Punto de vista de Alice El sol de la tarde se hundía como un puñetazo lento sobre la mansión Salvaterra, tiñendo los jardines de un naranja sucio que hacía que las palmeras parecieran sombras alargadas, listas para atrapar a cualquiera que se moviera mal. La casa —ese monstruo de mármol y hierro forjado que papá había construido ladrillo a ladrillo, un símbolo de su ego y nuestras cadenas— se erguía imponente detrás, con sus columnas blancas reluciendo como dientes en una sonrisa falsa. El portón se había cerrado con un clang metálico que aún me retumbaba en los oídos, y el camino pavimentado crujía bajo mis sandalias de cuero blanco mientras caminaba hacia el jardín. El vestido de lino blanco se pegaba a mi piel sudada como una segunda piel traicionera. Sombrero de paja en la cabeza, ca

