Punto de vista de Alice
La mansión Salvaterra se sentía como un mausoleo de mármol y cristal esa tarde, con el sol filtrándose por las vidrieras en rayos que no calentaban nada. Solo iluminaban el polvo flotante como balas suspendidas en el aire.
Alice estaba hundida en el sofá del salón principal, teléfono en mano, el vestido casual de diseñador arrugado como su paciencia, mientras el zumbido de guardias patrullando el jardín le taladraba el cráneo. Mamá descansaba arriba, estable pero frágil, y papá ya volaba hacia China, dejando un vacío que olía a traición y pólvora fresca.
La llamada a Cristina era un salvavidas desesperado, un pedazo de normalidad en este infierno de sombras.
El teléfono vibró antes de que marcara, como si su amiga leyera mentes —o quizás el chisme de los periódicos había llegado a ella como un virus. Contestó al primer tono, la voz de Cristina irrumpiendo como un torbellino de empatía cruda y picardía latina.
—¡Alice, carajo, al fin! ¿Estás viva o qué? Me tenías con el corazón en la garganta desde anoche. Los noticieros no paran: “Emboscada a los Salvaterra, ¿guerra de carteles hoteleros?” Dime que no es tan jodido como pinta, mija. ¿Tu mamá? ¿Tu papá? ¿Y tú, cómo carajos estás con todo ese lío?
Alice soltó un suspiro que era mitad alivio, mitad rabia contenida, esa malcriadez caprichosa asomando en su tono como un berrinche a medio cocer.
—Viva, Cris, pero hecha mierda. Mamá salió de la cirugía —la cosieron como a un muñeco roto, pero los doctores juran que camina en semanas. Papá… ese cabrón ya está en un jet a China, persiguiendo contratos como si las balas fueran confeti. ¿Y yo? ¿Cómo crees que estoy? Ayer me dispararon como a un pato en una feria, y hoy tengo un ejército de niñeros tatuados siguiéndome al baño. Es una puta cárcel de lujo, y lo peor es que no sé por qué nos odian tanto. ¿Moncada? ¿Algún socio resentido? Papá suelta migajas, pero yo quiero nombres, carajo, no excusas.
Cristina suspiró fuerte, su respiración sonando como un abrazo a distancia, pero su voz regresó con esa chispa protectora que siempre la caracterizaba.
—Ay, Alice, mi reina guerrera, no me digas que te tienen enjaulada. Moncada… he oído chismes en las fiestas. Ese tipo siempre olió a serpiente, con sus sonrisas falsas y ojos de tiburón. ¿Tu viejo lo sospecha? Bien, que lo reviente. Pero oye, no te me hagas la mártir; eso no te queda. ¿Y el guardaespaldas ese? ¿El de los músculos y la cara de “no me jodas”? Cuéntame todo. Cristina quiere detalles sucios. ¿Te mira como si quisiera comerte o matarte? Porque en las pelis, siempre termina en besos calientes y balas.
Alice rió bajito, un sonido forzado pero que alivió el nudo en su pecho.
—¡Besos calientes! Por Dios, Cris, con lo que tengo encima, lo último que necesito es un romance de telenovela. Dere Ferrel es un hijo de puta arrogante. Alto como un armario, tatuajes que parecen mapas de guerra, y una boca que no cierra ni para respirar. Me llamó “princesa” anoche, como si fuera una niñita con rabietas, y le contesté que se metiera sus órdenes por el culo. ¿Sabes qué me dijo? “Corta lo que quieras, pero sobrevive”. Como si yo fuera un problema que hay que resolver, no una persona. Papá lo adora porque es “invencible”, pero yo lo odio —o eso me digo. Me pincha los nervios, Cris, como si supiera exactamente cómo sacarme de quicio. ¿Y si es él el que nos jode? ¿Confío en un desconocido con más cicatrices que neuronas?
Cristina soltó una carcajada ronca.
—¡Ja! “Sobrevive, princesa”… uf, eso suena a tensión s****l disfrazada de amenaza, Alice. Te lo juro, ese tipo te come con los ojos aunque finja que no. Odio, deseo… da igual, mija; el fuego es fuego. Pero escúchame: no lo dejes ganar. Sé la malcriada que eres. Provócalo, hazlo sudar con tus jueguitos, pero no lo rompas antes de tiempo. Y oye, ¿qué tal si nos vemos? Rebeca y yo invadimos tu mansión con pizzas y vino. Nada de balas, solo chismes y risas. ¿Trato? Porque si te dejo sola con ese mastín, terminas o follándolo o matándolo, y ninguna me convence.
Alice se mordió el labio, fastidiada por cómo Dere ya se colaba en sus pensamientos como una espina.
—Trato, Cris. Pero nada de invasiones locas; los guardias me matan si ven extraños. Y sobre Dere… tal vez tengas razón. Lo odio tanto que duele. Venid ya; necesito amigas, no más sombras.
Colgó con una sonrisa fantasma, pero el teléfono vibró de nuevo: un mensaje de papá.
“Aterricé. Todo en orden. Cuídate, mi vida. Amor eterno”.
Lágrimas picaron, y las limpió furiosa.
Maldita sea… ¿cuándo volvía la normalidad?
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Punto de vista de Maximiliano
El jet privado rugía a 30.000 pies, pero el verdadero estruendo estaba en la cabeza de Maximiliano, donde Moncada se enroscaba como una víbora venenosa, sus sonrisas falsas de juntas pasadas convertidas ahora en amenazas.
El viaje a China era un riesgo calculado. Socios clave lo esperaban con contratos que salvarían al hotel, pero también era un tablero donde un movimiento en falso podía costarlo todo.
Marco Ferrel estaba a su lado revisando una tablet, la cicatriz en su ceja tensándose cada vez que fruncía el ceño.
—Salvaterra, el hotel en Pekín está blindado. Sensores en cada piso, equipo local coordinado. Pero dígame, ¿por qué carajo China ahora? ¿No bastaba con videollamadas? Esto huele a trampa; Moncada podría tener orejas allá.
Maximiliano miró por la ventanilla, la oscuridad reflejando su propia tormenta.
—Videollamadas son para cobardes, Ferrel. Estos chinos no firman sin mirarte a los ojos. Ven debilidad en píxeles. El contrato salva el imperio; sin él, Moncada y sus ratas nos devoran. ¿Orejas? Posible. Por eso tú y Dere: si ese cabrón asoma, lo cortamos de raíz. ¿Tu primo? ¿Ya chocó con Alice? Porque si la hace llorar, lo despellejo yo mismo.
Marco soltó una carcajada corta.
—¿Chocar con Alice? Jefe, eso no es choque; es explosión nuclear. Anoche lo miró como a una granada sin seguro. Ella le dijo “delincuente tatuado”, él le contestó que cerrara el pico y sobreviviera. Tensión pura. Dere es roca, señor, no lo compra nadie. Pero su hija… uf, tiene garras. Le advertí: “Protégela, no la conquistes”. Pero entre nosotros… si pasa algo, no lo freno. La chica necesita fuego, no algodón.
Maximiliano apretó el reposabrazos.
—Fuego… mi Alice siempre lo tuvo, pero esto la está consumiendo. Moncada… si es él, lo sabía. Envidias, deudas viejas. ¿Y si metió la mano en los socios? Averígualo, Ferrel. Quiero nombres, grabaciones, todo. Y dile a Dere que se mantenga profesional. Es mi sangre, no un trofeo para un soldado con un pasado oscuro.
Marco asintió.
—Lo haré. Pero piense en algo, Salvaterra. Dere no se rinde. Si su hija lo pincha lo suficiente, ese muro se agrieta. Y en esta guerra… quizás necesite aliados, no solo guardias.
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Punto de vista de Alicia
El dolor en la pierna era un latido sordo, pero Alicia lo ignoraba, sentada en la cama con un libro olvidado en el regazo. La mansión vibraba con guardias, pero el verdadero ruido era el silencio de Max en China y la angustia de Alice.
La puerta se abrió. Dere entró sin llamar, llenando el umbral con presencia densa: camisa negra ceñida, tatuajes asomando, ojos severos.
—Señora Salvaterra. El perímetro está limpio, el fisioterapeuta en camino. ¿Dolor? ¿Necesita algo? Y la señorita… la oí hablando; suena agitada.
Alicia sonrió con suavidad.
—Agitada es poco, Dere. Mi hija es un volcán con tacones; ese atentado la tiene hirviendo. Siéntese, mijo. No muerdo, y usted parece necesitar un respiro más que yo. ¿Qué piensa de todo esto? ¿De una familia rica hecha trizas por balas y secretos?
Dere se sentó, rígido, postura militar.
—Pienso que el dinero compra muros, no lealtad, señora. He visto imperios caer por traidores como Moncada. Su esposo es fuerte, pero a veces… ciego. La señorita Alice… es un problema con curvas. Me pincha con su lengua viperina, como si quisiera verme sangrar. Le digo la verdad cruda: sobrevive o muere. ¿Qué más quiere oír?
Alicia soltó una risa suave.
—La verdad… ay, Dere, eso es lo que falta aquí. Alice no es solo curvas y caprichos; es fuego. La pincha porque usted no se dobla, y eso la intriga. Max no lo ve, pero yo sí: ese reto entre ustedes podría salvarla… o quemarla. Cuídela. No solo con balas; con paciencia. ¿O la academia no enseña eso?
Él tensó la mandíbula.
—Paciencia es para civiles, señora. Yo protejo; no curo almas. Si la quemo, no es mi culpa. Ella prende la mecha. Pero la vigilo. Con mi vida. ¿Algo más? ¿O le digo a la señorita que baje el volumen?
Alicia negó con ternura.
—Váyase, soldado. Y recuérdele: el fuego no se apaga gritando. Se alimenta.
Él salió. Ella suspiró, con el corazón lleno de esperanza teñida de miedo.
Quizás… entre sombras… nacía algo real.
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Deanny, capítulo limpio como espejo, tal cual lo escribiste, solo profesionalizado.