás de aquel en mi vano intento por alcanzarlo. —¡No! —reniego al ver cómo se aleja en transporte. —¡Hey! ¡Señorita! —me hala un taxista al detenerse frente a mí— ¿Desea que la ayude a alcanzar ese bus? —me pregunta; y yo asiento de inmediato como respuesta para subirme, de la misma forma, a este. —Sígalo por favor —le pido y este sonríe. —Con mucho gusto —determina y pone en marcha su vehículo «No sé qué estás haciendo, Austral», me digo en la mente. «Pero definitivamente esto no es normal», agrego en silencio mientras sigo con la vista al bus. —¿Se puede saber dónde es la siguiente parada? —le pregunto al taxista cuando han transcurrido casi 25 minutos. —Ah… de hecho, la que viene es su última parada. Donde usted tomó mi taxi, fue la penúltima —me aclara. —Gracias por la información —le digo formal… —¿Y quién iba ahí? —cuestiona de repente— ¿Su novio? —especifica de forma curiosa y con una sonrisa. —Creo que ese es un tema que no le compete —impugno seria ante su tonta idea. —Está bien, lo siento mucho, lo lamento —expresa—. Es solo que me gustan las películas románticas y cuando la vi corriendo detrás de ese bus, me recordó a una en especial. Creí que seguía a algún novio en fuga —comenta divertido, pero yo sigo manteniendo mi seriedad y no le respondo—. Está bien, lo siento —vuelve a decir y puedo notar que se siente apenado. —No se preocupe —le señalo tratando de ser gentil (algo muy raro en mí; debía reconocerlo)—. Y no; no es mi novio el que va en ese bus; solo es alguien a quien le debo una disculpa. —Mmmm… en ese caso, eso es mucho mejor; es muy raro encontrar a una persona que haga todo eso solo por disculparse; habla bien de usted —añade sincero. —No me conoce —le refuto. —Es cierto, pero hasta donde veo, sí lo es —afirma. —¿No le parezco altanera? —le pregunto con curiosidad y puedo ver cómo este sonríe. —No la definiría con esa palabra —afirma seguro. —¿Entonces? —Entonces… creo que ya debe bajar porque los del bus están haciendo eso —me informa y, de inmediato, dirijo mi atención al otro transporte. —¡Carajo! ¡Es cierto! —exclamo al sacar dinero de mi cartera y entregárselo al taxista para bajarme con suma rapidez—. Muchas gracias —le digo y empiezo a caminar mientras busco con la mirada al hombre. —¡Señorita, espere! —me grita el taxista y me giro un momento a verlo. —¿Qué sucede? —pregunto impaciente —Esto es mucho dinero —señala. —No importa; tómelo como una propina —le indico y vuelvo mi atención al bus, el cual ya no se encontraba, pero, para mi buena suerte, sí puedo divisar a quien buscaba. Aquel estaba entrando a un viejo edificio unos metros más allá; así que lo sigo. Camino hasta el lugar y entro apresurada para hablar con él, pero no logro encontrarlo. Sin embargo, noto que el ascensor está siendo usado; así que me acerco a aquel y puedo ver é se detiene en el cuarto piso. —Cuarto piso —susurro—. Bien, ahí voy —me demando y decido usar las escaleras. Llego hasta la planta número cuatro después de varios minutos y… —Lo que me faltaba —menciono al soltar un suspiro muy pesado al ver la cantidad de departamento que había en un solo piso. —Bueno, ya estás aquí… solo debes…tocar —finalizo al tiempo en que doy unos pasos para posicionarme frente a la puerta del primer departamento y tocar. —¿Sí?... —responde alguien sin pretender abrir la puerta. —Hola, ¿aquí vive Kansas? —pregunto alzando un poco mi tono de voz. —¡No, no es aquí! —contesta a lo lejos al tiempo en que escucho cómo reprende a un niño; así que decido ir a tocar otra puerta. —¿Diga? —dice una anciana al haber tenido la gentileza de abrir su puerta. —Hola, buena noche —le sonrío por cortesía—. ¿Por si acaso aquí vive Kansas? —cuestiono esperanzada y puedo notar cómo una sonrisa se forma en el rostro de la anciana. —¡Oh, Kansas! —exclama ella con ternura—. Ese muchacho es muy lindo —comenta con dulzura—. Tú debes ser su novia —afirma al mirarme con entusiasmo—. Eres muy linda —suspira—; Kansas me ha hablado mucho de ti —añade. —Oh, no, no —niego su afirmación un poco nerviosa—. Él no es mi novio —le aclaro y puedo ver cómo se apena. —Ay, lo siento —se ríe—; pensé que eras la novia de la que siempre para hablando —agrega y aquel detalle me parece dulce. «Qué extraño que aún existan hombres así», menciono en silencio y sonrío. —Bueno, él vive en el 410 —me señala amablemente. —Muchas gracias —le digo sincera y camino hacia el departamento que me indicó. Al llegar a aquel, me paro frente a su puerta, respiro profundamente y toco esta; sin embargo, nadie sale; así que toco una vez más y esta vez, alguien parece estar viniendo a atenderme. —¡Hola! —me sorprende el entusiasta saludo de una niña en silla de ruedas— ¿Se le ofrece algo? —pregunta sonriente al mirarme expectante. —Ah… —me aclaro la garganta— hola —respondo y… le sonrío al verla a sus ojos, los cuales eran iguales a su… «¿Hermano?», pienso al recordar la conversación que el tal Kansas y yo sostuvimos aquella noche. —Hola —me vuelve a sonreír, pero de manera más amplia— ¿puedo ayudarte? —vuelve a cuestionar y pienso responderle, pero alguien nos interrumpe. —Ángeles, ¿quién es? —se hace oír la voz de una mujer y, de repente, se hace presente una mujer muy hermosa. «¿Regresó con su novia?», me pregunto a mí misma al dirigir mi mirada hacia la mujer. —Disculpe, ¿se le ofrece algo? —me cuestiona aquella de manera desconfiada. —Hola, qué tal —saludo nerviosa—. Disculpen por molestar, pero… —No molestas —me interrumpe la niña al seguir sonriendo… «Vaya… al parecer, sonreír es genético en ellos», determino en mi mente de forma curiosa y me es inevitable no hacer precisamente eso mismo: sonreír. —¿Te encuentras bien? —interviene nuevamente la menor. —Ángeles, ve a tu habitación —le ordena la mujer—. Yo ayudaré a la señorita —agrega y la niña obedece—. ¿Y bien? ¿Qué se le ofrece? —cuestiona seria. —Ah… disculpe; lo lamento. Yo… estoy buscando a Kansas —hablo finalmente y… —¿A mi hermano? —vuelvo a escuchar la voz de la niña al tiempo en que se vuelve a hacer presente frente a mí y me dispongo a observarla; sin embargo, la imagen de la otra persona que se aparece de la nada, se roba toda mi atención. —¿Quién me busca? —cuestiona extrañado el hombre (el cual solo traía una diminuta toalla envuelta en su cintura y todo el torso desnudo) mientras se alborotaba el pelo con sus manos como para secarlo. —Dios… —susurro de la nada al quedarme viendo el cuerpo de aquel con suma atención.
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