Capítulo 3: Protección y Desconfianza

1257 Words
El hospital privado era un laberinto de luces fluorescentes que zumbaban como avispas enfurecidas, y el olor a desinfectante se mezclaba con el sudor frío del miedo, pegándose a la piel de Alice como una segunda capa de culpa. Habían cosido la pierna de Alicia en una cirugía de emergencia que duró horas eternas, y ahora mamá descansaba en una habitación privada, pálida pero estable, con tubos intravenosos goteando como lágrimas mecánicas. Alice no había soltado su mano ni un segundo, el vestido rojo, rígido por la sangre seca, crujiendo con cada movimiento, un recordatorio sordo de que la noche no había terminado. Maximiliano no se había movido del pasillo, paseando como un león enjaulado, el teléfono pegado a la oreja mientras ladraba órdenes a subordinados invisibles. Su voz era un trueno bajo, contenida pero letal. —¡Refuercen el perímetro del hotel, carajo! Nadie entra sin escanear retina. Y avisen a Marco Ferrel: quiero su equipo aquí en diez minutos. Esto no es un juego, es guerra. Alice lo observaba desde la puerta entreabierta, el agotamiento royéndole los huesos, pero la rabia —esa furia malcriada que siempre había sido su escudo— bullía bajo la superficie. ¿Cómo podía papá actuar como si esto fuera solo otro negocio que cerrar? ¿Como si no acabaran de esquivar balas por su culpa? Quería gritarle, exigir respuestas, pero el oficial López aún rondaba el pasillo, murmurando en su radio sobre “posibles vínculos con carteles hoteleros”, y eso la mantenía callada. Por ahora. Un golpe seco en la puerta de la habitación interrumpió el silencio frágil, y Maximiliano colgó de golpe, enderezándose como si oliera sangre fresca. —Adelante —gruñó. La puerta se abrió con un chirrido que erizó la piel de Alice, y entró él: Marco Ferrel, alto como un poste de tormenta, traje oscuro que parecía absorber la luz, con una cicatriz sutil en la ceja izquierda que le daba un aire de lobo astuto. Sus ojos azules barrieron la habitación con precisión quirúrgica, deteniéndose en Alice y Alicia antes de posarse en Maximiliano. Detrás, como una sombra más oscura, esperaba otro hombre —pero Marco entró solo, extendiendo una mano firme que Maximiliano estrechó con fuerza. —Señor Salvaterra, Marco Ferrel. Llego tarde por el tráfico infernal, pero mi equipo ya está en ruta. Perímetros sellados en la mansión y el hotel: cámaras, sensores, guardias en turnos dobles. Nadie caga sin que lo sepamos. Maximiliano soltó su mano, pero no su mirada perforante. —Tarde es un lujo que no tengo, Ferrel. Mi esposa está cosida como un maldito Frankenstein por su culpa —o por la de quien sea que no vio venir esto—. ¿Qué garantías me da de que no repetiremos la noche? ¿Que mis enemigos no entrarán disfrazados de floristas? Hable claro, porque no pago por promesas de mierda. Marco no se inmutó. Solo esbozó una sonrisa torcida. —¿Garantías, señor? En este negocio, las garantías son balas y sudor. Pero le doy esto: mis hombres son exfuerzas especiales, no niñeros de gala. Hemos blindado embajadas en zonas calientes; su mansión será una fortaleza. Y para el toque personal… Hizo un gesto hacia la puerta, y el otro hombre entró. Dere Ferrel. Alto, imponente, con 1.88 de puro músculo tallado en disciplina militar. La piel bronceada estirada sobre brazos cubiertos de tatuajes que serpenteaban como veneno vivo. Cabello oscuro, cortado al ras, un rostro de mandíbula marcada y ojos oscuros que no parpadeaban. Vestía camisa negra arremangada, dejando ver más tinta, y una sombra de barba que lo hacía parecer un depredador recién liberado. Alice se enderezó en la silla junto a la cama de su madre, un escalofrío traicionero bajándole por la espina. No era miedo: era irritación pura. ¿Quién carajo se creía este tipo? Sus ojos galanos lo escanearon, desafiantes, con ganas de provocarlo solo para ver si sangraba. Marco habló, golpeando el hombro de su primo. —Este es Dere Ferrel, mi sangre. Exmilitar, SEAL en misiones que no cuento porque son clasificadas. Lo asigno como sombra personal de la señorita Alice. Pegado a ella 24/7. Dere, preséntate; el señor Salvaterra no muerde… mucho. Dere avanzó un paso. Su voz, grave y áspera, salió como grava bajo botas. —Señor Salvaterra. Dere Ferrel. No hay florituras: protejo lo que me asignan. He visto balas peores que esta emboscada de aficionados; no pasará de nuevo bajo mi guardia. La mansión será un búnker, y la señorita… —sus ojos se posaron en Alice— tendrá ojos en cada sombra. ¿Órdenes específicas? ¿O empiezo ya? Maximiliano lo midió, su instinto paternal rugiendo. —Específicas, sí. Nadie toca a mi hija —ni enemigos, ni usted. Protégela con su vida, Ferrel. Y el viaje a China… lo coordina con Marco. Cinco hombres, todo encriptado. Esto no es un contrato; es supervivencia. Dere asintió seco. —Entendido. Sobrevivencia es mi especialidad. He perdido compañeros en peores; no perderé a la suya. Su mirada volvió a Alice, evaluándola como un rompecabezas molesto. —Señorita Salvaterra. Desde ahora, soy su sombra. No discusiones, no caprichos. Si digo “muévete”, te mueves. ¿Problemas? Alice se levantó de golpe, con fuego en la mirada. —¿Problemas? ¿Yo? ¿Y tú quién te creés? ¿Mi niñera tatuada? No necesito un mastín babeante siguiéndome al baño. Papá, decile que se busque otro juguete; este parece que muerde más de lo que protege. Maximiliano levantó la mano. —Alice, basta. Esto no es un capricho. Dere se queda. Punto. Tu madre casi muere por mi culpa; no arriesgaré tu cuello por tu orgullo de princesa. Habla con él, pero no me jodas ahora. Alice gritó: —¿Dramas? ¡Esto es mi vida! ¿Querés que finja que no me acaban de disparar? ¿Que acepte a este militar de pacotilla? Miralo: tatuajes como un delincuente de barrio. ¿Y si es él el problema? ¡Exijo saber quién carajo es antes de dejar que me respire en la nuca! Dere soltó una risa ronca. —Delincuente de barrio, ¿eh? Qué original. He matado por menos que tu lengua filosa, pero no mato princesas… aún. Soy ex-SEAL, dos tours en infiernos que te harían mear encima. No busco tu aprobación; busco tu supervivencia. Si no te gusta, llorale a papá. Pero mientras, cerrá el pico y dejame hacer mi trabajo. ¿O preferís otra bala en la familia? El silencio cayó pesado. Alice sintió el calor subirle al rostro: rabia y desafío. —Libre… qué gracioso, soldado. Quedate. Pero no esperes que te lama las botas. Y si me tocas, te corto las manos yo misma. Dere dio un paso, invadiendo su espacio sin tocarla. —Cortá lo que quieras, princesa. Pero si te salvo el culo —y lo haré—, quizá me des las gracias. O no. Me da igual. Sobreviví cosas peores que tus berrinches. Marco carraspeó. —Bueno, familia feliz. Señor Salvaterra, firmamos papeles en el pasillo. Dere, no la mates en la primera hora. Y señorita… bienvenida al club de los vigilados. Maximiliano suspiró. —Vigílala, Ferrel. Con tu vida. Alice… esto es por amor, no control. Alicia murmuró, débil pero firme: —Alice… déjalo. Es por nosotras. Y tú, Dere… cuídala bien. O yo misma te despellejo. El cuarto se vació, dejando a Alice sola con su rabia… y esa sombra nueva que ya le ardía bajo la piel como un desafío vivo. ---
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